domingo, 6 de mayo de 2012

Refugio en el hotel sin nombre. Reseña a "Canción en blanco", de Álvaro García


Álvaro García
Canción en blanco
XXIV Premio Fundación Loewe
61 págs.
Visor. Madrid, 2012


En 1999, con Para lo que no existe, Álvaro García cerraba el primer ciclo de su trayectoria poética, un ciclo del que formaban parte los poemarios La noche junto al álbum (1989) e Intemperie (1995). En aquellos libros, Álvaro García partía de una poesía realista, de base figurativa, para adentrarse, de manera sutil, en el misterio, como si los contornos de lo reconocible se difuminaran. Canción en blanco cierra, así mismo, otro ciclo: el iniciado con Caída (2002) y que prosiguió El río de agua (2005). Se trata de una trilogía con dos rasgos diferenciadores respecto a los primeros títulos: de una parte, Álvaro García ha avanzado en el terreno de lo metafísico, alejándose casi del todo del tratamiento realista e internándose en las zonas borrosas apuntadas en aquéllos (“las cosas lentamente se evaden de su cerco”), y, de otra, ha optado por el largo poema o por el libro-poema. A partir de una estructura narrativa –la estancia de una pareja en la habitación de un hotel de una ciudad innominada a la que acompaña un televisor encendido–, el poeta despliega una extensa reflexión sobre los límites de la vida y de la creación (“Te gusta que este cuarto / coincida con un libro”, escribe) con un hilo conductor basado en la relación amorosa, en el erotismo: una suerte de refugio frente a las inclemencias del mundo, un forma de búsqueda de lo instintivo, de lo originario y telúrico. Pero esas inclemencias acaban colándose por la pantalla del televisor como metáforas de la globalización. También de la crueldad extrema: la invasión de un país en el que el lector reconoce una guerra reciente y próxima. En la habitación (en la real y en la imaginaria), el poeta recuerda, dibuja imágenes imprevistas, hace suyo el pasado de la amada (“Querernos siempre o más: hacia el pasado: / hablar en la infancia uno del otro”) y, de vez en vez, otea la ciudad al otro lado del ventanal: una ciudad borrosa, con las luces encendidas contra la noche, por la que vagan seres anónimos que la oscuridad convierte en bultos de sombra.
El poeta pretende atrapar el momento, convertir en eternidad las horas pasadas en ese hotel sin nombre, eludir la muerte (“Opongo eternidad, no opongo dioses / a la tiniebla fría de morir”). La opción por el poema largo y sin estructura capitular, a leer casi de una sentada, no es demasiado frecuente en la tradición de la poesía en castellano. Octavio Paz, un hoy olvidado José Luis Prado Nogueira (Miserere en la tumba de R. N.), el Claudio Rodríguez de Don de la ebriedad, entre otros (muy pocos) podrían ser precedentes desde el punto de vista estructural aunque estética y temáticamente estén muy alejados del libro de Álvaro García. No es por casualidad: no es fácil mantener, en tan largas distancias, la tensión emocional que la poesía requiere. Siempre es una opción arriesgada. El poeta malagueño ha asumido, en la trilogía que cierra este Canción en blanco, ese riesgo. Y lo ha salvado con nota.

Publicado en Babelia. El País. Sábado, 5 de mayo de 2012

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