domingo, 13 de septiembre de 2015

Espacios, objetos, vida en José Ángel Cilleruelo

Los dos libros más recientes de José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) vienen a conformar un universo compartido. Una "poética de los bordes" de lenguaje intenso y preciso. 

Coimbra, ciudad que da título a un poema de Tapia con mirlo
Conocí, hace ya muchos años (fue, quizá, a finales de los noventa) a José Ángel Cilleruelo. Fue en Barcelona, con motivo de una invitación a leer poemas en la biblioteca pública Mercé Rodoreda. De su obra habia leído El don impuro (1989) y buena parte de Maleza (1995), título que en 2010 acogería su poesía reunida. Creo que no había publicado aún Salobre (1999). Siempre me pareció un poeta rotundo, con las ideas muy claras y con una opción estética en la que la mirada realista se veía siempre agrandada (cabría decir ahondada) por un tamiz misterioso, como si en cada poema hubiera decidido abrir una pequeña rendija a una incertidumbre mágica, indefinible. Su poesía, no ajena a los males del mundo pero abordados desde el tamiz de lo personal e íntimo, ha crecido en esa constelación (discúlpeseme el término orteguiano) de poetas en castellano que maduraron en las dos últimas décadas del siglo XX. Poetas réplica del esplendor novísimo, poetas de la emoción, poetas de la realidad y sus misterios, poetas de la crítica y de la vida. A su vez, José Ángel Cilleruelo es amigo de lo difícil: catalán (barcelonés) que escribe en castellano. Una apuesta que tiene sus servidumbres en el mundo poético peninsular, sobre todo a la hora de fijar el canon a través de las antologías: pasó el tiempo de la Escuela de Barcelona y de la cierta función dirigente que esa ciudad tuvo en la orientación de la poesía en castellano (tiempos de Barral y Gil de Biedma). Hoy la atención de los lectores de poesía en castellano (y de los críticos, y de los profesores) pasa por otros referentes territoriales. Sobre ello escribí hace algunos años (prólogo a Por vivir aquí. Antología de poetas catalanes en castellano, 2003) y no me extiendo.

Los dos últimos libros de Cilleruelo, Almacén. Dietario de lugares y Tapia con mirlo me llegaron casi a la par (después supe de la publicación, en el filo del verano, de los poemas en prosa de Becqueriana, libro que trataré en otra ocasión). Aunque el primero es una gavilla de prosas que oscila entre la miscelánea y el diario y el segundo un poemario con todas las de la ley, entre ambas entregas hay vasos comunicantes y, como no podía ser de otro modo, obsesiones coincidentes. Almacén, que forma parte del conjunto de obras en las que el autor barcelonés levanta acta del “oficio de vivir” (desde Barrio alto hasta las prosas blogueras de El visir de Abisinia) es una azarosa combinación de meditaciones, reflexión metafísica y reflexión literaria, prosa descriptiva, destellos poéticos y aciertos aforísticos junto a construcciones verbales que rompen la lógica de la realidad y nos acercan a la greguería. Una aparente diversidad de formas de abordar “el lugar” a las que da coherencia un doble hilo conductor: el temblor del tiempo, su labor invisible modelando (o deformando) rincones, objetos, ciudades, sensaciones, olores, y el amor: a la amada, a los otros, a quienes dan vida a los lugares, a los propios objetos y a su singularidad en el tiempo. Tal y como subraya Juan José Martín Ramos en el prólogo, Cilleruelo lo expresa de manera gráfica: “El amor es el lugar”. Su obsesión por el lenguaje y por descubrir en él imprevistas fronteras y capacidades, lleva a Cilleruelo (lo decíamos antes) en no pocas ocasiones a jugar con lo contemplado, recordado o vivido. Son muchos los momentos de Almacén en los que la greguería cobra una fuerza que nos sorprende. Como ejemplo reproduzco íntegramaente el texto titulado “tranvía”: “Subo y arranca con sobresalto de pasajeros. Un aprendiz de violinista que araña las vías. Un verso de once sílabas con los acentos mal puestos. Se va renegando hacia el pasado con mi sueño dentro”. Completa el catálogo de enfoques de esa “realidad del instante” las reflexiones de paso sobre cierta experiencia de la cultura: Kafka, João Bento, un poco conocido Fernando Sanmartín a propósito de su Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow, García Marquez y su lugar Macondo, Collioure y la sombra de Machado, el Dublín de Joyce.... sin dejar de lado lo imprevisto y sorprendente, con sutiles rasgos de poética. Así lo descubrimos en su recorrido por los Encantes: “En una esquina del revoltijo me llama una palabra desde un libro menudo, blanco: Voces. De Antonio Porchia. 1965. No salgo indemne del puesto”.


El reino de los detalles, de los momentos inadvertidos, de los bordes. Acaso la poesía tenga hoy la función alumbrar esas zonas de la realidad que pasan inadvertidas al común de los mortales o que son consideradas irrelevantes, desechables. Los poemas de Cilleruelo son breves, de una intensidad buscada y sostenida del primer al últmo verso. Poemas en los que, sin embargo, el artificio inevitable se disuelve en una naturalidad difícil de lograr: en ella alienta la precisión , el sustrato emocional y la inteligencia para ver más allá de lo visible, para descubrir lo que está a punto de dejar de existir y en lo que solo el poeta repara: el momento posterior a la fiesta, cuando los músicos, cansados, recogen el instrumental y otros retiran la basura que acumuló la noche; el final de una cena y las huellas que perviven; Varsovia concentrada en un hueco en el tranvía (“ que mira / a través de la ventanilla”); el invierno que se expresa en la imagen en la que “Una mujer de oscuro riega y barre / su puerta. Un hombre aranca el motorcillo / del pozo”; andenes vencidos por la vegetación y el tiempo; recuerdos destilados en unas pocas imágenes que hablan de lo sencillo y no por ello prescindible: colillas apagadas, una maleta, una cisterna que gotea, el patio “de un bloque protegido”. Una sencillez que encuentra su mayor grado de depuración en los cuatro haikus estacionales de “Vida en Haijin”. La vida, en fin, convertida en lenguaje y en revelación.

En el fondo, estamos ante una poesía de “los bordes”, en la que se canta lo que se ve, se recuerda o se imagina sobre ese espacio híbrido entre la irrelevancia y el olvido en el que, aunque a veces no nos demos cuenta, se destila la proteína de nuestra existencia, la esencia de las emociones. Una esencia que en Cilleruelo fermenta, sobre todo, en la más radical intimidad, pero que a veces nace de una mirada crítica, compasiva, hacia los otros, tal y como con sutileza se advierte en poemas como “Dones del sábado”, “Expediente de regulación” o “Canción del progreso”. Almacén y Tapia con mirlo son, en cualquier caso, dos libros complentarios que muestran a un poeta con mundo propio y reconocible. Lo que no es poco en los tiempos que corren.

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José Ángel Cilleruelo Almacén. Dietario de lugares / Prólogo e Juan José Martín Ramos / Editorial Polibea. Madrid, 2014. 107 páginas. /// Tapia con mirlo. Prensas de la Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 2014. 77 páginas. Blog del autor: El visir de Abisinia.

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