Sobre "La piel de los días", de Luis Izquierdo

Reproduzco crítica aparecida en Babelia/El País el pasado sábado, 13 de julio, a La piel de los días, el último poemario de Luis Izquierdo.

LUIS IZQUIERDO
La piel de los días.
Lumen. Barcelona, 2013
97 pags.
 
 En 2006, con motivo de su setenta aniversario, Luis Izquierdo (Barcelona, 1936) publicó Travesía del ausente, una antología en la que se recogían, junto a la selección de poemas ya publicados, catorce textos inéditos. En una entrevista posterior, Izquierdo confesaba que los inéditos eran “en cierta forma, poemas de despedida”. Ocho años después, nos entrega La piel de los días, una suerte de prolongación de aquella gavilla de inéditos que, como libro, pone en evidencia la talla de este magnífico poeta, un tanto relegado de las nóminas al uso, y cronológicamente ubicable en una promoción intermedia entre la del medio siglo y la del 68. Más de una vez, el propio Izquierdo ha reconocido su empatía con la obra de poetas como Gabriel Ferraté, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, entre los mayores inmediatos, y Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas o Antonio Machado  entre los de generaciones anteriores. A ellos cabría añadir la huella del narrador madrileño Juan García Hortelano (autor de dos magníficos poemarios, Echarse las pecas a la espalda y La incomprensión del comercio) y su confesada cercanía con Eugenio Montale,  Joan Vinyoli  o Franz Kafka.


No obstante, su poesía  no es separable de aquellas corrientes que sitúan la experiencia de lo cotidiano como referente esencial.  Transparente y directa, intelectualizada a veces, aborda la experiencia pero alejándola de cualquier simplificación. Su concepción al respecto va más allá de lo aparente (“Dado que casi todo son palabras, lo decisivo es el casi al que no llegan las palabras”, escribe): la memoria, la realidad que a veces emborrona o deforma el propio poema y que, siempre, se nos aparece dotada con un perceptible tinte de ambigüedad, el viaje, el espacio del sueño, la reflexión filosófica, un borde de abstracción. En esa forma de experiencia se asienta la ironía, cierta frialdad que no llega a ser distanciamiento, y un sutil empeño en captar la belleza. Todo ello con la envoltura  de  un verso seco y de corte clásico (donde a veces, más que a Salinas, advertimos la sombra de Guillén) en el que no está ausente la rima consonante y el juego metaliterario.  La pintura, la música, la literatura, las viejas amistades que marcaron un momento nuclear de la historia del poeta y en la literatura española, tal y como  lo pone de relieve en el poema “Llegar a Angulema”, en el que Juan García Hortelano, le acompaña “a Barcelona, / para ver a Barral / y discutirle algún neologismo”, en doble homenaje a narrador y editor. La naturaleza saqueada, la experiencia del paisaje desde el volante de un coche, la melancolía de las vacaciones penúltimas (“Nadie muere en agosto. Se despide, / y espera al año próximo”) acaban por conformar un diario lírico en el que no está ausente la mirada crítica, el desacuerdo de índole política: “Hoy solo importa la seguridad / blindada por anónimos sicarios / que, gracias al sistema, / viven de delinquir, /Y tan contentos”. Un diario, en fin, en el que descubrimos algo más que La piel de los días: lo que hay tras esa epidermis. Un diario sabio de “Un jubilado melancólico” siempre alerta: “Y el bagaje mental es la quimera / de no pensar para seguir aquí. / Qué más quisiera”.  Un libro, en fin, que confirma a Luis Izquierdo como un poeta mayor del último medio siglo.
 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una lectura del poema “Orillas del Duero”, de Antonio Machado

La vida en crudo | Sobre "Trabajo sucio", de Eva Vaz

La poesía española entre 1970 y 2000