lunes, 8 de septiembre de 2014

Algunas notas sobre poesía y compromiso. Una conferencia de octubre de 2013

El 31 de octubre de 2013, tuve la fortuna de abrir la edición de ese año de "Voces del extremo" en el Ateneo de Madrid. Hoy, al ver anunciada, en alguna red social, la edición de este año, he creído oportuno publicar en LA ESTANTERÍA  mi conferencia íntegra. El texto fue objeto de polémica tras mi intervención y en él intenté situar algunas de mis preocupaciones sobre la función sociopolítica dela poesía. Aquí queda.


Hoy, el poder económico y el poder político (hablo del poder político en su vertiente conservadora, restrictiva de las libertades, resistente y beligerante ante cualquier transformación), puede estar tranquilo respecto a los poderes subversivos, en términos prácticos, de la poesía. No sólo son malos tiempos para la lírica (aunque la lírica ocupe cada vez más espacio en la red y en el mapa de pequeñas editoriales y revistas del país), sino que ésta vive en un reducto sociológico-cultural que tiene mucho de ámbito idealizado en el que goza, sufre, se apasiona o se confronta un colectivo de poetas lectores y de lectores poetas (a los que hemos de añadir no pocos críticos con vocación de poetas o “poetas en la intimidad”) que a duras penas alcanza los tres millares de personas. Magro colectivo para cambiar el mundo y para complicarle la vida al poder. 

Esa percepción, expuesta negro sobre blanco en el día de hoy, 31 de octubre de 2013, es decir, en el Madrid del siglo XXI, no es, sin embargo, una novedad. Manolo Vázquez Montalbán, uno de los artífices de las reflexiones más lúcidas sobre el tema que nos ocupa (recomiendo la lectura de su libro de ensayos La literatura en la construcción de la ciudad democrática) ya la apuntaba nada menos que en 1968. Es decir, hace la friolera de  46 años. En un texto titulado “Rápidas notas sobre la llamada poesía social” describía su poética para la Antología de la nueva poesía española, elaborada para la mítica colección El Bardo por su fundador, José Batlló.  Escribía: “Tras unos años en que la “poesía social” se auto­justificaba porque había una identidad entre la intención de la protesta y su forma­liza­ción, en la actualidad, la signifi­cación de “poesía social” se corres­pon­de a la función de un modesto tirachi­nas”[1]. Es decir, ya a finales de los sesenta, un poeta ideológicamente situado a la izquierda, en una izquierda crítica, como Vázquez Montal­bán, excluía la poesía como alegato, como instrumento transfor­ma­dor desde el punto de vista políti­co o social. 

Movilización "Todos somos cultura". Madrid, 9 de junio 2014
Esa idea nos lleva a otra: ¿Ha sido siempre así? 

No de manera tan tajante. En tiempos del romancero, de la poesía juglaresca, cuando el poema se movía entre la épica y la lírica y era, esencialmente, un medio de comunicación/transmisión de acontecimientos históricos, de leyendas y tradiciones, de experiencias colectivas, la poesía, entendida en sentido amplio, ejercía una significativa influencia sobre el poder. No en vano era una de las apoyaturas más utilizadas por la Iglesia, por la nobleza, por las instituciones en definitiva, para mantener posiciones de hegemonía. Y la siguió ejerciendo durante varios siglos: ya fuera dentro del género poesía entendido en sentido convencional, ya lo fuera en su transferencia hacia el teatro o hacia la narrativa. En buena medida era el medio a través del cual el pueblo accedía a contenidos más elevados en términos culturales (también políticos), a contenidos, digámoslo con toda la cautela que se quiera, críticos. La plaza pública, la corrala, el patio, las salas teatrales tenían algo de lugar de encuentro entre el poema, o entre el producto literario, y sus destinatarios. En los procesos revolucionarios del siglo XX, la poesía jugó un papel. No decisivo, ni siquiera relevante, pero sí de cierta importancia. Ayudaba a la crítica al poder que era cuestionado, apoyaba a las fuerzas sociales emergentes, emocionaba, movilizaba o daba moral a los desheredados, los alimentaba de nuevos imaginarios. Cierto que no es fácil calcular en qué porcenjate contribuyó la poesía (diría más: la literatura en su conjunto, entendida como arte y sin integrar dentro de ese concepto los textos políticos o teóricos) a tales procesos revolucionarios. Pero sí sabemos que en cada una de ellas ha habido un colectivo de poetas coadyuvando al cambio, de cada uno ha quedado, al menos, el nombre de un poeta: Withman, Maiakovski, Evtuchenko, Alberti, Lorca, Pavese, Brecht, Eluard, Aragon, Breton, Neruda, Cardenal, Vallejo, Bob Dylan... 

Hoy no es fácil plantearse en los mismos términos la relación entre la poesía y el poder. Un acontecimiento como la guerra de Irak o como el atentado terrorista del 11-M en Madrid produjo, es verdad, varios libros colectivos de poemas, movilizó a los poetas. Pero no (al menos, no en todos los casos) se movilizaron cuestionando, con sus poemas, el poder. Fue la solidaridad, la compasión, el asco, el terror, la desolación, el estupor, lo que movió a los poetas. Algo parecido ocurre con la crisis económica. Es el rechazo, el estupor, el desacuerdo, la rabia, la contestación. Sólo en unos casos, en los que media una conciencia crítica y tansformadora,  aparece la voluntad consciente de transformar el mundo, de hacer una poesía que recupere el viejo concepto de compromiso, que busque la revitalización de la “poesía social” que cultivaran los Otero, Ángela Figuera, Gloria Fuertes, Celaya, Nora o Hierro. 

¿A qué se debe ese cambio respecto a otras épocas? 

Creo que, a medida que la poesía ha ido perdiendo espacio en el universo de preocupaciones de la sociedad (o de esa parte de la sociedad que lee habitualmente, de las llamadas clases ilustradas), su capacidad de influencia se ha ido reduciendo. Otros paradigmas ocupan su lugar en los imaginarios que construyen las clases y sectores sociales con capacidad de actuar como instrumentos transformadores (lo que configura lo que antes denominábamos el “sujeto revolucionario”). La televisión y, en general, los soportes audiovisuales, incluyendo Internet, se han convertido en instrumentos que integran géneros diversos y materiales de toda procedencia: y son mecanismos movilizadores, críticos, cuya eficacia se corresponde con una era globalizada.  Las redes sociales ocupan en muchos casos el lugar que ocuparan los foros colectivos con presencia física de otros tiempos. 

Por tanto, el problema hoy no es tanto concebir la poesía como un instrumento de transformación social como construir una poesía (y cuando digo poesía quiero decir poesía, es decir, lenguaje revelador, palabra nueva, no puro alegato) con capacidad para desvelar aquellos aspectos ocultos que determinan la dominación del hombre por el hombre. Siendo conscientes de que son otros los instrumentos que el poeta, como ciudadano, tiene a su disposición para cambiar el mundo. René Menard, en sus Reflexiones sobre poesía, recapitula sobre el efecto del poema sobre el tejido social del siguiente modo: “El más solitario esfuerzo de creación no conseguirá sino una modificación infinitesimal de la aleación mental de la humanidad, la que será, por eso mismo, justificada. (...) La energía poética, surgida de algunos, no se transmite más que a un pequeño número. Este la traduce a expresiones de un uso más corriente, que trazan las líneas de fuerza de la prosa. Esta prosa, después de degradaciones sucesivas, enriquece el lenguaje del hombre de la calle”. 

Creo que la definición que más se ajusta a esa concepción del poema es la que acuñó el filósofo Ernst Bloch en su libro El principio esperanza[2].  “El pensamiento debe acompañar a los hombres como conciencia moral del mañana”. Aunque el objetivo que perseguía con tal afirmación no era otro que combatir el nihilismo en filosofía, apostar por el pensamiento sobre el fatalismo a que invita una realidad especialmente hostil a las transformaciones, esa afirmación nos lleva a una pregunta obligada: ¿Puede la poesía, jugar, como el pensamiento, ese papel de acompañante del hombre como conciencia moral del mañana al que aludía Bloch?  A mi juicio, sí. La poesía puede ayudarnos a entender nuestra realidad. En sus zonas visibles y en sus zonas ocultas. A acceder al conocimiento de los mecanismos del poder, a iluminar sus sótanos y sus desvanes, a intuir un mundo mejor, a perturbar nuestra conciencia, a promover en el lector una nueva mirada sobre la realidad. 

¿Ocurre así en la España del siglo XXI, en nuestra poesía más reciente? 

Sólo de manera muy parcial. Santos Alonso realizó, hace ahora cuatro años, un diagnóstico que comparto: “Buena parte de los poetas, jóvenes y no tan jóvenes, parecen asumir la creación poética no como fin necesario, como disidencia del ser humano en su dialéctica personal o social con el mundo o como expresión de la contradicción o el extrañamiento, sino como reducto de una intimidad que casi nunca tiene que ver con las frustraciones y aspiraciones colectivas. Entre tanta neutralidad digestiva y políticamente correcta, su palabra carece de la temperatura necesaria para provocar en el lector el estremecimiento y el cuestionamiento o la ruptura con la sensibilidad complaciente y con los valores (sociales, culturales, estéticos) dominantes”. 

Creo que un tiempo y una sociedad como los que nos condicionan como poetas, como escritores, necesita de una propuesta poética que yo definiría de la conciencia crítica. Es decir, una poesía que, consciente de que no puede aspirar a remover directamente el poder (o, en último extremo, sólo a ayudar), cuestione el mundo heredado, dibuje nuevos imaginarios, nos hable de cuanto nos impide cumplirnos como seres humanos, recupere la memoria personal como parte de la memoria colectiva (el poder conservador reniega de la memoria colectiva, siempre intenta enterrarla), ayude a transformar la conciencia del lector. En otras palabras que haga realidad, en el texto, en el poema, el “principio esperanza” al que me refería al citar a Bloch, una de los argumentos de más hondo cuestionamiento del poder. 


El poder político (más el que se sustenta en posiciones retardatarias, conservadoras, que el que descansa en posiciones progresistas) es, por lo general, inmune a la poesía. No es que la desdeñe, es que es indiferente ante ella. 

Por eso, la poesía, desde el planteamiento que antes apuntaba, debe seguir desafiándolo, cuestionándolo. Eso quiere decir que, pese a la “teoría del tirachinas” de Manolo Vázquez Montalbán o a la escasa repercusión en la “aleación mental de la humanidad” a la que se refiriera Menard, la funcionalidad crítica del poema sigue estando vigente. Del mismo modo que está vigente (siempre lo ha estado) su funcionalidad emocional, o su funcionalidad reflexiva, o su funcionalidad paisajística, o su funcionalidad amorosa. Desde un enfoque distinto, insisto, al que inspiró la poesía social de los 50/60 puesto que la experiencia literaria e histórica han demostrado que la contribución de la poesía (de la literatura) a los cambios político-sociales es modesta tirando a nula. 

Es básico para que esa funcionalidad modifique, aunque sea una brizna, la conciencia del lector, que el poema huya del alegato, de la proclama, del tratado sociológico,  sea poesía. Es decir: lenguaje revelador, territorio del arte, realidad nueva y autónoma, búsqueda en los reductos inéditos del idioma de nuevos sentidos y significados... 

No es fácil de entender por qué, para los críticos y bardos del establishment, es “líricamente correcto” cantar a un atardecer, o a un paisaje otoñal, o a la amada, e “intento de politización“ hacerlo a un barrio de chabolas, o a un inmigrante, o a las carencias cotidianas de un ciudadano medio... “La ventaja esencial para un poeta no es la de enfrentarse con un mundo bello: es ser capaz de ver tras la fealdad y la belleza; es ser capaz de ver el tedio, el horror y la gloria”. No lo escribió Celaya, ni Otero, ni Char, ni Brecht, ni Eluard. Fue el indiscutido T. S. Eliot. 

Eso nos lleva a una última reflexión. Me refiero al lenguaje y a sus convenciones y a su relación con el poder. No creo en las posiciones cerradas. Creo que el poder puede ser cuestionado con un lenguaje directo, transparente, pero revelador, poéticamente intenso. Y que puede serlo con un lenguaje rupturista, heredero de las vanguardias. También me parece que puede ocurrir lo contrario. 
 Muchas gracias. 


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[1].—"Rápidas notas sobre la llamada `poesía social'". Manuel Vázquez Montalbán. En Antología de la nueva poesía española, de José Batlló.


[2]. Ernst Bloch. El principio esperanza. Aguilar. Madrid, 1977, 1979 y 1980.

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