domingo, 15 de junio de 2014

Oficio de los años. Sobre "Despedida en el tiempo", de Manuel Álvarez Ortega


Al cuidado de Marcos–Ricardo Barnatán, apareció en 2004 Despedida en el tiempo, una antología con la que Manuel Álvarez Ortega, poeta de cuño irracionalista y traductor, entre otros, de Éluard, Laforgue, Breton o Milosz, resumía más de medio siglo de creación poética. Reproduzco a continuación la reseña que publiqué en Babelia aquel mismo año.

Traducir, a finales de los años cincuenta, Crónica, de Saint John Perse, constituía un acto de afirmación literaria respecto al clima dominante en la época. Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923) lo hizo. En tiempos de garcilasismo y poesía social, ese acto hablaba, además, de una tradición lírica muy alejada de la que prevalecía en la España de posguerra.
 
Casi medio siglo ha pasado desde entonces. Y cincuenta y tres años entre la publicación de su primer libro poético, La huella de las cosas (1948), y los últimos textos de Heredad de la sombra (2001). Estamos ante un poeta extraño, de una trayectoria equiparable, por su lateralidad respecto a los grupos canonizados, a las de otros poetas mayores, también andaluces, como Rafael Pérez  Estrada, Vicente Núñez o, en un plano distinto, Rafael Guillén. De un poeta cuya obra, desde sus orígenes, ha transitado por una senda en claroscuro, hecha de luz y de sombra. Eso quiere decir que se trata de una obra unitaria y obsesiva en los temas pese a ser muy extensa. Esa unicidad y el permanente acercamiento a cuantas obsesiones estaban presentes en sus primeros libros, hacen de Despedida en el tiempo —título que recobra  el de un largo poema elegíaco publicado en 1967—  algo más que una antología. El volumen puede ser leído, sin merma, como un poemario en el sentido más integral y profundo de la palabra. Las dualidades amor/muerte, dolor/gozo o espíritu/materia, el entrañamiento con la tierra, la memoria de la infancia —otra forma de entrañamiento—, la inclinación hacia las zonas oscuras del pensamiento y de la vida, el Sur como metáfora de la luz y de la juventud, encuentran en una estética de verso largo, flexible y musical —incluso cuando de prosa poética se trata—, de metáforas y comparaciones hechas con inteligencia e intuición, de destellos irracionalistas a medio camino entre lo surreal y lo simbólico, el recipiente adecuado. El lector visita un universo proteico, hecho de patios de atardecer, de naturalezas nocturnas, de mares oscuros y ruinas, de veranos rurales y de escenarios religiosos paganizados, de iconografía funeraria —Invención de la muerte (1964) es uno de sus libros más emotivos— en la que sorprendemos una extraña mezcla entre una luz que parece aprendida en el primer Aleixandre y la oscuridad fúnebre de las pinturas de Valdés Leal (“un dios/ rodeado de muerte civil / y obscenos esqueletos”) o los versos de  Éluard o Breton.
 
La poesía de Álvarez Ortega mantiene un tono equilibrado, una tensión lírica sostenida pese a prolongarse a lo largo de cincuenta y dos años. No hay caídas y a veces nos sorprenden imágenes con una fuerza perturbadora: “Tú vienes de la sombra eres germen de un reino / que cambia sol por sangre vida antigua por sueño”. Cuando la reiteración amenaza a nuestra realidad poética con confundir sencillez con simpleza y realismo con precariedad expresiva, la lectura de Despedida en el tiempo puede ser un ejercicio de descubrimiento y gozo, de introspección y desasosiego, de reencuentro con las capacidades líricas de nuestra lengua y con una complejidad que, en este caso, no es hermetismo

DESPEDIDA EN EL TIEMPO. Antología poética (1941–2001) / Manuel Älvarez Ortega / Edición de Marcos–Ricardo Barnatán / Huerga y Fierro Editores. Madrid, 2004 / 352 páginas. 

Crítica publicada en Babelia / El País, en 2004

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