domingo, 27 de noviembre de 2011

El pulso existencial de un poeta periférico: José María Millares Sall

José María Millares Sall
Liverpool
67 págs
Calambur. Madrid, 2008
Cuadernos 2000-2009
234 págs.
Calambur. Madrid, 2009

José María Millares Sall (Las Palmas, 1921-2009), hermano del también poeta Agustín Millares y del pintor informalista Manolo Millares, fue, hasta el otoño de 2008, un poeta casi desconocido fuera de Canarias, una condición que se ha atenuado en el año y medio posterior. En ese tiempo, en el que acompañó su lucha contra la enfermedad y la muerte (falleció en el verano de 2009) con la selección y ordenación de sus poemas últimos, el lector ha podido acceder a dos de sus obras de mayor calado. De un lado, a Liverpool, el poemario con el que se dio a conocer en 1949; de otro, a Cuadernos, la colección en que trabajó hasta poco antes de su muerte. Principio y final de una trayectoria heterodoxa, forjada en la periferia geográfica de España y en la periferia de la  poesía más convencional. Millares es un raro que, a lo largo de 60 años, ha forjado una obra extraña de la que son una muestra viva ambos libros. Liverpool es un texto anacrónico con la época en que vio la luz. En él, el poeta desafía, a la vez, al formalismo clasicista dominante entonces y a la poesía social más plana. Consta de 6 poemas cargados de imágenes en los que el pulso existencial, la visión de un mundo oscuro y atribulado se traduce en un lenguaje próximo al surrealismo pero con fuertes tintes expresionistas, de una dureza controlada: “Por favor, abridme paso, dejadme cruzar ese túnel de plomo, / que quiero ser el primero en llegar con mi sangre a los muelles de Liverpool”. Los dos primeros poemas, el que da título al conjunto y “Hong-Kong” nos internan en el universo de bruma de dos puertos representativos del encuentro de culturas e intereses en los más duros años de nuestra posguerra (y de la posguerra europea). Los cuatro restantes sitúan al hombre (“a vosotros me dirijo, pobres aeronautas de la rutina”) ante el mundo en cuatro horas distintas de un día y refuerzan el trasfondo existencial del conjunto dotándolo de una perdurabilidad inquietante: hoy, más de medio siglo después de su publicación, Liverpool es un libro fresco, vivo, de una modernidad radical.

Ese trasfondo iniciático se adensará a lo largo de su obra hasta alcanzar su mayor grado de madurez e intensidad en Cuadernos, una selección de poemas procedentes de las numerosas “Celdas” (así titulaba sus series de apuntes poéticos) en las que en la última década de su vida los fue integrando y escritos al dictado de una conciencia angustiada y de las emociones generadas por el propio texto: “una escritura directa cuyo desarrollo se busca haciéndose y se hace mientras se busca”, afirma en el prólogo. El sueño, la enfermedad, la realidad huidiza y, a la vez, injusta, el amor, la vejez y la ruina, los sueños y las pesadillas alientan en unos textos breves, sin signos de puntuación pero de una musicalidad bien articulada y basados en un irracionalismo lleno de ventanas a la lucidez y de azogues visionarios. Estamos ante dos magníficos libros que ponen de relieve que no siempre la gran poesía se mueve en los circuitos más conocidos y consolidados.  

lunes, 7 de noviembre de 2011

"Al otro lado de la puerta trasera". Crítica a Estuario, de Tomás Segovia

Mi critica reciente al último libro de Tomás Segovia. Apareció el 14 de mayo de este año en Babelia, de El País.


Estuario
Tomás Segovia
Pre-Textos. Valencia, 2011
111 págs.

El símil de ecos manriqueños —estuario— que da título al último libro de Tomás Segovia (de Jorge Manrique es la cita que lo abre: “Nuestras vidas son los ríos…”) es una confirmación de la raíz experiencial de su poesía. El propio Segovia lo ha dicho más de una vez: “Para mí, la poesía es un vaso comunicante con todo el resto de la vida, cualquier parte de ésta puede dar entrada al poema”, llegó a afirmar en 2005, al poco de recibir el premio Juan Rulfo. Desde esa perspectiva, hay una coincidencia con los poetas de la generación del cincuenta. De algún modo, es el verso suelto de esa promoción poética. Comparte, por fecha de nacimiento, su condición de niño de la guerra, pero se distancia de aquéllos, precisamente, en la apuesta estética. El exilio y su formación literaria, en un ecosistema cultural muy diferente al de la España de postguerra en que se forman los “poetas del interior”, hace de su poesía un universo lleno de intensidad lírica en el que los azogues existenciales aparecen fundidos con el afán de investigación en la palabra y alejados de experiencias directamente reconocibles, de perfil realista. Estuario representa la “entrada al poema”, dicho sea con la formulación del propio Segovia, de la edad de la conciencia del tiempo sobrante, de la etapa del recuento, de la  recapitulación . Es un libro denso que se despliega a lo largo de seis apartados en los que la vida, las distintas vertientes de lo cotidiano, de la memoria y de la relación del poeta con el entorno y con los otros cobran un protagonismo sutil, quintaesenciado, como si cada poema, más allá de la anécdota originaria, ahondara en su trastienda, en sus zonas más misteriosas: “Lo que habita detrás de la puerta trasera / Era y no lo sabíamos lo suficiente”. Tal vez la intención de Tomás Segovia al escribir Estuario no haya sido otra que indagar, con el lenguaje, en lo que habita en esa otra dimensión. El gozo de vivir, la iluminación de algunas zonas del pasado, especialmente de la infancia (“Salir a cualquier hora / Era siempre salir a la gran plaza”), la reflexión sobre el poema y sobre sus vínculos con la vida, son territorios que Segovia ensambla con su pasión, casi desde el origen, por la palabra poética, por lo que él mismo llama “lo indecible”, y con la reflexión sobre el sentido de la existencia desde la perspectiva de la vejez (desde el “otoño”). Ambas tensiones conviven con la aspiración a un mundo diferente, más racional y más justo (“Lúcidamente sé en la mañana mía / Que tener domicilio en un mundo vivible / Es tener domicilio también en la verdad”). El libro se cierra con un poema-homenaje a Ramón Gaya en el que Segovia juega con la perspectiva y con el diálogo, en segunda y tercera persona indistintamente, con el poeta y dibujante desaparecido hasta unificar alientos para alcanzar, en la ficción, el discurso compartido. Un colofón emocionado e intenso a un libro a la altura del mejor Tomás Segovia.