La poesía española entre 1970 y 2000

A continuación, reproduzco, íntegra, la conferencia que sobre la evolución de la poesía española en los últimos treinta años del pasado siglo impartí el día 8 de julio de 2013 en el curso de verano "Leer y entender la poesía", promovido por la UCLM y celebrado en la ciudad de Priego. Quedan fuera del análisis, con alguna excepción, los libros aparecidos después de 2000 (se puede constatar en el anexo) y sin ninguna los poetas que comienzan a publicar después de ese año. Soy consciente de que esa frontera tiene mucho de artificio, pero por algún lado es preciso acotar el proceso. Por otro lado, con posterioridad a esta conferencia, intervino Luis Bagué Quílez, para analizar el panorama poético en la primera década del siglo XXI. 

“De tiempo en tiempo es deseable la aparición de un crítico que emprenda una revisión de la literatura del pasado y establezca un nuevo orden de poetas y poema”.
                                        T. S. Eliot  (De Función de la poesía y función de la crítica.)

PREÁMBULO
 
Abro mi intervención con esta cita no por adjudicarme el papel que reclamaba Eliot al crítico que debería aparecer para definir un nuevo orden de poetas y poemas sino por estar convencido de que quizá nunca como en el período que se inicia en paralelo a la transición política española, en los años 1977 y 1978, y se extiende hasta el principio del siglo XXI, ha sido tan necesario intentar un proceso de racionalización, de clarificación de los caminos por los que ha discurrido la poesía española.

¿Por qué esa necesidad? Por dos razones:

Primera, porque ha habido una confluencia de esfuerzos para delimitar una corriente dominante, la llamada “poesía de la experiencia” en sus distintas modalidades “figurativas”, y, lo que es peor, porque se ha intentado teorizar, elevar a la categoría de opción estética acorde con la exigencias de la sociedad de este fin de siglo, este tipo de poesía.

Segunda, porque es tal el bosque de antologías, recuentos, nóminas, listas, monográficos, dossieres, etc... que en este tiempo se han publicado que no sería de extrañar que a la hora de establecer una nómina aproximativa de los poetas que un ejército de críticos, catedráticos y especialistas con vocación canonizadora han calificado como “imprescindibles” de este tiempo, nos encontráramos con no menos de quinientos. Por citar sólo un ejemplo, diré que una sola antología, Milenio, de Basilio Rodríguez Cañada, de 1999, reseña, con poemas seleccionados, 67 poetas y da cuenta, con bibliografía, de otros 100. Todos nacidos a partir de 1954.

El análisis de ese período, en consecuencia, exige claridad. Exige también riesgo. Y, sobre todo, debe ayudar a conjurar la sensación que, como una mancha de aceite, se ha extendido por las letras hispánicas, consistente en que no pocos poetas han adaptado el clásico “pienso, luego existo” a su irreductible sed de eternidad conviertiéndolo en el moderno “me antologan, luego existo”, principio que se suele completar con aquel otro que dice más o menos así: “otra más y tampoco estoy: me retiro o me resigno”.


De ese modo, se ha extendido una suerte de neurosis lírica en la que el poeta antologado se considera “salvado” para la eternidad y el no antologado en un bicho raro condenado al ostracismo.  

En otras palabras: al acercarnos a esa etapa advertimos una desmedida urgencia para fijar nombres, por establecer magisterios, por asentar generaciones para la posteridad (cuando, en muchos casos, los poetas no habían pasado de los treinta años y de un primer libro). No menos de veinticinco antologías (que no voy a enumerar en su totalidad y de las que sólo citaré algunas), sin contar las de ámbito regional y provincial, se han ocupado de esas tres décadas. Postnovísimos, generación de los 80 y generación de los 90, poetas de “después de la modernidad”, han sido, entre otros, los apelativos utilizados para definir una constelación de poetas cuyo único nexo común era suceder, con afán de ruptura, a los novísimos.   

 
Es evidente que en el período que analizamos hay factores históricos irrepetibles. La muerte de Franco en 1975, el comienzo de la transición política en 1977 con las primeras elecciones después de 40 años, y, en lo que a la vida literaria e intelectual se refiere, la abolición de la censura.


He dicho factores históricos irrepetibles y no determinantes porque sólo de manera lateral éstos afectaron a la producción poética. Entre otras razones porque a lo largo de los años 60 y primeros 70 (incluso en los 50) la poesía, quizá por el limitado espectro de lectores con que cuenta, se había visto sólo muy parcialmente afectada por la censura, que se concentró ante todo en manifestaciones culturales de más amplia difusión y repercusión como la novela, el cine o el teatro (Celaya, Otero, los libros más sociales de los poetas del 50, pudieron, con alguna excepción muy puntual, llegar a los lectores en esa etapa).

EL PROCESO DE CAMBIO EN LA POESÍA ESPAÑOLA

¿Qué es lo que ocurre en el ámbito de la poesía en esos tres lustros?

Primero: Hay una fase inicial, entre 1975 y 1982-83, en la que predomina una pugna, una tensión dialéctica entre los novísimos y sus epígonos de un lado y los nuevos poetas que, nacidos entre 1950 y 1960, comienzan a apuntar caminos superadores del culturalismo que se había hecho casi omnipresente a partir de la antología de Castellet antes citada.

Segundo: En esa pugna se advierte una enorme complejidad, muy propia de un período histórico lleno de conflictos e incertidumbres: así, en el seno de los culturalistas  apuntan signos de abandono, o de profunda transformación, de los presupuestos “venecianos” de la primera hora. Ocurre con Colinas y su Sepulcro en Tarquinia (1975) o con Luis Antonio de Villena e Hymnica

Al tiempo, poetas del 68 excluidos de Nueve novísimos como Diego Jesús Jiménez, Antonio Hernández, Aníbal Núñez, Jenaro Talens, Antonio Carvajal o Juan Luis Panero, por citar sólo los más significativos, publicaban libros memorables que anticipaban (entre otras razones porque nunca dejó de formar parte de su imaginario) el proceso rehumanizador de la materia poética que reclamarían los más jóvenes. A la vez, Vázquez Montalbán se distanciaba del núcleo duro novísimo con una poesía entre crítica y social, tamizada por un culturalismo en el que la cultura más elevada y compleja se mezcla con la cultura popular (la copla, el cine, el rock).

Por último, comienza a cobrar entidad la obra de poetas no novísimos que, por edad, estaban vinculados a la generación del 68 pero que habían sido víctimas del predominio culturalista y condenados al silencio o, al menos, a la penumbra: Sánchez Robayna, Miguel D’Ors, Vicente Sabido, Antonio Enrique, entre otros.

De esa etapa compleja y confusa son expresión dos antologías que cabría calificar “de tránsito” o de transición: Las voces y los ecos, de José Luis García Martín (1980), y Florilegium. Última poesía española (1982), de Elena de Jongh Rossel, libros en los que se advierte esa confluencia entre sesentayochistas tardíos y nombres que habrían de consolidarse a lo largo de la década de los ochenta.

Tercero: El “centro emisor” de poesía comienza a desplazarse del eje que conforman las ciudades de Madrid y Barcelona hacia las comunidades autónomas, en justa correspondencia con el asentamiento de la democracia y con el fortalecimiento de los parlamentos y gobierno autónomos (a lo que no es ajeno el gradual incremento de recursos económicos de Diputaciones y municipios, de las Cajas y de sus obras sociales, para destinarlos a actividades culturales, entre ellas, a la poesía). Grupos, revistas, colecciones y plataformas de diverso género configuran una realidad policéntrica: cobran un protagonismo destacado otros “centros emisores” de cultura poética como Granada, Málaga, Sevilla y Córdoba en Andalucía; Oviedo y Gijón en Asturias; Albacete en Castilla La Mancha, Teruel en Aragón; Valladolid  en Castilla León; Extremadura. Las editoriales públicas de titularidad provincial, local y autonómica cobran una importancia fundamental en la promoción de la poesía.

 Cuarto: A comienzos de los años ochenta, lo que se apuntaba en el período de tránsito que ha quedado ubicado en la segunda mitad de los setenta, se confirma y consolida. Me refiero a la definitiva ruptura con el culturalismo y el neobarroquismo de Nueve novísimos. Si los poetas culturalistas habían negado la tradición poética precedente (hablo de los poetas sociales y generación del 50 sobre todo) en una suerte de “muerte poética del padre”, los poetas que, nacidos en la década de los cincuenta, comienzan a publicar sus primeros libros, hacen lo propio con sus antecesores. Pero, conviene insistir en ello, no se produce una ruptura tajante, desarrollada en un corto espacio de tiempo, tal y como ocurrió con Nueve novísimos en relación con las poéticas inmediatamente anteriores. Los poetas de los ochenta culminan el proceso y abren una etapa nueva transitando caminos que ya habían sido iniciados por algunos poetas anteriores aunque fuera de modo parcial y titubeante.


 Dicho de otro modo: lo que se produce en la poesía española a finales de los años 70 es algo muy parecido al proceso político que vivió España en aquella etapa. Una “reforma rupturada” o una “ruptura reformada”. Al igual que, para garantizar su supervivencia, una parte del aparato de Régimen franquista (Suárez y lo que sería la UCD) decide descolgarse del mismo ante la presión de la oposición democrática para sumarse a la construcción de un sistema de libertades, una parte de la generación del 68 (Colinas, Villena, antes citados, Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles algo después) decide descolgarse de las estéticas culturalistas e incorporarse al impulso rehumanizador que comienza a apuntarse de la mano de las nuevas promociones. Buena prueba de ello es que las antologías panorámicas que se publican en los primeros ochenta (las dos antes citadas son expresivas) mantienen en su nómina a un número considerable de poetas generacionalmente adscribibles al 68 y que un antaño beligerante culturalista como Luis Antonio de Villena decida promover la antología Postnovísismos (1986) cuatro años más tarde intentando establecer, así, un cierto padrinazgo sobre las nuevas tendencias y fijar, más allá de su período hegemónico y tras el prefijo “post”, el calificativo novísimos.
 
LOS AÑOS OCHENTA
 
En ese proceso evolutivo se destacan varios impulsos poéticos que no pocos especialistas han sistematizado y a  los que aludiré de una manera breve:

De un lado, la línea neorromántica que conecta con Cernuda, Brines o Vicente Aleixandre (menos con este último), en la que cabría encuadrar a poetas como Alejandro Duque Amusco, Francisco Bejarano o Abelardo Linares, con una deriva intimista y clasicista que, entre los poetas más jóvenes vendrían a representar Miguel Mas y José Lupiáñez.

De otro, es visible una poética emparentada con la retórica del silencio de Valente denominada conceptualismo o neopurismo, que concibe la poesía como un espacio “de lenguaje hacia el metalenguaje” y que bien podrían representar nombres como Sánchez Robayna, Clara Janés, Amparo Amorós, y, en un plano de acercamiento a una “verdad esencial”, poetas como Julia Castillo, José Gutiérrez o Salvador López Becerra.

El retorno de un cierto prosaísmo con tintes elegíacos aparece representado en la obra de un poeta como Eloy Sánchez Rosillo y la búsqueda de un lenguaje poético que aúne atención a la realidad con capacidad reveladora de la palabra se manifiesta en una línea que a finales de los setenta y principio de los ochenta se denominó sensismo y que fue protagonizada por poetas como Fernando Beltrán,  Miguel Galanes, Vicente Presa y, desde cierta lateralidad, José María Parreño.

Tampoco podemos eludir cierta deriva épico telúrica, una vuelta a la raíz, a la tierra y a los ancestros, que protagonizan poetas como Julio Llamazares o César Antonio Molina y que tendrá continuidad bien avanzados los años ochenta en poetas como Juan Carlos Mestre, Juan Manuel González o, desde una concepción férreamente tradicionalista, Julio Martínez Mesanza.

El neosurrealismo, corriente que, curiosamente parecía mirar más hacia el primer momento novísimo que hacia el impulso rehumanizador y de recuperación de tradiciones próximas que contestaba a la generación del 68, tuvo su más acabada representación en Blanca Andreu, con De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, libro que, pese a aparecer ya en la década de los ochenta y pese a producir un fuerte impacto en los medios literarios del momento sólo muy tímidamente mostraría capacidad para marcar una tendencia a lo largo de los años posteriores.

A estas pulsiones poéticas habría que añadir, sin duda lo que yo llamaría estética de la educación erótico sentimental que progagonizan voces femeninas como Ana Rossetti, Juana Castro, Andrea Luca o Isla Correyero, poetas que conjugan devoción por la palabra e indagación en las zonas oscuras de la relación amorosa y apuestas en las que confluyen voluntad neoclásica y un barroquismo contenido como Fernando de Villena o Luis Martínez de Merlo.

Es evidente que la etapa de tránsito que va de los 70 a los 80 no se agota ni en las líneas que he esbozado ni en los poetas nombrados (casi todos publicaron sus primeros libros antes de 1980), pero creo que, a grande rasgos, expresan lo esencial de la “reforma” a la que me refería antes.

Esa convivencia inestable de líneas y corrientes que se advierte a la altura de 1979 expresaba algo parecido a la descripción que hizo Carlos Marx de los períodos prerrevolucionarios: lo viejo (en este caso, la estética culturalista) no acababa de morir y lo nuevo no había acumulado fuerzas suficientes para establecer una nueva hegemonía, para crecer en definitiva.

Eso ocurrirá a partir de 1982-1983, como si el 23 de febrero de 1981 (sigamos con los símiles políticos) no sólo hubiera contribuido a consolidar definitiva e indirectamente la democracia, sino que también hubiera actuado sutilmente para reordenar la realidad poética. Será entonces cuando se inicie en el panorama poético español una fase distinta, en la que la convivencia inestable a la que antes aludíamos se transforme en el intento de establecer un nuevo dominio para llenar el hueco tras la batida en retirada de las estéticas de Nueve novísimos.

 Así, aunque formalmente convivirán a lo largo de esa década opciones como la épica de nuevo cuño, el neosurrealismo, el minimalismo conceptual (con la agregación de José Carlos Cataño, Ángel Campos Pámpano, Álvaro García), la poética de la nostalgia meditativa de poetas como López Andrada o Ruiz Noguera, la sequedad expresiva y cuasivanguardista de la llamada escuela de Valladolid (Juan Carlos Suñen, Antonio Ortega, Olvido García Valdés, Concha García, Tomás Sánchez Santiago, desde cierta distancia Pedro Provencio), el tradicionalismo emparentado con la vivencia de la naturaleza de Andrés Trapiello, el neobarroquismo de Antonio Enrique, la nueva opción dominante se va a constituir a base de la amplia gama de figurativismos, de opciones realistas, en que se concretaría la ancha (y dominante hasta bien avanzada la década de los noventa) corriente denominada “poesía de la experiencia”, recuperando la poética de los 50, especialmente la obra de Gil de Biedma (pienso en García Montero, en Álvaro Salvador, en Benjamín Prado, en Ángeles Mora, en Antonio Jiménez Millán, en Javier Egea), reivindicando a Antonio Machado y promoviendo, a través del poema, una mirada crítica hacia la realidad conjuntando experiencia colectiva y experiencia íntima (una subjetivización de lo colectivo y una colectivización de lo íntimo) que será conocida en los años posteriores bajo la denominación que inicialmente se dio el núcleo originario: “otra sentimentalidad”.


Poesía y paisaje. Jornadas celebradas en Córdoba, en 1999.
Con Antonio Gamoneda, poetas de diversas generaciones
 

Términos y conceptos como “poesía útil” o “poesía de línea clara” se convirtieron en banderines de enganche no sólo de poetas, sino de críticos y especialistas con una sola finalidad: establecer un canon para la poesía del siglo XXI que restableciera el valor del realismo poético como modelo a seguir por las posteriores generaciones. En 1985 se produce un acontecimiento que tiene lugar en la Universidad de Granada que viene a reafirmar esa apuesta hegemónica.

Me refiero al encuentro organizado por la revista Olvidos de Granada con los poetas y narradores de la Generación del cincuenta, en la que participarán como “lectores y críticos privilegiados” algunos de los más significativos poetas y críticos jóvenes de la corriente neoexperiencial: desde Luis García Montero hasta Adolfo García Ortega pasando por Álvaro Salvador o el teórico de ineludible referencia Juan Carlos Rodríguez.

En ese caldo de cultivo surgirán, junto a la ya citada antología Postnovísimos de Luis Antonio de Villena, nuevas oleadas de antologías parciales orientadas al mismo fin: La nueva poesía, de Miguel García Posada, La generación de los 80 y Poesía figurativa, de José Luis García Martín; Fin de siglo, de Luis Antonio de Villena o Después de la modernidad, de Julia Barella, entre otras.

 Frente a esa ofensiva hegemonizadora surgiría el foco que, en Córdoba y Málaga, establecería el marchamo “poesía de la diferencia” con estéticas y apuestas temáticas diversas, no homogéneas, con un soporte teórico muy precario, y el que, con mayor rigor y solvencia teórica, se conformará alrededor del grupo antes denominado Escuela de Valladolid que se concretará en la antología de Antonio Ortega La prueba del nueve. 

En ese “ecosistema” que tiende a presentar el panorama poético español bajo una corriente dominante y “acorde con las necesidades de la poesía en las últimas décadas del siglo XX”, sustentada, además, en las poéticas de la experiencia, apunta de manera gradual lo que yo he denominado en más de una ocasión, recogiendo el título que en 1993 Diego Jesús Jiménez dio a un Ciclo de encuentros poéticos en la Universidad Menénez Pelayo, en Cuenca, “ceremonia de la diversidad”.

LOS AÑOS NOVENTA Y LA ANTESALA DEL NUEVO SIGLO

Esa diversidad, esa convivencia de corrientes en que, en la práctica, se convierte la década poética de los noventa, desemboca, en los aledaños del comienzo de siglo (sobre todo a partir de 1997), en una visión no excluyente de la realidad poética, en la búsqueda de zonas de encuentro entre poéticas diferenciadas y, sobre todo, en una clara voluntad de convivencia en la pluralidad.  

Frente al proceso vivido a principios de los ochenta, en el que una hegemonía sustentada en una tendencia (culturalismo) es sustituida por otra hegemonía también de carácter tendencial (figurativismo, poesía de la experiencia, realismo), en los últimos cinco años asistimos a la apertura de una “etapa de convivencia”.

Así lo hice constar en el prólogo a una antología preparada precisamente al amparo de la Universidad de Castilla-La Mancha y de la revista Diálogos de la Lengua que dirigía Diego Jesús Jiménez titulada Pasar la página. Poetas y poemas ante el nuevo milenio.

Establecí una frontera: poetas nacidos después de 1963, con obra consolidada y que cumplirían los cuarenta años de edad en el comienzo del siglo XXI. Pues bien, lo que me llamó la atención fue el amplio y abierto catálogo de referentes del que los poetas se reclamaban en las poéticas que me remitieron.

Ya no se estigmatizan las vanguardias y éstas convivían con las poéticas más tradicionales. Dashiell Hammet, Cabral de Melo, Haroldo de Campos, Larrea, Artaud, Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Nerval, Keats, Lautreamont, Tralk, Rilke, Darío, Eliot, Aragon, Eluard, Vallejo, Neruda, Galeano, Verlaine, Mallarmé, Juan Ramón Jiménez, Dylan Thomas, Oliverio Girondo, Ted Hughes, Nicanor Parra, Raymond Carver Lewis Carroll, Rosales, Claudio Rodríguez, Borges o Cortázar eran algunos de los referentes literarios aludidos en las distintas poéticas.

Estos referentes se enriquecían con la reivindicación explícita de la importancia de otras artes y, de manera especial, del valor de la pintura, el cine, la televisión o la nueva realidad digital como territorio fronterizo del poema. 

Tal amalgama de influencias no era nueva en la historia de nuestra poesía. Aunque en algunos aspectos nos recuerda al mosaico de nombres y tendencias de que se nutrió el primer momento novísimo, ha de quedar clara la distinta naturaleza de esta amalgama: no había, como entonces, una voluntad de escribir una “poesía de la cultura” (aunque la cultura penetre en no pocos poemas) y, por lo general, incluso en la obra de los poetas más alejados de una concepción crítico-social de la poesía, existía una zona de intersección entre vida y poema que no se daba en las poéticas novísimas.

De otro lado, me llamó la atención la casi total desaparición de los referentes utilizados por las promociones anteriores (Manuel y Antonio Machado, Cernuda, Gil de Biedma, Ángel González, Alberti, Barral, etc…), incluso en los poetas seleccionados cuya obra estaba más emparentada con la llamada poesía de la experiencia.

Desde esos presupuestos (inevitablemente borrosos, la poesía no es una ciencia), podríamos apuntar un mapa de la poesía más reciente (de la década de los 90 y de la recién iniciada a partir de 2000) que evite la reiteración de los mapas excesivamente conocidos y apunte perspectivas de futuro. Este mapa, que en el fondo no podría ser otra cosa que una propuesta de lectura, podría descansar en las siguientes líneas:

Una nueva dimensión de la poesía de la experiencia. Sin romper los lazos con los poetas “experienciales” y de sesgo realista de la década de los ochenta y primeros noventa,  se produce un ahondamiento hacia lo meditativo, con ciertas derivas irracionalistas (siempre controladas, todo hay que decirlo) y la conexión con influencias que van más allá de las poéticas conversacionales del 50: Carver, sobre todo.

La extensión de una poesía de la introspección emocional y contemplativa, radicalmente subjetivizada, que apunta a la indagación en un intimidad radical, en el límite del existencialismo y que tiene raíces en cierta poesía centroeuropea (Trakl, Huchel, Ingeborg Bachmann)..

La búsqueda de una nueva materialidad del “objeto” lenguaje, partiendo de la fusión de ética y estética y asumiendo una mirada cargada de plasticidad, que bebe en las fuentes del cine, de la fotografía y de la televisión, que no desdeña la experiencia de lo cotidiano ni los vínculos entre el lenguaje (un lenguaje en el que lo irracional y lo racional conviven) y la realidad. 

El ahondamiento en una poesía de la contemplación meditativa y del entrañamiento con la naturaleza, con una no desdeñable nómina de poetas cuya obra indaga en la relación entre el sujeto lírico y la naturaleza en una búsqueda que se mueve entre la captación de lo inefable (la luz, la claridad, la oscuridad), la apuesta por la imaginación y el rescate de una memoria visible o sumergida.  Claudio Rodríguez y la poesía anglosajona más entrañada con el paisaje (Wordsworth, Yeats, Thomas).

La apuesta por la insurrección del lenguaje desde una conciencia crítica frente a la realidad. Con significativas excepciones (las referidas en líneas anteriores), la poesía española de las tres últimas décadas ha carecido de una dimensión comprometida con la modificación de un mundo radicalmente injusto. Si dentro de un siglo un lector intentara buscar en nuestra poesía el lugar de la tragedia humana, los desmanes de la Historia, los falseamientos de la realidad que establecen los poderes dominantes, el horror y la esperanza frente a un final de siglo lleno de amenazas colectivas, no lo tendría fácil.

Una antología como Feroces (1998) puso sobre el tapete a un buen número de poetas sensibilizados por ese enfoque del hecho poético. También las jornadas “Voces del extremo”, que se celebran anualmente en Moguer (y cuya próxima edición tendrá lugar en Madrid el próximo otoño) o la iniciativa “Alicia bajo cero”.

Sería una obviedad (también una apreciación inexacta) decir que estas cinco opciones estéticas cierran el mapa poético que confirguró el comienzo del siglo XXI. Con ellas convivían numerosos poetas que decidieron anteponer el principio que hace casi cuarenta años vino a delimitar José Ángel Valente en su ensayo Tendencia y estilo, que no es otro que la elección, frente a la posibilidad de ser poeta de tendencia, la quizá más complicada de ser poeta con estilo.

Hay numerosas individualidades que expresan esa forma de enfrentarse a la creación: desde la confrontación existencial con el mundo pasando por  la concepción del poema como espacio de la imaginación (poesía emparentada con el surrealismo), o por la apuesta por una poesía vitalista, de entrañamiento con la tierra, con la memoria y con el origen, con las fuentes de la vida, o por una poesía de la totalidad de la experiencia amorosa, con destellos hacia lo cósmico/inefable, en la que se advierte una fuerte carga moral, hasta la opción que recrea y parodia a los clásicos del siglo de oro ensartando en el clasicismo formal los temas y preocupaciones del presente.

A MODO DE CONCLUSIÓN

 En consecuencia, el rasgo esencial que caracteriza a la poesía española en el cambio de milenio consiste, esencialmente,  en la defensa  de la naturaleza innovadora, libre y no condicionada por estéticas preestablecidas, de la creación. Evidentemente, ello conlleva apuestas líricas —y de contenido, puesto que la poesía es, aunque de forma inseparable de la formalización, también contenido— que van del continuismo respecto a las líneas precedentes a la más radical divergencia.

Es probable que algunos críticos y poetas asuman esa diversidad como un signo de la posmodernidad, caracterizada, a su juicio, por la visión fragmentaria y ecléctica de la realidad y de la cultura (que tiene como contrapunto una visión del mundo cada vez más homogénea y unívoca, acorde con los intereses económicos, políticos y sociales, de quienes controlan los medios de producción y comunicación, con el "pensamiento único").

A mi juicio, la diversidad no es sino la consecuencia lógica de un estado de crisis, de un reajuste de los valores culturales (y, por ende, poéticos) y de la globalización de las estructuras económicas y comunicacionales, algo que deriva en una mayor intensidad en el intercambio entre culturas y en una mayor permeabilidad de las estéticas, en, digámoslo en palabras de Manuel Vázquez Montalbán, “una conciencia universalizadora, en la que todos los patrimonios están al alcance del escritor, como todos los tipos de imprenta estaban al alcance del antiguo cajista (…) esta situación postvanguardista no conduce necesariamente al eclecticismo, sino a un refinado metabolismo en el que interviene el talento y la mirada propia como elementos fundamentales de singularización, de diferenciación cualitativa”.

 Con todos esos patrimonio a nuestra disposición, se puede optar por el eclecticismo y la indiferencia ante el caos aparente de la realidad o por la reordenación del caos (con la puesta en evidencia de los falseamientos de la apariencia) apuntando imaginarios alternativos a través de un lenguaje nuevo y desde una mirada crítica y no complaciente del mundo heredado.

Ambas opciones son visibles en la poesía última en castellano y están presentes, como no podía ser de otro modo, en algunas de las líneas o corrientes estéticas esbozadas. Ni que decir tiene que mi opinión respecto a su necesidad en el futuro es rotunda. Creo que búsqueda de un lenguaje revelador y mirada crítica hacia el mundo deben ser caras de una misma moneda: el poema a escribir en un siglo XXI que, de hecho, se inició con el derribo terrorista de las Torres Gemelas de Nueva York y que, por ahora, nos está mostrando la cara más cruel del capitalismo con una crisis que parce no tener término, tiene que tener en cuenta ambos factores. Pero esa ya es otra historia.  

ANEXO CON NOMBRES PARA EL NUEVO SIGLO

Nueva poesía de la experiencia: Alberto García Tesán, -El mismo hombre (1996)’-, Eduardo García -‘Las cartas marcadas’ (1995)-, Luis Muñoz -‘Manzanas amarillas’ (1996)-, Pablo García Casado -‘Las afueras’ (1997)-, Pablo Méndez -‘Una flecha hacia la nada’ (1994)- y Andrés Neuman -‘Métodos de la noche’ (1988)- son los nuevos poetas de la experiencia, si bien ninguno de ellos muestra influencias de los grandes cultivadores del género en anteriores generaciones, a excepción de quienes lo hicieron en el grupo de los años 80.

La introspección emocional y contemplativa une a tres autoras: Ada Salas -‘Variaciones en blanco’ (1994), ‘La sed’ (1997)-, Almudena Guzmán -‘Usted’ (1994), ‘Calendario’ (1998)- y Ana Merino -‘Preparativos para un viaje’ (1995)-.

Una nueva materialidad del objeto lenguaje, con Niall Binns -‘5 Love Songs’ (1999)-, Andrés Fischer -‘Composiciones, Escenas y Estructuras’ (1997)- y Nacho Fernández -‘El breve paso’ (1999)-. Su lenguaje oscila entre la fascinación por las técnicas audiovisuales y lo cotidiano.

La contemplación meditativa y entrañamiento con la naturaleza, cabe situar a Diego Doncel -‘Una sombra que pasa’ (1996)-, José Luis Rey -‘Un evangelio español’ (1997)-, Juan Abeleira -‘Identidades’ (1997)- y Vicente Valero -‘Herencia y fábula’ (1989)-. Es la principal preocupación de todos ellos “la apuesta por la imaginación”, indagar en la relación entre el sujeto lírico y la naturaleza.

Mirada crítica o poesía insurrecta. Isabel Pérez Montalbán - Puente levadizo (1996)-, Enrique Falcón -‘El día que me llamé Pushkin’ (1992)- y Antonio Méndez Rubio -‘El fin del mundo’ (1995)- no ocultan su preocupación ante las injusticias.


Independientes en su estética, se nos presentan Antonio Lucas -‘Antes del mundo’ (1996)-, para quien la imaginación es lo primero; Olga Novo -‘Amar é unha india’ (1997)-, que fluctúa entre el intimismo y el misterio; Ángel Luis Luján -‘Días débiles’ (1997)-, para quien la contemplación es serenidad; José Ramón Trujillo -‘Arte del olvido’ (1997)-, el más influído por los clásicos; Guadalupe Grande - ‘El libro de Lilit’ (1996)-, quien cultiva un verso existencialista; Juan Antonio González Iglesias -‘Esto es mi cuerpo’ (1997)-, cuyo principal tema es el amor; José Luis López Bretones -‘El lugar de un acto’ (1999)-, para quien el verso es la realización del yo; y Carmen Jodra Davó -‘Las moras agraces’ (1999)-, la más joven del grupo, quien escribe sobre las obsesiones habituales en la adolescencia.

Comentarios

  1. Muchas gracias por el comentario, estimado Abelardo. Pero sería bueno para el lector que pusieras algún ejemplo de esa "cantidad de tonterías". En todo caso, toda mirada sobre el panorama poético de ese período es subjetiva. Ésta es la mía. La tuya, la desconozco. Un cordial saludo.

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  2. Yo había enviado un comentario, pero algún problema ha habido.
    Abelardo: Creo que te traiciona alguna espina no extirpada de tu glauco jardín desoxigenado. Yo creo que tú eres un poeta mediocre y eso se refleja también en actitudes mediocres, como esta respuesta irrespetuosa y, además, injustificada. Manuel Rico lo ha reflejado bien, con un tacto propio de su educación y conocimiento. Así que, alguien que te ha leído -Yo- te pide que estés a la altura.
    JOSÉ LUIS ESPARCIA (lector de poesía)

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  3. Made mia pro q toxaco sto no bale pra copiar pegsr

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  4. Made mia pro q toxaco sto no bale pra copiar pegsr

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