domingo, 21 de octubre de 2012

Nuevos destellos de un tiempo perdido: Antonio Ferres y su último poemario


Mi crítica al nuevo poemario de Antonio Ferres Los días iluminados. Una hermosa edición de la editorial Gadir que recupera, para los lectores de las últimas generaciones, una voz imprescindible de nuestra literatura de la segunda mitad del siglo XX. La crítica apareció el sábado, 20 de octubre, en Babelia/El País.
 
Antonio Ferres
La urraca y los días iluminados
Gadir. Madrid, 2012
98 págs.   
Antonio Ferres (Madrid, 1924) ha trazado, de manera sigilosa y en paralelo a su obra narrativa, una trayectoria poética singular, arraigada en las preocupaciones éticas y estéticas de su generación, la del medio siglo, y sustentada en el binomio memoria-experiencia. Ha sido, además, un poeta tardío que en poco más de una década ha enriquecido su bibliografía con cuatro poemarios: trece años separan el primero, La deslumbrada memoria (1998),  publicado en México, del breve, intenso y emotivo La urraca y los días iluminados que ahora llega a librerías.   
La poesía de Ferres tiene algo de filtro de las grandes obsesiones que han marcado su narrativa, desde la ya remota La piqueta (1959), reeditada hace poco más de un año, hasta el reciente El otro universo (2010). Niño de la guerra, residente en América entre 1964 y 1976, su poesía es un delicado espacio en el que se mezclan y, a la vez, dialogan el  mundo luminoso, entre lo imaginario y lo recordado, de antes de la guerra, y la desolación que sucedió a su final. Pero no es poesía social. Es una poesía en la que la mirada sobre lo colectivo (la guerra y la postguerra)  se proyecta desde la subjetividad, desde la experiencia más íntima de lo vivido y evocado. En La urraca y los días iluminados, Ferres se  recrea en la búsqueda de la felicidad perdida, en la evocación de instantáneas en las que, a partir de hechos trágicos, el sueño y la realidad se funden de un modo inquietante, inventan finales imposibles. Así, en  “El fusilado”: “He llegado a la tapia / donde he muerto joven // He llegado pensando / otra vida que existe en otra parte / en otra ciudad contigo / como en el portal fresco y callado / de tu casa”.  
La serenidad y  la reflexión ante la muerte se producen sobre  la ciudad evocada en sus zonas descosidas, donde, en los años de adolescencia y juventud, se mezclaba el descampado y las construcciones precarias, se refugiaba el amor y encontraban el paraíso los juegos más inocentes, el desconcierto ante una guerra incomprensible, y el amor y el erotismo desafiando lo establecido. Frente al recuento de infelicidades que  fuera “La desolada llanura”, título de uno de sus poemarios, este libro nos acerca al gozo pasajero (y evocado) convertido en poema y al recuerdo de un territorio en el que la utopía no había perdido la batalla a manos de la realidad: “Íbamos contentos / de suplantar  la marcha de la historia / la luz desvanecida / del día en que nacimos”.
La urraca y los días iluminados tiene, también, algo de homenaje a los olvidados de la generación del cincuenta: aquellos escritores que, por razones de diversa índole, no siempre literarias, quedaron en un segundo plano. No es casual que el poema que da título al libro esté dedicado “A Alfonso Grosso y a todos los escritores y escritoras muertos”.  Una huella que asoma, con un lirismo directo e inteligente, en les escenarios descritos en cada poema (“estábamos alegres  / mirando las ventanas del oeste / donde caía el sol / sobre los barrios miserables”) y en el recuerdo que  el paso del tiempo difumina: “la juventud es una extensa guerra / como en la cantada Troya / donde mueren tus compañeros uno a uno”.  Dicen que la poesía es el género cuyos mejores frutos se recogen en la juventud. No es el caso de Antonio Ferres.  Sus poemas, breves y transparentes, de sencilla dicción y gran carga emotiva, hablan de un poeta que conoce bien el terreno que transita. De un magnífico poeta.

jueves, 4 de octubre de 2012

José Vidal Cadellans y "Ballet para una infanta"

Entre 1999 y 2001, Esperanza Zamora y yo dirigimos, para Editorial Germanía, una colección de narrativa a la que dimos por nombre El umbral (nombre, por cierto que utilicé en mi novela La mujer muerta para una editorial ficticia). Fue una colección breve, con no más de cinco títulos, pero en la que aparecieron libros de una gran calidad. Entre ellos Ballet para una infanta, novela rescatada de la oscuridad a la que fue sometida por una historia literaria que siempre deja infustos espacios ocultos.  Hoy, incluso en aquella edición de Germanía, es inencontrable. Reproduzco aquí el prólo que escribí para aquella edición. 

José Vidal Cadellans nació en Barcelona en 1928 y murió en Igualada, en plena juventud, en 1960. Por fecha de nacimiento estaría adscrito a la generación de los niños de la guerra, al grueso de novelistas promotores de la estética neorrealista (Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, García Hortelano, los Goytisolo, Juan Marsé, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite entre otros). Sin embargo, no formó parte de esa corriente y toda su trayectoria literaria —extraordinariamente corta— evolucionó por un sendero al margen de las tendencias dominantes.  Aunque hoy es un autor completa e injustamente olvidado, no fue, en aquellos años, un escritor desconocido o marginal, puesto que su primera novela, No era de los nuestros, obtuvo el premio Nadal de 1958. Aquella novela, aunque tenía conexiones con cierta narrativa social, mostraba mayor grado de vinculación con una literatura existencialista y de corte confesional, muy en boga entonces, aunque desde un entendimiento heterodoxo, contestatario, del cristianismo. Pese a lo que podría deducirse de esa pretensión extraliteraria, Vidal Cadellans huye de la linealidad predominante en la época y pone en juego técnicas (como el perspectivismo múltiple) que dotan a esa novela de una complejidad nada desdeñable. No era de los nuestros fue la única obra que se publicó en vida de su autor.


Con carácter póstumo saldrían a la luz dos novelas que había terminado antes de la concesión del Nadal: Cuando amanece (1961) y Ballet para una infanta (1963). Si en la primera daba continuidad a la temática abordada en la que obtuvo el Premio Nadal planteando como insoluble la contradicción entre el apostolado de un sacerdote vocacional y la jerarquía eclesiástica, la segunda suponía la inauguración de un mundo narrativo perturbador, absolutamente extraño a la literatura del momento. Es, sin duda, su mejor obra. También la menos conocida. Y, desde luego, una obra desaparecida hace muchos años del mercado: si No era de los nuestros y Cuando amanece, publicadas en Destino, pueden todavía encontrarse en algunas librerías de fondo, Ballet para una infanta es, hoy, inencontrable incluso en esas librerías y muy difícil de localizar en bibliotecas.

Ciertamente, se trata de una novela infrecuente y fuera de época y de las tendencias dominantes en la España literaria de 1963. Si en sus dos novelas anteriores se advierte cierta vinculación con el existencialismo cristiano que impregnó parte de la novela europea tras la Segunda Guerra Mundial —Bernanos, Julien Green, Malraux—, en Ballet para una infanta el campo referencial hay que buscarlo en la matriz de la moderna literatura centroeuropea, en aquellos años muy poco frecuentada en los ámbitos crítico y creador de nuestro país. Se trata de una extraña y ambigua historia de amor protagonizada por el personaje-narrador, un joven intelectual llamado Félix, que se interroga acerca del modo de hacer realidad sus sueños de gloria, de salir de una existencia carente de sentido y, a la vez, huir, en compañía de su amada Herta, de su ciudad, una ciudad imaginaria regida por un sistema autoritario y sobre la que gravita la amenaza de una difusa conspiración llamada Curlandia.


Acaso sea ésta la primera novela española en la que el clima adquiere un protagonismo casi tan decisivo como los propios personajes y en la que el lector accede a un universo fronterizo entre la realidad y la ensoñación en el que todo parece flotar en la incertidumbre. A este respecto, Ignacio Soldevila, el único especialista que se ha ocupado de esta novela con cierta extensión, afirma: Ballet para una infanta es la primera novela española que se inscribe en la trayectoria novelística marcada por Kafka (...). Vidal Cadellans ha logrado crear una auténtica atmósfera kafkiana, pero distinguiéndose limpiamente de ésta por el empleo de una fina ironía que viene a rozar a veces con el humor del absurdo”. Esa mezcla entre atmósfera kafkiana y humor del absurdo confiere un tono muy singular a la novela: un lenguaje premeditadamente cercano a la terminología funcionarial y sustentado, a la vez, en frases largas, compuestas de yuxtaposiciones y subordinaciones (un estilo que, años después, leeríamos en  la obra de Juan Benet), en las que, casi siempre, sorprendemos inteligentes muestras de la ironía a la que Soldevila alude, tales como: “y Faust me confesó que en este sentido le interesaban algunas filosofías alemanas, mostrando gran desprecio por los filósofos rusos, de los que dijo que eran sólo charlatanes o falsos místicos, lo cual era mucho peor, ya que él rechaza al misticismo como fuente de conocimiento o de experiencia, relegándolo a la categoría de las enfermedades o desequilibrios del sistema nervioso”.

En relación con el lenguaje, el mismo Soldevila enfatiza en su extrema singularidad en los siguientes términos: “La novela de Cadellans da literalmente la impresión a veces de un relato traducido, a fuerza de presentarnos una creación tan por completo ajena a nuestra tradición literaria que el menor sintagma inhabitual al castellano literario hace inmediatamente pensar en un “defecto de traducción””.    

A la existencia de poderosos vínculos con los imaginarios que construyó Franz Kafka habría que añadir cierta sintonía con la respiración de fondo de una novela de otro autor centroeuropeo: No soy Stiller, de Max Frisch —publicada en España, curiosamente, por Seix Barral en 1958, año en el que se presume que fue escrita Ballet para una infanta—, novela en la que el problema de la identidad y su realización a través del arte tiene un protagonismo destacado.

El lector de la novela de Vidal Cadellans deambula con el narrador por una ciudad portuaria en claroscuro en la que los contornos se difuminan y en la que sólo brilla, como una aparición o como un sueño, una casona alzada en medio de un extenso jardín rodeado de verjas y con las ventanas iluminadas contra la noche. El palacio, así, se constituye en una hermosa metáfora de los sueños imposibles del protagonista y en el reverso de Curlandia, una ciudad que es y no es Barcelona y que es, a la vez, un trasunto de las ciudades centroeuropeas que tantas veces hemos visitado a través de la literatura, ciudades sumidas entre la bruma de un otoño interminable, con sus cafés literarios y sus callejas de siglos y sus muelles nocturnos bajo la lluvia. En su deambular por las calles de Curlandia, Félix se encuentra con diversos y extraños personajes con los que dialoga acerca de los grandes enigmas de la existencia como el paso del tiempo, la vida y la muerte, el poder, y, sobre todo, reflexiona sobre un “antiguo estado de dignidad perdida”, condición sólo restituible no en el presente, sino en un necesario “estado de dignidad futura”.

Ese paseo por la ciudad y por su presente no podía culminar en otro lugar que en el de la derrota de los sueños de gloria y en el de la imposibilidad de la huida junto a Herta. “No podía saber nada. Todo no era otra cosa que un extravagante capricho, un ballet representado por un grupo de bufones o de locos para distracción de una infanta melancólica y enferma, a la cual el ballet no le importaba nada. Me quedé en silencio, con los vestidos desgarrados, temblando de frío, de pie sobre las podridas maderas del muelle, frente a la pavorosa oscuridad del río, expulsado del reino para siempre”. Así termina Ballet para una infanta.

Que a la altura de 1958 Vidal Cadellans, con sólo treinta años, tuviera terminada una novela de estas características no sólo pone de relieve su talento —y la tragedia de su prematura muerte—, sino también su anticipación a la renovación que viviría la narrativa española a lo largo de los años sesenta y, más allá, en la década de los ochenta —Vila Matas, Azúa, Marías, Molina Foix—.

Hoy, José Vidal Cadellans no goza siquiera de la condición de raro. Tampoco de la de escritor marginal en el sentido convencional de la palabra. Es, simplemente, un perfecto desconocido. El hecho de que sólo se aluda a su obra, con cierta extensión, en la referida historia de Soldevila y de que su mejor y más innovadora novela no sea mencionada por los escasos especialistas que lo citan de pasada en sus estudios sobre narrativa contemporánea (Corrales Egea, Juan Ignacio Ferreras o Gonzalo Sobejano) pone de manifiesto un vacío poco explicable. Nunca es tarde para los rescates. Hoy, cuando los editores pugnan por encontrar la ultimísima aportación narrativa de la más joven promesa del presente, no vendría mal recapitular sobre la obra de este escritor olvidado que murió a los 32 años y que nos dejó, oculta entre la fronda de las tendencias dominantes en el medio siglo, esta  desasosegadora muestra de otra narrativa. Germanía lo hace en la forma que corresponde a una editorial: poniéndola de nuevo a disposición de los lectores de las nuevas generaciones en la certeza de que recuperamos un texto muy alejado de nuestra tradición literaria y cuyas raíces hay que buscar en una literatura existencialista que tiene como antecedente más visible a Kafka y que no parece ajena a trayectorias que han buceado en el lado oscuro de la realidad (Conrad, Onetti) o en la crisis de identidad del hombre frente a una sociedad hostil (Musil, Camus, Frisch).     
 



[1] . Prólogo a Ballet para una infanta. Colección El Umbral. Valencia. Germanía, 2000.