Sobre "Pavana del desasosiego", de Francisca Aguirre.

Recupero al crítica que publiqué en enero de 2000 en la revista literaria La Estafeta al libro de Francisca Aguirre Pavana del desasosiego. Creo que aquel libro marcó el comienzo del reconocimiento actual de las poeta alicantina.

Pavana del desasosiego.Francisca Aguirre.
77 páginas.
Torremozas. Madrid, 1999

Desde Itaca (1972), su primer libro, la poesía de Francisca Aguirre ha sido una honda, dolorida, lúcida y serena meditación sobre el paso del tiempo, sobre la memoria propia y, como deriva inevitable, sobre la memoria colectiva. Poeta coetánea, por edad, de los más jóvenes integrantes de lo que se ha venido a acuñar como Generación del 50, la circunstancia de que publicara su primer libro muy tardíamente —y coincidiendo con el momento de mayor auge del culturalismo novísimo— y el hecho de que tanto éste como los posteriores aparecieran en colecciones de muy limitada difusión, han determinado que su obra poética haya gozado de una atención restringida. 

Pavana del desasosiego es su quinto libro de poemas. Sucede a Ensayo general (1996), un perturbador volumen compuesto, en su casi totalidad, por sonetos, en el que la poeta, con un rigor extremo y desde planteamientos próximos a una visión existencialista de la vida ahondaba en las contradicciones y servidumbres de la relación amorosa, y en él se evidencian dos factores que hablan de la singularidad de la obra poética de Francisca Aguirre: de un lado, la persistencia de un mundo reconocible y compacto que ya estaba presente en su inaugural Itaca; de otro, la constatación de un proceso de ahondamiento respecto a entregas anteriores. Si bien ambas cualidades no definen de por sí la naturaleza de una obra poética ni establecen baremos de calidad, sí es preciso afirmar que todo poeta verdadero construye un mundo propio e identificable, desdeña lo prescindible y su obra evoluciona por ahondamiento (casi siempre en las claves y obsesiones que dieron lugar a sus primeras obras): desde Antonio Machado Eliot pasando por Lorca o Cernuda hasta los más proximos temporalmente como Claudio Rodríguez, Gamoneda o Diego Jesús Jiménez, tenemos sobrados ejemplos de esa dualidad mundo propio/proceso de ahondamiento. Francisca Aguirre es un exponente rotundo de esa dualidad: su Pavana es una muestra evidente de una poesía que huye de la dispersión, que evoluciona en la búsqueda del núcleo, de la médula de la existencia humana, de la existencia propia.

Con un lenguaje dotado de la difícil maleabilidad capaz de integrar los tonos coloquiales y la apuesta por la imaginación —algo que se evidencia con la presencia de no pocas imágenes con parentescos surrealistas: “el viento/ cuenta raras historias sumergidas”; “Marea del desierto, llama helada/ precipicio de un cielo subterráneo”—, la poeta transita las galerías de la memoria. Una memoria hecha con los objetos y espacios de lo cotidiano, con las viejas emociones, con los fantasmas de los personajes muertos que todavía —y para siempre— habitan el pasado y, a la vez, dan sentido al presente (“Mis queridos antiguos, mis lentos fundadores”) y crecida en una zona en claroscuro, en un lugar interior que es la casa en la que ha vivido la mayor parte de su vida pero que es también el territorio inabarcable de la existencia: es un París extraño y neblinoso, es una ciudad costera tan borrosa como llena de luz, son los paisajes leídos y los paisajes vividos.
No es fácil encontrar en el panorama poético actual un libro tan sólido, tan cargado de experiencia —entendida en su condición más profunda y poliédrica— y tan riguroso y unitario en su dimensión formal.

Un libro en el que cada poema es una puerta al misterio: no al hermetismo investido de misterio con que a veces se oculta la incapacidad para dar nuevo sentido al lenguaje, sino al misterio como lugar donde florece la incertidumbre, donde lo irracional cobra entidad en su relación con las zonas de racionalidad, donde lo fantasmal convive con la inmediato y reconocible. Acaso en esa amalgama residan las capacidades emotivas de Pavana del desasosiego y el poder de sugestión que el lector advierte con sólo iniciar la lectura de cualquiera de los 28 poemas que componen el libro. Un tono melancólico y, a la vez, interpelante. Una voz que se interroga a sí misma en una suerte de desdoblamiento (no otro parece ser el personaje que se oculta al otro lado de las preguntas que el yo lírico expresa en no pocos poemas: ese “tú de sombras”, ese “tú sin cielo y sin mar” del poema “Arrabal de penumbras”) y que interroga al mundo, a un mundo contradictorio, amado y cruel al mismo tiempo: “¿adónde vas, oráculo sin tiempo?/ ¿qué predicción reservas cuando ya no hay futuro?”. Una voz cargada de música interior y permeable al desconcierto, a la perplejidad  (“eso que no comprendes es tu historia”) que subyace en los hechos injustos e inexplicables: tal es el caso de la muerte, del vacío del padre, una extensa sombra que amenaza los momentos de felicidad y que se advierte como un sutil hilo conductor a lo largo de los poemas; o el de la pérdida del territorio de la infancia, un lugar donde, en una relación inestable, cohabitan el gozo y el sufrimiento y que Francisca Aguirre simboliza no pocas veces en el mar: “Pero el mar fue una vez toda la tierra”; “Quédate con el mar, que todo lo comprende”; o la precaria existencia de los desheredados, de las víctimas. De esa perplejidad sólo escapa el yo lírico en el espacio del amor y bajo el manto invisible y apaciguador de la música (Schubert, Brahms). Una escapatoria, en todo caso, parcial, efímera, pues por encima de todo —y por debajo— lo que prevalece es el desasosiego, la inseguridad, y una única certeza: el poema como espacio de perduración, como desafío al tiempo y a la nada. Como territorio de la incertidumbre en definitiva. 

Pavana del desasosiego confirma la intensidad y singularidad de la voz de Francisca Aguirre en el panorama poético de este fin de siglo. La escasa difusión de sus libros anteriores, la inexplicablemente limitada atención de la crítica a lo largo de los casi treinta años transcurridos desde la aparición de su primer libro y el hecho de que hoy sus libros anteriores sean inencontrables no hacen sino abonar el deseo, seguramente compartido por los amantes de la buena poesía, de que no tardando mucho sea reeditada toda su obra poética.

 Crítica publicada en enero de 2000 en La Estafeta. 

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