Mi crítica al nuevo poemario de Antonio Ferres Los días iluminados. Una hermosa edición de la editorial Gadir que recupera, para los lectores de las últimas generaciones, una voz imprescindible de nuestra literatura de la segunda mitad del siglo XX. La crítica apareció el sábado, 20 de octubre, en Babelia/El País.
Antonio Ferres
La urraca y los
días iluminados
Gadir. Madrid,
2012
98 págs.
Antonio
Ferres (Madrid, 1924) ha trazado, de manera sigilosa y en paralelo a su obra
narrativa, una trayectoria poética singular, arraigada en las preocupaciones
éticas y estéticas de su generación, la del medio siglo, y sustentada en el
binomio memoria-experiencia. Ha sido, además, un poeta tardío que en poco más
de una década ha enriquecido su bibliografía con cuatro poemarios: trece años
separan el primero, La deslumbrada
memoria (1998), publicado en México,
del breve, intenso y emotivo La urraca y
los días iluminados que ahora llega a librerías.
La
poesía de Ferres tiene algo de filtro de las grandes obsesiones que han marcado
su narrativa, desde la ya remota La
piqueta (1959), reeditada hace poco más de un año, hasta el reciente El otro universo (2010). Niño de la
guerra, residente en América entre 1964 y 1976, su poesía es un delicado
espacio en el que se mezclan y, a la vez, dialogan el mundo luminoso, entre lo imaginario y lo
recordado, de antes de la guerra, y la desolación que sucedió a su final. Pero
no es poesía social. Es una poesía en la que la mirada sobre lo colectivo (la
guerra y la postguerra) se proyecta
desde la subjetividad, desde la experiencia más íntima de lo vivido y evocado.
En La urraca y los días iluminados,
Ferres se recrea en la búsqueda de la
felicidad perdida, en la evocación de instantáneas en las que, a partir de
hechos trágicos, el sueño y la realidad se funden de un modo inquietante,
inventan finales imposibles. Así, en “El
fusilado”: “He llegado a la tapia / donde he muerto joven // He llegado
pensando / otra vida que existe en otra parte / en otra ciudad contigo / como
en el portal fresco y callado / de tu casa”.
La
serenidad y la reflexión ante la muerte
se producen sobre la ciudad evocada en
sus zonas descosidas, donde, en los años de adolescencia y juventud, se
mezclaba el descampado y las construcciones precarias, se refugiaba el amor y
encontraban el paraíso los juegos más inocentes, el desconcierto ante una
guerra incomprensible, y el amor y el erotismo desafiando lo establecido.
Frente al recuento de infelicidades que
fuera “La desolada llanura”, título de uno de sus poemarios, este libro
nos acerca al gozo pasajero (y evocado) convertido en poema y al recuerdo de un
territorio en el que la utopía no había perdido la batalla a manos de la realidad:
“Íbamos contentos / de suplantar la
marcha de la historia / la luz desvanecida / del día en que nacimos”.
La urraca y los días iluminados tiene, también, algo de
homenaje a los olvidados de la generación del cincuenta: aquellos escritores
que, por razones de diversa índole, no siempre literarias, quedaron en un
segundo plano. No es casual que el poema que da título al libro esté dedicado
“A Alfonso Grosso y a todos los escritores y escritoras muertos”. Una huella que asoma, con un lirismo directo
e inteligente, en les escenarios descritos en cada poema (“estábamos
alegres / mirando las ventanas del oeste
/ donde caía el sol / sobre los barrios miserables”) y en el recuerdo que el paso del tiempo difumina: “la juventud es
una extensa guerra / como en la cantada Troya / donde mueren tus compañeros uno
a uno”. Dicen que la poesía es el género
cuyos mejores frutos se recogen en la juventud. No es el caso de Antonio
Ferres. Sus poemas, breves y
transparentes, de sencilla dicción y gran carga emotiva, hablan de un poeta que
conoce bien el terreno que transita. De un magnífico poeta.
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