domingo, 29 de junio de 2014

"En la poesía se escuchan los silencios". Una conversación con Juan Gelman en noviembre de 1999


A finales de 1999, El País me encargó una entrevista con Juan Gelman con motivo de la aparición en España de su libro Cólera buey. Fue publicada el 16 de enero de 2000 (1). Hoy es una entrevista inencontrable. La magia de la red me permite, ahora, recuperarla para LA ESTANTERÍA. 



En la poesía de Juan Gelman se evidencian, con una difícil intensidad y no poca capacidad de transgresión, las contradicciones del hombre contemporáneo. Es una poesía en la que la ternura, la ironía y la visión crítica de la realidad establecen, en el lenguaje, un juego lleno de esquinas imprevistas y desafíos al lector. Su vida, terriblemente marcada en lo más íntimo por la dictadura militar argentina, es un exponente del amplio colectivo de hombres y mujeres para los que la lejanía respecto al país de origen se ha convertido en una seña de identidad. Residente en México desde hace más de una década, su labor como escritor ha continuado desarrollándose sin apenas interrupciones en una búsqueda de ese “lugar más calcinado del idioma” con que, en más de una ocasión, ha definido el lenguaje poético.

Pregunta. Hace dos años, Juan Gelman recibió el Premio Nacional de Poesía de Argentina, lo que supone, de alguna manera, el reconocimiento oficial a un poeta que ha tenido una relación especialmente dolorosa, trágica, con su país. ¿Por qué, tras ese reconocimiento, sigue viviendo en Ciudad de México? ¿Cómo contempla la posibilidad del retorno?
Respuesta. La decisión de vivir en México la tomé hace casi 11 años por amor. Amor a una mujer, hoy mi segunda esposa, y amor a este país tan vario y bello. Ningún premio podrá mellarlo. Digo, a ese amor.

P. ¿No es el exilio, el desarraigo, más que la condición vital de Juan Gelman, una seña de identidad de su obra poética?
R. Es posible. Millones de argentinos han vivido y viven un largo exilio interior. Están exiliados -por ejemplo- de la posibilidad de tener un trabajo, educación, techo seguro, una vida decorosa, en suma. No es raro que eso haya marcado mi poesía. Tal como marca la vida de tantas personas. Uno de cada 300 habitantes del planeta ha buscado refugio en otro país que el suyo por razones económicas o políticas. También las guerras desparraman a la gente.

“En la poesía se escuchan los silencios.Y eso también es realidad del hombre”
P. ¿Qué lugar y qué entidad ocupa, en su trayectoria literaria, Cólera buey, un libro escrito en los años 60?
R. Ese libro es una suerte de reunión de poemas pertenecientes a nueve libros que nunca publiqué completos. Los escribí a lo largo de 7 años intensos en muchos sentidos -personal, político, amoroso-, a veces hasta diez poemas en un día. No me interesaba publicarlos. Me perseguía una sola obsesión: cómo pasar esos volcanes de la vivencia a la imaginación venciendo las barreras del lenguaje. Para mí es un libro de apertura a lo que vino después. 
P. ¿Su poesía puede ser concebida como una síntesis entre lenguaje revelador y conciencia, al modo en que lo era en la obra de César Vallejo?
R. Creo que el lenguaje es conciencia.
P.- Hay en su obra, sobre todo en su Salarios del impío y otros poemas, una progresiva depuración formal, algo que a veces la emparenta con lo que en España hemos llamado retórica del silencio, especialmente con la poética de Valente. ¿Es una búsqueda de la esencialidad de la lengua? ¿Supone un cierto alejamiento de la realidad del hombre?
R. Yo pienso que más bien se trata de la búsqueda de la poesía. La poesía es lenguaje calcinado y su palabra se alza desde esas calcinaciones que algunos llaman silencio y, sin embargo, todavía se retuercen y aún crepitan. En la poesía se escuchan los silencios. Y eso también es realidad del hombre. 
P.- En Cólera buey hay una evidente conexión con la política, un intento de indagar en los obstáculos que encuentra el ser humano en su realización. ¿Sigue vigente, casi treinta años después de su primera edición en Argentina, esa preocupación como zona esencial de su apuesta lírica?
R. Sigue presente. En la Argentina padecimos una dictadura militar feroz, un verdadero genocidio, y me pregunto cómo vuelve la palabra luego de atravesar ese infierno. Se conoce la desdichada frase de Adorno -mal corregida luego- acerca de que después de Auschwitz no se puede escribir poesía. Paul Celan mostró que sí se puede escribir poesía después de Auschwitz. Sólo que no como antes de Auschwitz. No como antes del genocidio argentino.
P. Yamarrokuchi Ando y John Wendell son dos de las identidades que, en este libro, asume el sujeto poético y que se manifiestan a través de sendas colecciones de poemas en apariencia traducidos. ¿Qué función desempeñan en su obra?
R. Son máscaras, no heterónimos como los de Pessoa. Me ayudaron. Personalmente atravesaba un período clausurado en lo íntimo. La intimidad es parte de la subjetividad, pero no toda la subjetividad. Hablar desde Yamanokuchi Ando, o John Wendell, me permitió salir de esa clausura. 
P. ¿Y Dom Pero, autor de poemas en un castellano antiguo, emparentado con la lengua sefardí, una lengua trasterrada y no sé si muerta?
R. Los poemas de Dom Pero -como los de mi libro Dibaxu, escritos directamente en sefardí- obedecen a mi obsesión por el castellano, que oculta muchos tesoros, cimientos abandonados sobre los cuales se edifica. Necesité viajar al idioma del Cid -hoy llamado sefardí o ladino- tal vez para explorar la carne y la nervadura de la lengua, tal vez porque el exilio me empujó a la zona más exiliada de la lengua. No lo sé.
P. Todo en su poesía es desafío: al sentido convencional del lenguaje, a las verdades establecidas por el poder, a toda apariencia de felicidad, al fantasma de la muerte. ¿De dónde procede esa irreverencia que es ironía unas veces, causticidad otras  y ternura las más?
R. Eso tampoco lo sé. Ni deseo averiguarlo. Me guío por el viejo cuento ruso que me narró mi madre alguna vez: una araña ve pasar a un ciempiés y le pregunta cómo hace para caminar, si adelanta primero las 50 patas de la derecha y luego las 50 de la izquierda, o 10 y 10, o 5 y 5, y el ciempiés se quedó pensando y nunca más caminó. Hablo, claro, de que prefiero no explorar "científicamente" el recorrido de la experiencia a la imaginación y su palabra. Tal vez todavía creo en una virginidad posible ante cada nuevo poema que busca ser escrito. Y esto tal vez sea no más que una ilusión.
P.- ¿Sigue de cerca la poesía que, hoy, se escribe en España? ¿Qué opinión tiene acerca de ella?
R.- Admiro la obra de José Angel Valente, con quien usted generosamente me emparienta. Leo a grandes poetas españoles como Angel González, Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda, José Hierro. Quizás lo sobresalte la aparente heterogeneidad de mis preferencias, pero ocurre que no creo ni en escuelas, ni en generaciones poéticas, ni en movimientos nacionales de poesía, etc. Sólo creo en los poetas. 

P.- ¿Reconoce algún tipo de deuda literaria, o de influencia, de los poetas españoles contemporáneos?
R.- Francamente, no.     

P.- ¿Y en lo que se refiere a la poesía latinoamericana?
R.- Francamente,sí: César Vallejo.  

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(1) RICO, M. "El territorio más exiliado de la lengua. Juan Gelman y su experiencia con el lenguaje poético". En: EL PAÍS, Edición de Madrid, 16/01/2000.

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