miércoles, 7 de diciembre de 2016

Los días finales de Antonio Machado en Collioure: la crónica necesaria

El profesor y ensayista francés publica un hermoso y exhaustivo volumen sobre Antonio Machado en los días que precedieron a su muerte en Collioure. A esa crónica se añade una colección de breves estudios sobre el poeta.


Jacques Issorel es un profesor (catedrático honorario de la Universidad  Perpiñán Via Domitia) y ensayista con una dilatada trayectoria de estudio y análisis de la poesía española, en la que cabe destacar la edición crítica de la poesía completa del autor “lateral” del 27 Fernando Villalón. La publicación del libro Últimos días en Collioure, 1939 y otros estudios breves sobre Antonio Machado confirma esa trayectoria y nos sitúa en la cotidianidad apenas conocida de Antonio Machado en el período comprendido entre la llegada del poeta a Barcelona en 1939 y el 22 de febrero de aquel año, día de su muerte. Junto a ello, el libro recoge interesantes aproximaciones a parte de la obra del poeta sevillano, desde el análisis del último verso que escribió (“Estos días azules y este sol de la infancia”) hasta acercamientos, siempre originales, a poemas especialmente significativos de su trayectoria pasando por la relación de Machado con Alfonso Reyes, por las aportaciones de Josep Maria Corredor a la memoria de los últimos días del sevillano y por la carta que en, julio de 1954, José y Joaquín Machado, hermanos del poeta, dirigieron, desde Santiago de Chile, a Marcel Bataillòn.

Jacques Issorel, autor del libro
El apartado de mayor interés del libro es el capítulo que lo abre y que da título al conjunto. Issorel se adentra, con el apoyo de los textos de Corpus Barga, que acompañó al poeta en su viaje a Collioure, de los testimonios de Juliette Figueres, dueña de la mercería que había frente al hotel en que se alojarían los Machado, y de Jacques Baills, antiguo jefe de la estación suplente de Collioure que, tal y como se nos relata en la introducción, “vio bajar del tren de las cinco y media de la tarde, procedente de Cerbère, aquel 28 de enero de 1939, a Antonio Machado, su madre, Ana Ruiz, su hermano José y Matea, la esposa de este”. Es probable que la inmensa mayoría de los machadianos, o de los simples lectores de poesía que alguna vez se emocionaron con sus versos, que visitan Collioure y pasan unos minutos ante su tumba homenajeando en silencio al autor de Campos de Castilla,  desconozca los detalles de aquellas tres semanas o poco más que uno de nuestros más grandes exiliados vivió en la pequeña ciudad de Collioure aquellos días negros en los que las playas colindantes se iban llenando de refugiados cuyo único destino eran los campos de concentración como estación de paso hacia nadie sabía dónde


El hotel Bugnol Quintana, hoy. Foto del autor
Issorel nos ofrece testimonios directos de quienes fueron acompañantes privilegiados de la vida de Machado durante aquellos días. El orgullo de algunos vecinos al saber que a la ciudad había llegado uno de los más grandes poetas españoles, algo de lo que se sorprenden gratamente los propietarios del hotel en que se alojaría, la plena disposición del comisario de policía de Collioure (lo cuenta Corpus Barga) para poner a disposición de los Machado su propio coche oficial para trasladarlos a un alojamiento seguro y cómodo dentro de los límites de la situación (al final fue el hotel  Bugnol-Quintana), el paso torpe e indeciso de Antonio cuando ha de caminar desde la estación al hotel junto a su madre y su hermano cargado con la maleta porque las obras del pueblo impedían la circulación de vehículos, la gestación de la que fuera, quizá, la última frase de la anciana Ana Ruiz mientras caminaban hacia el hotel, contada por Corpus Barga,: “La madre de los Machado me iba preguntando al oído:  ‘¿Llegaremos pronto a Sevilla?’”, o los paseos del poeta junto al mar con la conciencia de estar viviendo sus últimos días. Una serenidad dolorosa y un pesimismo profundo, unido a la nostalgia por los días de infancia y juventud, la sima emocional provocada por la derrota de la República y la conciencia —porque lo había vivido en Cerbère, donde milagrosamente se había salvado de entrar en una de las sacas destinadas a los campos de concentración— de que decenas de miles de compatriotas no iban a tener su suerte (si a su experiencia podía llamar suerte), presiden los últimos días de Antonio Machado. 

Issorel nos recuerda las que fueron, quizá, últimas lecturas de un Machado desprovisto de todo equipaje (incluso la ropa que utilizó en aquellos días le fue prestada por sus anfitriones): gracias a las periódicas visitas de Jacques Baills al hotel pudo tener en sus manos algunos libros de Baroja o el emblemático Los vagabundos, de Máximo Gorki. Esas lecturas, el sufrimiento por la impotencia de orden anímico para escribir, el repaso de algunos periódicos para constatar los avances de Hitler y la atención a las emisiones radiofónicas llenaron aquellos días. El relato de sus últimas horas junto a su madre, en coma profundo en la cama de al lado en la misma habitación, del entierro, modesto y extremadamente  austero después de que José desestimara la invitación de Jean Cassou en nombre de los intelectuales franceses para enterrar con todos los honores sus cenizas en París (para José Machado aquello estaba fuera de la humildad de las pautas de vida del hermano), cierran el hermoso y emocionante capítulo que abre el libro.

A Últimos días en Collioure, 1939, Jacques Issorel añade, tal y como apuntábamos al principio, una serie de breves ensayos que aportan luz a la vida y a la obra del poeta. Junto a los arriba anunciados, cabe destacar el ahondamiento en la concepción casi humana que Machado tenía del paisaje, de la naturaleza, a través del estudio del poema “Amanecer de otoño”, de su libro Campos de Castilla, o del soneto amoroso, con Leonor al fondo, escrito en 1919 cuyo dos primeros versos dicen “¿Por qué, decisme, hacia los altos llanos / huye mi corazón de esta ribera… “ y en el que se evoca, desde Sevilla, ciudad en que está fechado, su experiencia amorosa en tierras sorianas. Y, para completar esa vertiente analítica de la poesía machadiana, Issorel dedica un capítulo del libro a la pulsión viajera de Antonio Machado con el título “Contemplar, observar, soñar, recordar: el poeta viajero".

Un extenso índice onomástico y una detallada bibliografía completan el volumen. Sin dejar de lado el exhaustivo aparato de notas y de informaciones complementarias sobre las labores que se vienen desarrollando por distintos colectivos en Collioure, de manera especial por la Fundación Antonio Machado con sede en esa ciudad francesa, con motivo de la conmemoración anual, cada 22 de febrero, de la muerte del poeta, completan un libro imprescindible para los amantes de la literatura y, aún más, para quienes, de entre ellos, tienen en el autor sevillano el gran poeta de referencia del siglo XX.

Una muestra de los legados que acoge el buzón de la tumba de Machado


Jacques Issorel / Últimos días en Collioure, 1939 / y otros estudios breves sobre Antonio Machado / Renacimiento. Sevilla, 2016. / 215 páginas.



domingo, 14 de febrero de 2016

En un tiempo perdido: sobre "Café Hafa", de Verónica Aranda


Con prólogo de Álvaro Valverde, Verónica Aranda (Madrid, 1982) nos ofrece en Café Hafa, un viaje poetizado a un Marruecos hecho de ciudades y rincones construidos con fragmentos en los que se mezcla realidad y fantasía, vigilia y ensoñación, experiencia y cultura. Tanger, quizá la ciudad del norte de África que mejor conocemos gracias a la literatura (de Barthes Goytisolo pasando por Ginsberg, Becket o Capote, entre otros), hecha de raras postales llenas de vida, se prolonga en espíritu en otros escenarios, en otras ciudades marroquíes. Son lugares “donde bulle la vida, donde nada acontece” en los que, a la vez, sorprendemos lo que quizá sea su esencia última: apurar el tiempo dejándolo deslizarse sobre los objetos (“un tiempo líquido, humeante”), barnizar los momentos de contemplación, acompañar las evocaciones, recrear lugares (Xauén, Mequinés, Fez….)  Toda una iconografía de época se filtra en los poemas prolongando los imaginarios heredados, reconstruyéndolos y depurándolos. A ese respecto, el poema que da título al libro es un mosaico que casi lo resume. Kerouak, Ángel Vázquez, Choukri, Tennsesse Williams asoman en un texto en el que la poeta afirma: “Veo morir los mitos, mientras pienso / en la literatura”. 

Su verso, directo y sereno, sin roturas que fuercen el lenguaje, respira un vago aliento entre nostálgico y reflexivo, con cierto tono de confesión íntima y de felicidad contenida, algo de lo que a duras penas escapa la descripción de la rutina (quizá filtrada por el desaliento y la resignación) de algunos personajes entregados a duros oficios como los “hombres que se sumerjen / en los pozos de tintes”. o “los desocupados matinales”, o los “carniceros que afeitan cien cabezas de vaca”.  Homenajes a Pavese, al Marco Ferreri de Ladrón de bicicletas, o a Thomas Mann refuerzan la vertiente culturalista del volumen. Un libro maduro que nos invita a vivir la lentitud de los viejos cafés atrapados en un tiempo perdido: “Puede durar un té lo que dura el otoño”.

Versión ligeramente ampliada del texto publicado en el suplemento Babelia, El País. Sábado, 13 de febrero de 2016. 

lunes, 11 de enero de 2016

Entre las grietas y roturas de la realidad: Pedro Luis Casanova

Hay libros con los que el poeta transita una senda poco frecuentada, casi inédita, estableciendo así una cota de originalidad y de ambición (y, hasta cierto punto, de arrojo y valentía) evidente. Es el caso de Fósforo blanco, el tercer libro de Pedro Luis Casanova (Jaén, 1978), un poemario al margen, construido a partir de una rotunda voluntad de indagar en el lenguaje, de buscar en él la imagen imprevista, las roturas y grietas de la realidad, el desasosiego íntimo y la incertidumbre colectiva y el alejamiento de la mirada superficial, puramente descriptiva. 
También hay poetas cuya estela es difícil de seguir, cuyo magisterio es, a la vez, poderoso y hondo en su contenido y limitado en su extensión por tratarse de una obra corta e intensa. Es el caso deDiego Jesús Jiménez, del que acaba de reeditarse su libro La ciudad, el poemario con que, en 1964, ganó el premio Adonais. Hago referencia al poeta madrileño por dos razones: Casanova hizo, hace nueve años  años, una afilada lectura de un poemario poco conocido de ese poeta, Fiesta en la oscuridad, y en Fósforo blanco se revela una sutil sintonía con la poesía  de Jiménez en el modo de acercarse, con la palabra, al mundo: hay destellos de imágenes, gusto por el giro imprevisto y el encabalgamiento y una música que nos lo recuerda.
Fósforo blanco, por tanto, se aleja de los diversos realismos dominantes y tiene su horizonte referencial en poetas para los que la visión que revela y perturba y la quiebra de la lógica de la realidad son dominantes. Pienso en Saint John Perse, en Pound, en Gamoneda y no oculto que su empeño recuerda ciertas zonas de la reflexión teórica de los poetas del grupo Claraboya (aquel intento de fusionar marxismo y lenguaje poético revelador, no convencional), aunque la búsqueda de referencias siempre es una empresa sometida al error. En todo caso, la elección de una cita de Perse para abrir boca en la antesala del libro marca la perspectiva y marca la opción estética de Casanova. Está en el lado no figurativo de nuestra poesía, en el de la frontera entre el misterio y lo visible, en el de la investigación en los bordes en sombra de la vida, incluso de lo cotidiano, y de la Historia: “Abro los ojos, cierro la mirada: / todo lo que ante mí hace florecer su engaño / es también cárcel de mi vida”.
Los tres apartados del libro acotan los espacios de su indagación: el pasado colectivo y sus huellas, casi siempre dramáticas, en “Puedo enseñar la dentadura”; la intimidad más radical, hecha sin embargo de memoria y de un presente contradictorio, con grietas que se abren al entorno civil, a la experiencia vivida por los más humildes (“Contemplad cada noche el valladar / de las frentes, la perpetua calma / descendida, como su crudo alfiler, hasta el sometimiento”), del segundo apartado, “Cuerpo raso”; la poesía, sus razones (frágiles y poderosas a la vez) y las fuentes de las que nace y, en buena medida, se alimenta, como hilo conductor de “Aguas madres”, el apartado final. Es la poética que sustenta Fósforo blanco y que tiene su más extenso alegato en el homenaje a Ezra Pound, penúltimo poema del libro (“¿Para quién escribir ahora / y reinventar la vida?”). Ahí, en el lema “reinventar la vida” está quizá la clave de la escritura de Pedro Luis Casanova: no ilustrarla, no decorarla ni describirla, sino crear nueva vida en el poema, alentar nuevos mundos con la palabra, con los sedimentos de realidad que se conocen y con los restos que se guardan en la memoria o que se adivinan en la penumbra. Un libro raro en los tiempos que corren. Una estética civil e íntima a la vez que avanza en versos largos, de una musicalidad constante y bien trabajada, sin irregularidades, en la que las quiebras del verso no se muestran como interrupciones o desajustes sino con naturalidad, sin que el ritmo interior del poema tropiece o se rompa. 
Uno de los buenos libros de 2015. Un poemario que brilla de modo muy especial en un panorama demasiado uniforme y conformista.
© Manuel Rico. También en el diario digital Nueva Tribuna .

Fósforo blanco.  Pedro Luis Casanova. 76 páginas. La isla de Sistolá. Sevilla, 201

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Eva Vaz (Huelva, 1972) mira al mundo como a través de una lente agrietada. Se confiesa, se desnuda sin pudor y hace el poema una suerte d...