sábado, 9 de marzo de 2013

"Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio.". Antología de Luis Bagué Quílez

Mi crítica a Quien lo probó lo sabe: 36 poets para el tercer milenio, publicada hoy en el suplemento cultural Babelia, del diario El  País. Un acercamiento al relato que Luis Bagué Quílez lleva a cabo del cuarto de siglo último de la poesía española.

Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio.
Estudio y selección: Luis Bagué Quílez
Materiales didácticos: Susana Rodríguez Rosique
Institución Fernando el Católico. Zaragoza, 2012.

No son pocas las antologías que vienen abordando la poesía española con la perspectiva que otorga el comienzo de la segunda década del siglo XXI. Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio, es una de ellas. Muestra una realidad plural y la integran treinta y seis poetas nacidos entre 1962 y 1985 que, vistos en su conjunto, reflejan las contradicciones e incertidumbres de una sociedad cambiante que ha evolucionado desde el optimismo/euforia de los años ochenta y noventa, etapa en la que aparecen los primeros libros de los senior de la antología, hasta la depresión colectiva que se apunta al final de la primera década del milenio. Un”arco biológico” de 23 años que, a la luz de la concepción orteguiana, no configura una generación, sino dos (o una y media, tal y como señala Bagué), pero sí ofrece una fotografía panorámica lo suficientemente completa de una fase de gran vitalidad creativa. Para Bagué el término “generación del 2000” encubre el encabalgamiento real de dos tramos generacionales: la de los más jóvenes de los ochenta, y la de los poetas de los noventa, nacidos en los años sesenta y setenta. A ellos cabe añadir los nacidos en los ochenta. Es, ciertamente, una etapa compleja que se resiste a acotamientos y a formulaciones cerradas, pero que desde el punto de vista académico (y pedagógico) soporta razonablemente la propuesta de Bagué. Pero más allá del calendario, el factor esencial que marca el cambio no es sólo biológico: a lo largo de los años noventa se produce una renovación, desde su propia matriz, de la llamada poesía de la experiencia (“ruptura interna en el devenir experiencial”, la denomina Bagué), un cambio que se acompaña de la consolidación de una diversidad imprevisible sólo una década antes. En Quien lo probó lo sabe queda bien dibujado ese proceso, un proceso que se verá reforzado a lo largo de las dos primeras décadas del nuevo siglo y que sustituirá un modelo de hegemonía de una tendencia por otro de convivencia de estéticas y corrientes, que revalorizará el lenguaje y su capacidad de “revelación”. 
  

El poeta y crítico Luis Bagué
Así, los poetas seleccionados se mueven en opciones que van de los “realismos posmodernos” que dan, de algún modo, continuidad al realismo heredado de los ochenta, donde Bagué incluye desde el radicalismo existencial de poetas como Roger Wolfe, Manuel Vilas o Pablo García Casado (“realismo manchado”) hasta el realismo crítico, que se mueve entre el marxismo y la insumisión civil, de Jorge Riechmann, Enrique Falcón, Méndez Rubio y las plataformas Alicia bajo cero, de Valencia, o Voces del Extremo, en Moguer (Huelva), pasando por los realismos más volcados hacia la intimidad (“epicúreo”) y la meditación o hacia la disección dolorida y descreída de la realidad (también desde el desconcierto) por poetas como Julieta Valero y, en otro plano, Miriam Reyes, Elena Medel o Erika Martínez.  El segundo gran apartado se nutre del simbolismo en sus diversas vertientes: el nexo común es una combinación de realidad y misterio (Luis, Muñoz, González Iglesias…). Sin abandonar del todo el realismo, los poetas indagan en los bordes (Velasco, Vicente Valero, Ada Salas), en esa zona en la que lo inexplicable encuentra sentido y en la que los factores íntimos ganan espacio frente a los que proceden del entorno, de la simbología colectiva. Van de un surrealismo suave, pasando por la poesía reflexiva, por la recuperación de lo órfico, hasta la metabolización de la nueva realidad de Internet y de las redes sociales, con poetas como Antonio Lucas, José Luis Rey, Juan Carlos Abril o Ana Gorría, entre otros. Una nueva visión (y versión) del uso en el poema de la ironía compondría el tercer gran bloque en la catalogación de Bagué: nuevos poetas que utilizan la experiencia heredada para ensayar lo que el antólogo, con Gerard Genette, llama “ironía en segundo grado”: poetas urbanos, poetas objetuales, poetas de la reflexión metapoética no siempre desvinculada del pronunciamiento civil, de la mirada hacia lo colectivo (Grajera, Mercedes Cebrián, Peyrou). Una panorámica muy ajustada a la realidad sobre la que cabe hacerse un par de preguntas: ¿Por qué 36 poetas y no 45, por ejemplo? ¿Por qué esos poetas y no otros con un peso incuestionable como Jordi Doce, Marta Agudo, Jesús Aguado, David González, Isabel Pérez Montalbán o Eduardo García, por ejemplo?. Preguntas sin respuesta o con una respuesta siempre abierta: los gustos del antólogo y las limitaciones editoriales. Será, como casi siempre, el futuro quien juzgue. Aunque no siempre imparta justicia.


Publicado en Babelia. Diario El País. Sábado, 9 de marzo de 2013.

domingo, 3 de marzo de 2013

Celebración del lenguaje poético / Moshen Emadi y su último libro

La crítica, aparecida en Babelia el sábado, 1 de marzo, al libro de Moshen Emadi, escrito en uso de la Beca Antonio Machado, concedida por la Fundación que lleva el nombre del poeta y por diversas instituciones.

Mohsen Emadi
Visible como el aire, legible como la muerte
Traducción de Miguel Baigorri, Manuel Llinás y el autor
Olifante. Zaragoza, 2012
125 págs. 

En 2003, Clara Janés editó, en una edición bilingüe en farsí y castellano La flor de los renglones, el primer libro que el lector español conoció del iraní Mohsen Emadi (Sári, 1976). Poeta, traductor y activista por la democracia en su país, a Emadi le fue concedida en 2011 la Beca Internacional Antonio Machado. Fruto del trabajo realizado gracias a esa beca es el libro Visible como el aire, legible como la muerte. Se trata de un texto ambicioso y poliédrico en el que aborda la realidad de su país de manera sutil y afilada, adentrándose en las incertidumbres, también en las certezas, que acucian a quien vive el exilio y las secuelas del totalitarismo: «En el idioma de los vencedores escribimos elegías para aquellos vencidos que aún no han sido enterrados». No es, sin embargo, poesía-alegato, sino una celebración del lenguaje y de su capacidad reveladora en la que sus traductores se han empleado a fondo y con acierto. Ahí está el amor como refugio y consuelo frente a las inclemencias sociopolíticas; o la muerte, tan presente en la conciencia del que huye a la fuerza; o la cotidianidad evocada («Ellas / iban al trabajo, hacían cola para el pan y la leche»), o la soledad como condena y como salvación. Y, a guisa de aliento unificador, el tiempo y la memoria. Son, ciertamente, argumentos de los que se alimenta la poesía de siempre. Sin embargo, Mohsen Emadi los aborda mediante una inteligente mezcla de experimentalismo y tradición y con una alta carga emotiva, algo que se materializa tanto en el poema en prosa como en el verso dislocado, breve e intenso, estremecedor a veces, que, en el límite de la vanguardia, lleva la realidad al borde del misterio, de lo oscuro: «los secretos de cada casa / sólo los saben sus albañiles.».
Los referentes de Emadi están, sin duda en la poesía persa, en Ahmad Shandou; pero también en una cultura poética cosmopolita en la que el propio autor reconoce presencias que van del checo Holan al norteamericano Mark Strand pasando por nuestro Antonio Gamoneda. El libro se cierra con dos textos radicalmente opuestos: una serie de poemas de índole contemplativa e intimista, con los «campos de Castilla» como telón de fondo, y un acercamiento, en prosa, a la historia más reciente del pueblo iraní y del valor de la lengua en su búsqueda de la liberad («esa palabra prohibida, esa palabra ausente».