sábado, 15 de septiembre de 2012

La vanguardia en tiempo de crisis: Fernández Mallo y sus dos últimos libros.

Agustín Fernández Mallo, impulsor de una estética basada en el protagonismo de la realidad virtual que nos ofrece Internet, las tecnologías de la información  y la sociedad de consumo, está de nuevo en los escaparates. No con narrativa, sino con poesía. Mi crítica a sus dos últimas publicaciones.


Agustín Fernández Mallo
Antibiótico.
Agustín Fernández Mallo
Visor. Madrid, 2012
Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus
Alfaguara. Madrid, 2012

Dos libros, recientemente editados, de Agustín Fernández Mallo dan cuenta de su labor poética:  Antibiótico, su obra más reciente, y  su primer libro, Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, aparecido en 2001 en un sello casi marginal  y ahora reeditado. Estamos ante la plasmación, en el ámbito de la ficción literaria, de dos reclusiones. Antibiótico, según nos cuenta el autor en el epílogo, fue escrito en el aislamiento premeditado, durante dos semanas, en una aldea de la montaña  leonesa vinculada a su infancia. La de su primer libro es la que se deriva del propio texto: el sujeto poético se encierra en el hotel de una isla mediterránea para evocar, en diálogo con un muñeco colgado de la puerta del WC, un amor roto.  Ambos encierros dan lugar a una doble muestra de postpoesía o de literatura mutante de acuerdo con los principios teóricos del autor  Antibiótico puede leerse como una sucesión de fotogramas,  de “pantallazos”, de enlaces o links, de widgets, de reflexiones fugaces, de impresiones, de imágenes gráficas, de fórmulas científicas, de destellos de la memoria cultural y de referencias a la muerte: una suerte de mosaico en movimiento que podría ser el equivalente a una sesión de Internet mantenida durante algunas horas y expresada mediante un lenguaje poético próximo al irracionalismo. La experiencia del aislamiento apenas es visible en el texto. Y cuando lo es, se muestra el filo de un descreimiento acentuado: “todo me aburre, no leo, no escucho música, no hablo de nada, me veo cerrando compuertas en beneficio de este poema sin más influencia que toda esta quincalla que palabra a palabra vengo acumulando”.  Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del  Tractatus está más cerca del poema en prosa convencional aunque no deja de ser deudor del fragmentarismo  en que se basa la poética de Fernández Mallo (de “fotografías verbales” habla Eduardo Moga en el prólogo de 2001, recogido ahora al final del volumen) y de la concepción finalista del lenguaje de Wittgenstein. Se advierte, quizá, un más denso sustrato emotivo y menos artificio “paratecnológico”.


 En el fondo, ambos  libros conforman un continuo textual con sus obras en prosa y en los dos se constata una lectura de la realidad condicionada por una experiencia ilusoria: que la cibernética y la sociedad de consumo  propician un mundo nuevo en el que el caos prevalece y al que sólo se puede acceder mediante la deconstrucción del texto literario. Es decir, la poesía como reflejo deforme de ese caos. No se trata del poema como espacio que ordene el mundo, que ofrezca al lector una nueva lógica, una síntesis superadora  que emocione y aporte un sentido nuevo, sea revelación más allá de la palabra. Fernández Mallo lo recorre de manera capilar, y  lo hace sin otro sentido último que el propio lenguaje. De ese modo, la palabra circula, constata, recobra, en ocasiones descubre y destella, pero se mantiene siempre un una superficie en la que el factor emocional y lo meditativo apenas afloran.  Escritura automática, surrealismo, vuelta a fórmulas utilizadas por las vanguardias, desde las de entreguerras hasta las que, caldo de cultivo de la contracultura, afloraron en la década de los sesenta pasando por la greguería convenientemente actualizada: “La infancia es un átomo / que emite la partícula © hasta que morimos”. Es más una geografía de las impresiones que de las emociones: tiene algo de macluhanianismo poético: el medio es el mensaje, lo esencial es el soporte que proyecta una visión del universo que es mezcla desordenada de sus partes.  Fernández Mallo  ha señalado que esa estética es la que se corresponde con la sociedad de la información del siglo XXI.  No parece muy acorde con la realidad: Juan Gelman, por ejemplo, poeta de hoy para quien el concepto poesía es ajeno a la prolijidad mutante (“la poesía es el lugar más calcinado del idioma”, escribió)  habla de y al ser humano del nuevo siglo y de cualquier edad, de sus zozobras, de sus sentimientos y de sus más hondas incertidumbres con una eficacia y una profundidad  tan o más contemporáneas que las que devienen del nuevo paradigma tecnológico.

 En cualquier caso, los dos poemarios de Fernández Mallo son dos aportaciones a tener en cuenta en el ámbito de las poéticas de vanguardia no de hoy, sino de cualquier época.   
(Publicado en Babelia. El País. Sábado, 15 de septiembre de 2012)

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