Sobre "Atenas", de Juan Vicente Piqueras / Por Manuel Rico



Reproduzco mi crítica a Atenas, aparecida en Babelia / El País,  el sábado, 15 de junio de 2013 

JUAN VICENTE PIQUERAS
Atenas
XXV Premio Loewe de Poesía
Visor. Madrid, 2013
70 pags. 
 
 Atenas, el libro que ha obtenido el último premio Loewe, es la crónica poetizada de una despedida. Sabemos que Juan Vicente Piqueras, poeta experimentado que cuenta en su haber una docena larga de poemarios  y traductor de Tonino Guerra y Zavatini, entre otros, lo escribió bajo los efectos de un cambio decisivo en su vida: de país, de ciudad, de amigos, de paisajes, de clima. El poeta dejaba Atenas del mismo modo que un lustro antes había dejado Roma, y se enfrentaba a un nuevo desafío en otra ciudad cuyo nombre no aparece en el libro: “Si has de cruzar el mar / y el incendio de todo lo que has sido / para llegar a lo que no te espera”.  En esa conciencia de la despedida  descansan la mayor parte de los poemas. Cada uno de ellos se constituye en una zona de intersección entre lo vivido, lo recordado y las incertidumbres que genera un futuro del que todo está por escribir. Lugares como Kea, Exarchia, Delfos o Cadmo, estados de ánimo, lecturas, dioses,  experiencias compartidas con la amada vinculadas a la cotidianidad de la ciudad, fragmentos de una cultura clásica que se asienta en algunos nombres propios inevitables —Homero, Píndaro, Eurípides—, paisajes contemplados con la melancolía de quien los abandona al tiempo que intuye que quizá jamás regrese a ellos. Hay, en ese itinerario lírico, un tono elegíaco, un sustrato meditativo sutilmente pesimista (“Aprendo día a día, daño a daño, / a desaparecer” ) relacionado con el desarraigo, con la condición del nómada: “Los que hemos decidido no tener domicilios / tenemos la ventaja de estar acostumbrados”.

Aunque la inmensa mayoría de los poemas apelan a la intimidad, a la comunión del sujeto con el mundo que deja atrás, con un mar omnipresente, mar separador y, a la vez, vínculo de hermanamiento entre pueblos, en Atenas está presente la crisis económica, la Grecia de los recortes interminables, de la pobreza y de la desesperación.  Esa nueva realidad, un manchón en la conciencia de Europa, irrumpe en los poemas unas veces de forma metafórica (“Hasta nuestro enemigo es de los nuestros”), otras de manera directa y descarnada.  Así ocurre en el poema “Limosna”, un texto en el que, como quien recorriera con una cámara de video las calles de Atenas, dibuja una geografía de la pobreza, una ciudad rota, irreconocible: “Atenas ya no existe. En su lugar / hoy hay otra ciudad que lleva el mismo nombre / pero ya no es la misma”. Esa “otra ciudad”, reverso de la que el poeta ha conocido en tiempos si no de opulencia sí de dignidad,  es dibujada  en el poema a través de una sucesión de imágenes sobre la  más humillante de las secuelas de la crisis: seres humanos (enfermos, tullidos, borrachos, niños, ancianos) pidiendo limosna.  Una Atenas irreconocible:  “Una ciudad fundada por los dioses, / castigada sin cielo por el único dios / que este siglo venera”.  Con ello, Piqueras nos ofrece, con intensidad,  la cara y la cruz de un mundo en despedida en el que no es difícil reconocerse.  

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