lunes, 9 de junio de 2014

La "etapa Collioure" de la generación del 50



La colección Collioure de poesía nació, gracias al impulso de Carlos Barral, a finales de los cincuenta del pasado siglo. Sobre el libro de María Payeras Grau, La colección Collioure y los poetas del medio siglo, escribí una crítica que publiqué el 14 de febrero de 1990 en el ya mítico suplemento de libros, dirigigo por Manuel Longares, del diario El Sol.
La colección Collioure y los poetas del medio siglo.
MARIA PAYERAS GRAU
Universidad Islas Baleares.
Palma de Mallorca, 1990

Para desembocar en el análisis de la etapa marcada por la colección Collioure, María Payeras parte de  la peripecia iniciática ‑cultural y vital‑ a principios de los 50  de los dos subgrupos que confluirán en el proyecto: el de los poetas afincados en Madrid, en el Colegio Mayor Virgen de Guadalupe, y el llamado Grupo de Barcelona, aglutinado en torno a la revista Laye. La indagación en esa suerte de "prehistoria" poético‑vital de la generación del medio siglo, junto a la reseña de  hechos posteriores de tanta importancia cívico‑literaria como el homenaje a Machado en Collioure, la lectura de poemas que, de forma conjunta, realizaran Barral, Goytisolo y Gil de Biedma en el Ateneo de Madrid o la celebración de las "Conversaciones Poéticas de Formentor", todo ello en el año 1959, nos acercan al clima que contribuiría de modo decisivo a armar el proyecto, un proyecto que iniciaría su andadura en 1960. La colección Collioure habría de ser, en consecuencia, una suerte de crisol, de reflejo/síntesis de lo que fuera, en gran parte, la Generación globalmente entendida. El análisis de María Payeras, que parte de los componentes comunes, desemboca en un detallado estudio de  cada una de las once obras aparecidas bajo ese "sello editorial". 


Es a través de ese recorrido como el lector puede sorprender el exacto significado de aquella experiencia y las variables que en su seno confluyen y se agitan: su salida a la luz fue fruto de una apuesta cívica ‑coincide con la etapa más social del grupo‑ y también de una premeditada operación de lanzamiento generacional. La prueba de ello es que la mayor parte de los volúmenes aparecidos, incluso de poetas tan poco dados a la literatura social como Carlos Barral, tienen un componente obvio de compromiso. Sólo los libros de Costafreda, de Gil de Biedma, y, en menor medida,  de Angel Crespo, se apartan de esa voluntad testimonial. Voluntad que, además, se advierte en la elección de dos poetas de la generación anterior ‑Gabriel Celaya y Gloria Fuertes‑ y en el propio título de la colección. 
 
Siendo éste el "leit‑motiv"  de Collioure, no es menos cierto que en su seno confluyen otros ingredientes: la coincidencia estratégica e interesada, a fin de dar al proyecto una dimensión estatal, del impulso madrileño (González, López Pacheco, Caballero Bonald, Valente) y del impulso barcelonés (Barral, Goytisolo, Gil de Biedma, Costafreda); el distanciamiento larvado respecto a la poesía social inmediatamente anterior, adoptando una actitud más exigente y rigurosa ante el poema desde el punto de vista formal; la existencia de "compañeros de generación" distantes tanto en lo estético como en lo  vivencial ‑Angel Crespo‑. Incluso la ausencia de libros escritos por lo que se dio en llamar "grupo de Insula" ‑Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero, en menor grado Carlos Sahagún‑ pone de relieve la existencia de un vano de incomunicación entre  autores de la misma hornada de no escasa importancia

La parte final del ensayo, dedicada a diseccionar el debate teórico del momento, tanto sobre el alcance y la validez de la poesía social como sobre el carácter de la poesía como instrumento comunicador o de conocimiento, viene a confirmar cuánto de operación promotora alentaba en el proyecto Collioure. También muestra la matizada convicción que, en el fondo, mantenían sus protagonistas respecto a la poesía social, quienes "fuerzan la máquina" para ajustarse al espíritu que inicialmente lo inspiró. Gil de Biedma había publicado, en 1955, su Introducción a "Función de la poesía y función de la crítica", de Eliot y Barral, en 1953, su Poesía no es comunicación. Uno y otro trabajo son anteriores a la colección Collioure. Y en ellos se niega el carácter esencialmente comunicador de la poesía (y, por ello, su utilidad social). De ahí que quepa contemplar esta etapa más como un paréntesis en su trayectoria, como un modo de atender una exigencia externa (¿Castellet al fondo?) y de responder al momento político dando una cobertura a su compromiso cívico que como producto de una total convicción desde la óptica puramente literaria.

En todo caso, es una etapa crucial en la trayectoria de los poetas del 50. Una etapa necesaria en la que hubo más de acto resistencialista ‑imprescindible‑ que de impulso renovador. Entre otras razones, porque el carácter dado a la colección condicionaba, sobre todo al principio, la naturaleza de los libros a publicar. De cualquier modo, en ella se sorprende una actitud nueva ante la poesía, aunque sea parcialmente. María Payeras nos acerca a sus claves con rigor y sin concesiones a los factores extraliterarios, a los que tan proclive es la temática elegida.  Discutible es, sin embargo, la existencia de un "grupo  de Collioure", término que la autora utiliza en varias ocasiones y que sólo tiene valor como apoyatura convencional para la labor investigadora.



Publicado en el suplemento Libros, del diario EL SOL. 14 Diciembre 1990


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