jueves, 31 de julio de 2014

Fragmentos de vida que siempre suman. Sobre "Las sumas y los restos", de Ana Pérez Cañamares

Con Las sumas y los restos, Ana Pérez Cañamares fue galardonada con el premio Blas de Otero Villa de Bilbao 2012. Aparecido en 2013, ha sido uno de los libros de mayor intensidad y calado que se publicaron en ese año. Autora, además, de tres poemarios y de un libro de relatos (En días idénticos a nubes, 2009), publicados todos ellos en el siglo xxi, podríamos ubicarla en una hipotética generación del cambio de siglo (los nacidos a finales de la década de los sesenta en los primeros setenta) y, dentro de ella, en la zona de la poesía sustentada en una mirada crítica hacia el mundo. Estaríamos hablando, hasta cierto punto, de una poesía “indignada” (sus libros, con excepción del primero, aparecen en plena crisis).

La sumas y los restos no es un poemario al uso: no sólo por su estructura, que lo aleja de la simple agregación de poemas, sino por la inteligente combinación de la reflexión sobre la propia poesía, la referencia a los males colectivos y una mirada hacia la intimidad cargada de emoción y memoria, también de alusiones indirectas al marco histórico. Pérez Cañamares lo ha dividido en dos grandes bloques. “Los mapas” y “Los tesoros”. En el primero, traza, en cuatro apartados cuyos títulos se corresponden con los cuatro puntos cardinales, la geografía de una vida; en el segundo, el íntimo patrimonio legado por los padres. Con ello, la poeta nos invita a adentrarnos en las diversas caras de una autobiografía hecha de rastros (de “restos”), de instantáneas, de acercamientos a la realidad en la que la poesía es salvación: “No vuelo, ni ando, ni me hundo. / Escribo palabras como barandillas. / Me asomo desde ellas y no me caigo”.

Esa proclamación de la casi vital necesidad del poema cruza los textos que componen el apartado “Norte” del primer bloque. Metapoesía al servicio no del arte, sino del sentido de la propia vida, poesía para explicarse y para mirar el mundo que visitaremos en el apartado “Sur”: un universo agrietado, en el que la realidad es una suma de servidumbres y en el que la felicidad es relegada o condenada a ser una quimera, en la que la conciencia se divide (“No parecemos reparar en / cómo se mancha la conciencia / mientras nos quedamos quietos”) y se siente culpable por la impotencia y las renuncias: es la conciencia del perdedor. Desde esa perspectiva, es de subrayar la mirada de la mujer y la presencia, como una sombra y no siempre explícita, de la crisis.

Al “Este” vive el espejo deforme de lo cotidiano: desde lo cotidiano íntimo (las labores de la casa, los animales domésticos, los sueños imposibles) hasta lo cotidiano colectivo (“Las horas de las mujeres en la cola del mercado”). En el “Oeste” asoma la memoria y respiran las marcas del pasado, las huellas de una educación sentimental contradictoria, limitada por la condición de género: “Ayer fue que en esta familia / las mujeres han tenido que elegir entre hombres e hijos”.

El libro se cierra con el canto a la herencia de los antepasados inmediatos, una herencia cargada de recuerdos (teñidos siempre por un dolor sutil, por una sorda y, a la vez, tierna recriminación) y de objetos (“los platos que me regaló mi madre / están ya deslucidos y pasados de moda”) y con un epílogo compuesto por dos breves poemas que se cierran con un sucinto alegato a favor de la poesía: “defiende tus alas”.

Ana Pérez Cañamares escribe con un estilo directo, casi coloquial, cargado de ironía y siempre teñido por la emoción y por la ternura (algo que es visible, incluso en los momentos de mayor sequedad) y en el que no se eluden términos en apariencia reñidos con la lírica como los procedentes de la economía (ibex, opa hostil, prima de riesgo…). Las sumas y los restos confirma a su autora como una de las más lúcidas exponentes de una poesía crítica surgida en la primera década del siglo XXI, con conciencia de género y, sobre todo, con ambición estética, lo que no significa, en absoluto, complejidad forzada o alambicamiento. Un libro para emocionarse y para contemplar el mundo. Desde el pesimismo y la conciencia de derrota, sin duda. Pero sin desdeñar lo imprescindible: una brecha de esperanza.   
 
Las sumas y los restos / Ana Pérez Cañamares / Premio Blas de Otero - Villa de Bilbao 2012 / 131 páginas / Devenir. Madrid, 2013.

viernes, 25 de julio de 2014

El rey de los destellos. Crítica a "Antología poética", de Marià Manent



Reproduzco a continuación mi reseña a Antología poética, de Marià Manent, publicada el sábado, 19 de julio, en el suplemento Babelia, del diario El País.

Marià Manent (Barcelona, 1898-1988) fue crítico, editor, poeta  y original traductor  de la poesía anglosajona. Primero al catalán (Versions de l’anglês, 1938) y más tarde al castellano (La poesía inglesa, 1958). Esa anglofilia condicionó su poesía y buena parte de su actividad crítica y reflexiva sobre la propia poesía (Poesía, llenguatge, forma, 1973). Y ocultó en parte su breve obra poética: cuatro poemarios en setenta años de vida literaria. La poesía de Manent, marcada por la contemplación reflexiva de la naturaleza y hecha de instantáneas, es un ejemplo de depuración, delicadeza  e intensidad.  En sus libros domina el poema breve, el destello que se oculta más allá de lo visible y la capacidad para dotar a los elementos de la naturaleza de vida humana: “La avellana / repica por los sacos. Las manzanas llaman / al grajo a la solana”.  Tal es el tono de su obra maestra, La ciutat del temps (1961), publicada mucho después del final de la guerra, en plena madurez creativa.  La Antología  descansa esencialmente en ese libro,  del que se recogen quince poemas que trascienden lo paisajístico y que van de la experiencia cotidiana (“A mi hija María…) a la cultural (“La tumba de Rilke”) o a la viajera (“Andorra en octubre”). En todos hay una dolorida conciencia frente al paso del tiempo y una serena mirada hacia la muerte.  A finales de los años setenta, Manent comenzó a escribir los poemas de un libro que quedaría inacabado, El cant amagadís.  Mayor depuración, aire de despedida, melancolía: “El tiempo del hombre es breve / y la puesta de sol se confunde con la claridad del alba”. Y una rara fusión de la vida y de la naturaleza que recuerda las miniatura de la pintura figurativa inglesa de finales del siglo XIX y principios del XX.



Marià Manent / Antología poética / Edición y traducción de José Muñoz Millanes / Edición bilingüe. Fundación Ortega Muñoz. Cáceres, 2013 / 71 págs.

domingo, 13 de julio de 2014

Las dos "almas" de la poesía de Félix Grande

Reproduzco a continuación mi artículo publicado en el número de mayo de 2014 de la revista República de las Letras, de la Asociación Colegtial de Escritores, como homenaje a Félix Grande. Un recorrido por su obra con paradas en algunas anécdotas especialmente queridas.

I

Las dos deudas poéticas esenciales de Félix Grande, según él mismo reconoció en diversas ocasiones, tienen dos nombres propios: Antonio Machado y César Vallejo. No siempre los poetas reconocen sus deudas con la claridad con que Félix Grande lo hizo desde el comienzo de su trayectoria. Ese dato, aunque puede ser contemplado como una ayuda para acercarnos a sus primeras lecturas, para entender el origen de su vocación poética, es esencial para analizar el conjunto de su obra lírica, para cualquier acercamiento crítico a su concepción del lenguaje y a su formalización. En mi memoria de la amistad, de las conversaciones frente a un vaso de vino de tantas veces, siempre hay destellos, momentos especiales vinculados a algún verso evocado de cualquiera de estos dos grandes de la lengua castellana.  Conviene, no obstante, destacar algo esencial: la confluencia de esas dos “almas de lenguaje” en su obra, filtrada por su propia experiencia, por sus obsesiones y por nuevos aprendizajes, daría lugar a una de las empresas líricas más personales e inimitables de la poesía en castellano del último medio siglo. 


Aunque ambas pulsiones, la transparencia, el realismo y el temblor difícil de lo sencillo de un lado, y la indagación en el lenguaje, la adjetivación difícil, la quiebra de lo convencional de otro, se advierten a lo largo de todos sus libros, la realidad es que podemos establecer dos “zonas creativas” claramente diferenciadas. Machado es, en Grande, la “honda palpitación del espíritu”, la “palabra en el tiempo”: más de una vez, en las conversaciones interminables del tiempo de la felicidad, solía referirnos aquellos dos versos memorables con que Antonio evocaba sus días sorianos en el poema final de Campos de Castilla: “voy caminando solo, / triste, cansado,  pensativo y viejo”, subrayando la poderosa carga lírica de cuatro adjetivos sencillos, directos, casi vulgares; Vallejo, en Félix,  representa  la ruptura de la tradición, la búsqueda en los recovecos del lenguaje, la investigación, lo nunca expresado, una forma de vanguardia en la que el juego verbal nunca acaba en si mismo, sino que conecta con las incertidumbres del ser humano de todo tiempo y lugar.  Y en ambos, como hilo conductor, la atención a los procesos históricos, la implicación en las aspiraciones más hondas de los más humildes, una concepción comprometida del poema y de la labor del escritor.   

Obviamente, Félix tenía otras devociones: de Neruda a Lorca o Rosales; de Julio Cortázar a Pepe Hierro; de Rilke, Eliot o Miguel Hernández a los poetas anónimos del flamenco, de Pessoa a Onetti. Pero en lo esencial, esas dos “almas” han respirado, con mayor o menor énfasis a lo largo de su obra.  Y en una y otra alma lingüística estaba su pasión por la poesía como misterio, como vía de acceso a la “santidad” entendida en sentido laico, como expresión de lo inexplicable desde el punto de vista de la lógica. 

La huella vallejiana, rotunda, voluntariamente explícita y, a la vez, filtrada por su propia experiencia de aprendizaje en el campo castellano-manchego, ya se manifiesta en su primer libro real (no fue el que primero publicó), Taranto (1971). El lenguaje roto, la búsqueda del neologismo, el grito y el canto a lo más sencillo y humilde se mezclan para dar lugar a un poemario raro, inasimilable para las tendencias del momento (no olvidemos que Félix lo escribe en los años del realismo de la generación del 50) y de gran calado. De Taranto a Las piedras (1964) hay un camino de depuración y de acercamiento a los clásicos castellanos, sobre todo a Antonio Machado,  y una apuesta meditativa en la que el tiempo, el paisaje, el diálogo con la infancia, con cierta poesía entrañada de los poetas del 36, da lugar a un poemario que, tal y como lo subrayó en el prólogo a su obra completa Angel Luis Prieto de Paula, “imbrica esencia y tiempo histórico”. 

En Música amenazada (1965) pondrá en juego las dos vertientes estéticas, combinándolas, para abordar un canto/sustituto (así lo ha confesado Félix Grande más de una vez) a una de sus pasiones irrealizadas: la creación musical. Pero no sólo eso: hay una feroz indagación en la condición humana.  Esa preocupación asaltará, de modo terminante, su siguiente libro, Blanco Spirituals (1967), en el que , con materiales propios de la llamada poesía social pero con un lenguaje ambicioso, rupturista, emparentado con las vanguardias y con las nuevas corrientes culturales de la época (son los años 60), construye un mundo poético desasosegador y corrosivo  (el inevitable Vallejo al fondo)  y, a la vez, esperanzado y solidario. Un verso largo que no rehúye el collage ni el alegato, ni el coloquialismo, tantea en los avatares histórico-sociales que marcan la época: la guerra del Vietnam, la bomba nucler, la inmigración interior, la confrontación Este-Oeste, el jazz, el París existencialista, la música pop. En el libro siguiente, Félix asume el difícil reto del poema en prosa con Puedo escribir los versos más tristes esta noche (1971). Esos tres libros, que parecen formar parte de un ciclo que se extiende a lo largo de una década trascendental  para la literatura en castellano (son los años iniciales del “boom”, no lo olvidemos), es destacable, por su novedad y su sintonía con los nuevos impulsos culturales, el uso de referentes de un tiempo en proceso de mutación: Rayuela, una cajetilla de L&M, María Borgia, el jazz, los misiles, el Ulyses de Joyce, son,  entre otros, ejemplos de esa búsqueda con una orientación tan cosmopolita y universalizadora como comprometida. 

La depuración lingüística, el lenguaje preciso y cargado de sensualidad a la vez,  integrarán las dos almas aludidas en poemas breves, intensos, irreverentes, sustentados en el desdoblamiento psíquico y vital y fuertemente erotizados, de Las Rubayatas de Horacio Martín (1978), uno de los más inquietantes acercamientos al misterio de la relación amorosa que ha producido nuestra literatura. Junto a ello, hay un afán metaliterario que se expresa en la creación del heterónimo Horacio Martín. Como si sólo a través del personaje inventado pudiera afrontar poéticamente esa parcela de su experiencia. Las huellas del Antonio Machado creador de los apócrifos, sobre todo Abel Martín y Juan de Mairena,  o de un poeta curtido en la creación de heterónimos como Pessoa, son obvias. Con La noria (1986) volverá el alma más machadiana de Félix Grande, recuperando algunas de las claves que dieron sentido a Las piedras y después vendrá un largo silencio poético.   

II


Hace algunos años, cuando, a finales de los noventa del pasado siglo, trabajaba en la edición crítica de Blanco Spirituals y Las rubaiyàtas de Horacio Martín (apareció en 1998), un conocido poeta de una generación posterior  me  dijo que con aquellos libros Félix había agotado su capacidad creativa. Los más de treinta años de silencio poético que habían sucedido desde Las rubaiyàtas parecían dar la razón al colega. Es más, hasta hace apenas tres años  (hablo del otoño de 2011) esa afirmación parecía tener cierto fundamento. Sin embargo, los últimos meses de 2011 pusieron de relieve lo errático de tal apreciación.


Treinta y tres años después de la publicación de Las rubayátas de Horacio Martín, Félix  cerró su obra completa, Biografía (2011), con La cabellera de la Shoá, un largo poema escrito en verso libre (con una serie de endecasílabos pareados, un soneto y un fragmento en prosa)  de una altura, una densidad y una profundidad acordes con los mejores momentos de su obra. En él, afronta una reflexión perturbadora que habla desde el más radical humanismo ante la más radical (e inexplicable) abyección de la especie. Es una reflexión (o una mirada a la raíz de la condición humana) provocada tras una visita relativamente reciente  a las instalaciones del Campo de Exterminio de Auschwitz. Félix Grande, en un poema largo, que se lee de un tirón, sumerge al lector en una pesadilla de la que no puede (no quiere) salir, en la que se ve atrapado gracias a la belleza de un lenguaje envolvente en el que los ecos del Guernica picassiano, la desolación de  la más dura memoria del Holocausto y la irrupción de momentos de un hiperrealismo descriptivo que arranca con el propio título del libro-poema, la cabellera de la Shoá.  


Poco después de la nueva edición ampliada de Biografía  apareció un nuevo libro en el que trazaba nuevos senderos sobre los caminos inaugurales sustentados en las enseñanzas de Vallejo y Machado. Hablo de Libro de familia (2011). Con él  nos damos cuenta de cuánta verdad había ya en Blanco Spirituals: la búsqueda de la palabra precisa en un verso ambicioso, a veces desbordante, la creación de neologismos que iluminan nuevos significados, la indagación en las raíces de la existencia en la combinación entre recuperación de la memoria y mirada crítica hacia la realidad, elementos consustanciales al libro con que Grande ganó el premio Casa de las Américas en 1966, están también en Libro de familia..


Quien haya gozado de la amistad de Félix (es mi caso) sabe muy bien que hay varios universos que forman parte del propio metabolismo emocional y cultural del poeta:  además de los citados Vallejo y Machado, están el flamenco, la música clásica, el miedo heredado y mamado a la vez, generado por la crueldad de los vencedores durante la Guerra Civil y la posguerra, y la memoria personal (la propia, la de Paca Aguirre, poeta y esposa, y la colectiva). Todo eso está en Libro de familia. El poeta se sumerge en más de medio siglo de historia propia y ajena. Poemas largos, escritos con un lenguaje de una gran riqueza, crudo cuando la referencia lo exige y delicado y frágil cuando se refiere a lo más cercano y querido. En Libro de familia encontramos al poeta proteico y generoso capaz de hermanar el vocablo más rudimentario de nuestra lengua con el más intelectualizado: el temblor popular del flamenco y la intuición elitista de Johan Sebastian Bach conviven, se entrelazan, se miran de frente y no con la mirada por encima del hombro con que a veces queda "canonizada" la relación de la música clásica con la música popular. Quien haya leído La balada del abuelo Palancas no podrá evitar evocar capítulos enteros al leer algunos de los poemas de este poemario de Grande: por ejemplo, "El madrigal del odio muerto", un emocionante ajuste de cuentas con la figura materna, o "Hijopaterno de mí", con el que cierra el libro. Del primeo poema, destaco estos versos: "¿En dónde nace el odio, madre? / ¿En qué naufragio de la confianza / se me pegó esa grasa sobre mi piel de hijo? / ¿En qué estallido de la decepción / nació aquel estupor que se clavó en mi infancia / como un arpón de soledad, y de culpa, y de angustia?".


Escuché, en la sede de la Fundación Juan March, de Madrid, la que habría de ser última conferencia de Félix un día frío del pasado mes de diciembre. Hizo un recorrido por sus padres poéticos, pero también abordó una incursión por su infancia y por el papel que desempeñó la madre. Al escucharle, tuve la sensación de que se estaba despidiendo de todos nosotros. Y de que en esa despedida había una extraña y emocionada reconciliación con la madre. La esencia de sus palabras aquella tarde memorable de diciembre de 2013, estaba, sin ninguna duda, en el citado poema de Libro de familia.


Se reconoce una obra maestra por su capacidad para depurar, en el lugar más recóndito y en apariencia provinciano, la esencia de lo universal: Macondo, el condado de Jefferson de Faulkner, La Mancha de El Quijote, la Santa María de Onetti, la Soria de Machado  Son ejemplos sobradamente conocidos. Pues bien, en el Tomelloso de Félix, que es también un quinto piso de la madrileña calle de Alenza,8, que es también la pequeña e inmensa patria de Paca Aguirre, o en la remota memoria de su Mérida natal… lugares que están en todos y cada uno de sus libros, vive la esencial verdad de su obra poética. Gracias a sus libros, son lugares que no morirán nunca. Probablemente, sus primeras lecturas de Antonio Machado y de César Vallejo ayudaron a ello.    

Publicado en la revista República de las Letras, de la Asociación Colegial de Escritores. Mayo de 2014.


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Eva Vaz (Huelva, 1972) mira al mundo como a través de una lente agrietada. Se confiesa, se desnuda sin pudor y hace el poema una suerte d...