lunes, 6 de febrero de 2012

Espacio para el conocimiento y la emoción: Julia Uceda

Zona desconocida
Julia Uceda
Vandalia / Fundación José Manuel Lara
Sevilla, 2007
104 páginas.

Julia Uceda. Del blog de Angélica Tanarro
Con un ajustado ensayo de Miguel García-Posada como cierre, Zona desconocida se compone de veintiocho poemas que han sido escritos, según nos informa el propio García-Posada, entre 1995 y 2006. Es decir, a lo largo de la última década. Ocho fueron publicados, como inéditos en libro, en En el viento, hacia el mar (1959-2002) y tres son nuevas versiones de poemas procedentes de libros anteriores.

Con Zona desconocida, Uceda asume, desde el propio título, un desafío esencial: indagar en los espacios misteriosos de la existencia. Pero no a través de la meditación en abstracto, sino de la búsqueda de los vínculos que establece con la realidad: con la que evoluciona al calor de los actos cotidianos y con la que forma parte de los hechos colectivos, de la Historia. Es decir, metafísica condicionada por la emoción que procede de la vida. En sus páginas se agitan la realidad y los sueños, lo vivido y recordado y el presente, las pesadillas y las lecturas, la vida (cuyo esplendor está en la infancia y en la juventud) y la muerte, que tiene nombres propios (José Hierro, Alfonso Jiménez) o se encarna en el anonimato de los caídos de todas las guerras.

El libro se estructura en tres apartados: En las preguntas, De los senderos y De la blancura. En el primero, la poeta establece la duda al contemplar acontecimientos recordados borrosamente con la intención de reconstruirlos (o imaginarlos) en el territorio del poema. Esa parte del libro descansa, ante todo, en la memoria. Una memoria que es vecina de la muerte y en la que los paisajes vividos, desde el hogar de la infancia de “¿Dónde la casa?” hasta la ciudad que paseó con el amigo de otro tiempo de “La dama extraña II”, aparecen siempre sombreados por la noticia de la muerte, de la desaparición inevitable. Desde esa perspectiva, el poema salva y restituye y convierte lo desconocido en espacio de conocimiento en el que lo racional y lo irracional conviven. El tono interrogativo con que Uceda intensifica determinados versos ilustra acerca de la inseguridad del sujeto poético: “¿Qué frío establecía la distancia / entre palabra y corazón?”; “¿qué palabras se rompen en cristales?”.

La segunda parte, De los senderos, viene a prolongar el pulso rememorativo del apartado anterior. Con una diferencia: refuerza los elementos que proceden de la intimidad. La memoria ya no parte de las presencias ajenas, de los muertos cercanos y amigos, sino de la propia experiencia de la edad, del paso de los años, todo ello asumido por el sujeto en primera persona, como protagonista. El sendero, como en los versos de Machado que abren el capítulo, “se enturbia y desaparece”. Fue luz, claridad por un instante, pero acabó, como la vida, perdiendo entidad, difuminándose: “Y la que fui salía de aquel tiempo / donde quien fuiste ya no estaba”.

El horror  que produce la guerra se refleja, paradójicamente, en el símbolo que la niega. La blancura, que es paz, que es tregua o pacto, que es convivencia, abre, dándole título, el capítulo final (De la blancura) y es, a la vez, alegato contra el crimen, compasión con los vencidos, y un sutil y afilado recorrido por la historia, dando un énfasis especial a los efectos desoladores de dos guerras: la de Irak, en un estremecedor poema escrito desde el punto de vista de soldados y víctimas ; nuestra Guerra Civil (en “Regresa el pálido caballo”), desde la conciencia de una memoria enterrada: “Los otros, cenizas nunca redimidas, / divertirán a fugaces viajeros”.

El lenguaje de Julia Uceda es preciso, lleno de iluminaciones pero no hermético: su complejidad, sustentada en un ritmo de dicción endecasilábica, brillante y casi conversacional a la vez, refuerza la singularidad de su opción poética (en la raíz están Machado, Bécquer, Hidalgo, Rexroth). No de otra forma podría abordar con acierto una poesía que se mueve en la siempre difícil frontera donde los real y lo no real, lo imaginado y lo evocado, lo vivido y lo soñado, conviven y se interrelacionan. Un libro intenso, conmovedor, hondo.

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