domingo, 28 de septiembre de 2014

Sobre "La vida en los ramajes", de Olalla Castro Hernández


Olalla Castro Hernández
Olalla Castro Hernández es una joven poeta y cantante (Granada, 1979) que, con el Premio Nacional de Poesía 2013 de la Fundación Miguel Hernández concedido a su primer libro, ha entrado con paso firme en el mundo literario. Es una poeta del siglo XXI, consciente de su condición de mujer y consciente del valor que en todo ejercicio poético tiene el lenguaje como fuente de revelación, de descubrimiento de zonas ocultas de la realidad. Esa doble consciencia hace que La vida en los ramajes sea un libro extrañamente maduro, bien construido y en el que la crítica social (porque hay crítica) no impide que disfrutemos de un magnífico ejercicio de lenguaje.

El propio título del libro es una hermosa metáfora de lo que encontraremos en su interior. Uno imagina un árbol enorme por cuyo tronco corre la savia, lo esencial de la vida. De esa corriente depende la vida de cada rama, de cada hoja, el nacimiento de cada flor o de cada fruto. Es quien “manda”, el factor determinante de la vida en una sociedad patriarcal. Tanto la del propio tronco y de las ramas más próximas a él y más sólidas, como la de los ramajes, siempre más endebles y alejados, más sometidos a los vaivenes de la naturaleza, a lluvias y temporales.

Olalla, en el libro, nos habla de esa vida. De la que anida en las zonas más frágiles del árbol. De la vida a la intemperie, de la vida que ha sido condenada a ser subalterna. El árbol es el mundo contemporáneo, el tronco es el símbolo de la dominación y los ramajes son el refugio de las aves que aman la libertad y, a la vez, viven, insomnes,  excluidas, marginadas de la propia construcción del mundo. Puede pensar el lector que exagero con la imagen y su descripción. Sin embargo, tanto en la lectura como en la relectura, esa es la sensación que he tenido al enfrentarme al poemario.

El libro está dividido en cinco apartados o capítulos. Con ellos, su autora traza un itinerario que va de la declaración de principios del apartado que le da título hasta el lugar de la infancia filtrado por la memoria y tamizado por la luz de lo vivido después, de “Autobiografías apócrifas”.


La declaración de principios de la primera parte viene a establecer, como respuesta de género a la dominación antes enunciada mediante lo que denomina “mínimas resistencias” (que acaban por ser gigantescas). Olalla escribe poemas de la fragilidad. En ellos afirma la identidad femenina y a la vez, la consciencia de las posibilidades de la derrota, y, por ello, subraya la firmeza de un refugio interior desde el que seguir batallando. Eso se hace evidente en el poema “Mujer-Fortaleza”: “Mujer-fortaleza, carne-piedra, / aquí dentro ya no podréis sitiarme”, escribe.

La voz poética, sin embargo, no renuncia a vivir la experiencia a través de otras voces, de otras biografías emblemáticas de la lucha de la mujer por afirmar su identidad a través del arte, del apartado “Las otras invisibles”. Ahí están: la experiencia de Emily Dickinson, que vive la libertad en la naturaleza para acabar en el obligado refugio de la casa, toda una metáfora: “Y la libertad, / con su collar de espinas, / se arrastra otra vez hasta la alcoba”; la espera de Penélope y su convencional tejer y destejer mientras (propone Olalla Castro) lee e imagina otros mundos, otras odiseas y desea un final que no se producirá; la Virginia Woolf atravesada por la depresión y mecida por el infortunio de sus últimas palabras antes de morir bajo las aguas y dejar en ellas “sólo un eco / de ondas sobre el río / que no se apague nunca”; el secreto de la señorita Jo entre el mundo acomodaticio de sus hermanas en la novela Mujercitas que no es otro que el triunfo de la literatura:  “Sube Jo de dos en dos los escalones / y regresa vencedora a su patria-escritorio”.  Todas ellas, entre otras muchas “resistentes” en los ramajes que no están en el libro pero que respiran a través de ellas, han sido  el permanente desafío a la dominación,  un gesto valiente e imprescindible:


“Fuimos brujas. Amantes. Compañeras.
Y ardimos juntas, mientras ellos temblaban”.   

La lucha de los negros por los derechos civiles, por la igualdad y por su emancipación, le sirve a Olalla como vía en paralelo, como universo en el que mostrar y ejemplificar el valor del desafío de quienes desarrollan su “vida en los ramajes”. Desde el llanto de Armstrong y su trompeta evocado sobre el Mississippi hasta el gesto de Rosa Park tomando asiento en un autobús en el que, por ser negra, le estaba prohibido (cambiando, así, la historia), ahí está la evidencia de una lucha en la que la vindicación feminista encuentra ejemplos y realidades: los negros “inventaron el swing / para probar sus alas”, escribe nuestra poeta cerrando, así, la tercera parte, “Negritudes”.

El amor, la distinta sensibilidad con que hombre y mujer afrontan la sexualidad y el erotismo no podían estar ausentes del libro de Olalla y en él se concentra la cuarta parte. Desde la denuncia de los arquetipos establecidos por la cultura dominante (casi siempre construida por los hombres) hasta la mezcla de ternura, pasión y actitud reflexiva con que la mujer asume el sexo, siempre en el límite en que el gozo irrefrenable y la huida se interrelacionan. “Y ella quiere arrancarse el terciopelo, / desvestir de lascivia sus razones / y que la dejen a solas con su sombra”, nos dice la autora al final del poema “Blue-Velvet”. 
Decía antes que el libro nos conduce hacia “el lugar de la infancia filtrado por la memoria”. En efecto, con “Autobiografías apócrifas”, Olalla parece cerrar un círculo. Vuelve al lugar en que la infancia se evoca a través de tamiz agrietado: en la infancia se vive la conciencia de lo distinto, de la marginación, del distinto espacio emocional y vital que viven los niños y adolescentes de distinto sexo. Y la infancia a la que regresa el sujeto poético en La vida en los ramajes es una infancia triste, en claroscuro, en la que no siempre la esperanza fue cumplida: “Y corrió por los tejados la noticia / de que no iba a esperarnos la mañana, / de que esta vez, definitivamente, / se habían partido en dos nuestros abrazos”.

Cierra el libro con un poema titulado “Autorretrato” en el que se respira un escepticismo cargado de amargura: en el fondo, es la amargura de una generación (al menos, así lo he visto yo) en la que no es fácil afirmar la identidad, lograr la realización personal, en la que cada ser humano lleva un “altar de yoes deformes, / mutilados”  por quienes deciden por todos nosotros. De ese modo, Olalla Castro Hernández se desnuda y, situándose al borde del nihilismo, se rebela contra todo, afirma el “NO” no como un juego, sino como una necesidad vital. Así, escribe:


“Más vale que aceptes de una vez por todas,
maldita tramoyista,
perfecta estafadora,
que jugar al no, al nunca, al nada,
hace tiempo que dejó de ser un juego”.


Un primer libro que no debe pasar inadvertido. Que nos muestra un poeta considerable.

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La vida en los ramajes. Olalla Castro Hernández. Devenir. Madrid, 2013 / 84 páginas.


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