jueves, 21 de julio de 2011

Un mundo lírico unitario y misterioso: Ana María Navales

El 11 de marzo de 2009 (han pasado más de dos años, se dice pronto) falleció Ana María Navales, toda una institución poética en Aragón y gran amiga de todos noaotros. A principios de 1999 publiqué en Babelia la crítica a su antología Mar de fondo. Abajo podéis leerla.

Mar de fondo (Poesía 1978-1998)
Ana María Navales.
Colección de Poesía “Juan Ramón Jiménez”.
Huelva, 1998.
No es fácil desarrollar a lo largo de veinte años y al margen de tendencias y corrientes, una obra poética que responda sólo a las exigencias de un mundo interior complejo y atenazado por las grandes incertidumbres de la existencia: el amor, la muerte, la memoria. Tampoco lo es que esa obra se sustente en una opción estética homogénea, basada en una combinación equilibrada de elementos clásicos e incrustaciones y derivas surrealistas. Mar de fondo, la antología con la que Ana María Navales ofrece al lector el itinerario poético recorrido a lo largo de seis libros publicados entre 1978 y 1997 y una colección de poemas inéditos pertenecientes al libro -también inédito- Escrito en el silencio, es una acabada muestra de esa doble opción, mantenida con una perseverancia poco frecuente en el panorama de nuestra poesía.
Estamos, por tanto, ante una obra de una singularidad extrema: es imposible adscribirla a tendencia alguna. Los libros antologados en Mar de fondo han aparecido en un dilatado período en el que la poesía española se ha visto sometida a grandes convulsiones. En 1978 y 1979, cuando Ana María Navales publica respectivamente Del fuego secreto y Mester de amor, la poesía española vivía todavía abrumada por las epigonías que sucedieron al boom novísimo. Ambos libros, sin embargo, procedían de otro universo y se dirigían a otro lugar. En 1981 y 1983, cuando aparecen Los espías de Sísifo y Nueva, vieja estancia, el agotamiento de la estética novísima era un hecho y daba paso a la recuperación de ciertas claves realistas procedentes de la Generación del 50. Uno y otro libro ahondaban, sin embargo, en la búsqueda en otro lugar Cuando, en 1989 y 1993 se publican Los labios de la luna y Hallarás otro mar, el predominio de la llamada poesía de la experiencia y la pugna con otras corrientes prevalecían por encima del esfuerzo individual y de los lo logros poéticos de algunos -muy pocos- autores ajenos a la adscripción grupal. Los dos libros de Ana María Navales proseguían, con terquedad, en la indagación en otro lugar.

¿De qué territorio procede entonces su poesía? De la sima donde el hombres se pregunta por el sentido de su propia existencia. ¿Hacia qué lugar se dirigía y se dirige? Hacia las zonas ocultas de la realidad, hacia el universo de lo inefable, sólo traducible en términos de discurso poético. El amor, la muerte, la memoria, la naturaleza, la propia relación del creador con la poesía son, en consecuencia, los ingredientes que constituyen la columna vertebral de la poesía de Ana María Navales, un hilo conductor que mantiene una tensión sin altibajos desde Del fuego secreto, su primer libro, hasta los textos del inédito Escrito en el silencio. En ese sentido, Mar de fondo pone de relieve la posesión de un mundo compacto, no disperso, y la evolución de la obra no en una trayectoria lineal de la que salen múltiples caminos, sino en espiral, en un proceso de acercamiento a la interioridad más radical del sujeto lírico. Desde esa perspectiva, la antología de Ana María Navales transmite al lector una sensación inequívoca: la de estar no ante una agregación de poemas de distintos libros, sino ante un libro de poemas dotado de unicidad.

“Lo que la vida oculta/ se busca de mil maneras/ en los claros de la selva,/ en la pereza de las palabras/ que quisiéramos iluminadas/ como las horas del sol”, escribe Ana María Navales en el poema LXXI de Mar de fondo (perteneciente a Escrito en el silencio). En ese fragmento se sintetiza la respiración interna de su poesía: no se trata de recrear la realidad, tampoco de reproducirla, ni siquiera de tamizarla con la propia experiencia, sino de crear una realidad nueva, inexplicable desde el punto de vista de lo racional pero, a la vez, con capacidad para mostrarnos destellos de la realidad que vivimos y, sobre todo, esbozos de nuestras más profundas incertidumbres, de aquellas obsesiones que, a lo largo de los siglos, han hecho de los hombres seres desvalidos y mortales. Conjurar el paso del tiempo, desafiar a la muerte, inmortalizar momentos, sentimientos y percepciones que yacían ocultos en el hondón de la memoria, descubrir el temblor oculto que respira en un atardecer, en un paisaje contemplado desde una ventana... Tales son los afanes que presiden cada poema de Mar de fondo.

Estamos, por tanto, ante una poesía introspectiva (“sólo queda el regreso a tu infierno mudo”) en la que el lenguaje se carga de un sentido unívoco que no es otro que buscar el misterio y en la que cada verso es, inevitablemente, una puerta a la meditación acerca de la imposibilidad de esa búsqueda en otro lugar que no sea el que tejen las palabras, el que configura el propio poema y su emoción subyacente: “Y ahora navego hacia un país de tesoros que nunca brillan en la mano del hombre”. Ahí, en el poema, está la salvación, parece decirnos Ana María Navales en cada uno de los textos.

Esa obsesión -que, por otro lado, está presente con distinta intensidad en toda poesía- aparece, con una madurez inquietante, en Del fuego secreto, su primer libro, en el que la palabra “interroga al tiempo a quien se entrega/ como un débil junco junto al río”, y perdura en sus libros posteriores como una suerte de bastón sobre el que apoyar la conciencia de lo efímero.

Mar de fondo es también la expresión de una mirada escéptica hacia la realidad. El yo poético, pese a su tenaz indagación en sus fantasmas interiores, no es inmune al mundo y a sus exigencias. Es consciente de su condición de ser social, pero lo es de un modo lúcido y sutil: sabe de la escasa utilidad del poema para cambiarlo pero, a la vez, utiliza los resortes que le brinda el lenguaje para intentar explicarlo. El mundo llega al sujeto lírico a través de vías indirectas que implícitamente aluden a la introspección: a través de una ventana, filtrado por la niebla o la lluvia, bajo la precaria luz del crepúsculo, desde la atalaya huidiza de una isla, en la imagen reflejada en el agua, a través de la lente deforme de la memoria. Ana María Navales delimita, así, el lugar desde el que proyecta la mirada, un lugar que, casi siempre, es una habitación, es la casa, es el cuarto de un hotel, metáforas de la interioridad que tienen una presencia constante en todos sus poemarios: allí están los objetos queridos, cargados de cotidianidad y de memoria, los libros, los recuerdos, los muebles, todo aquello que da sentido y entidad al discurrir de la vida. Todos esos elementos matizan y condicionan la mirada hacia la realidad, la condición de ser social del poeta, aunque no le resten un ápice de lucidez para interpretarla: “Para algunos la historia era un paisaje con atardeceres/ de injusticia y el alma se abrasaba ya con el sol/ que habría de venir. Hoy el desencanto convive/ con la vejez y el frío de los huesos”. Ese poso de decepción conduce a la construcción de otra realidad: la que bulle en el precipitado de sueños, de experiencias lectoras, de instantáneas de amor, de paisajes vividos, de retazos de memoria en que, con el paso del tiempo, se convierte el poeta. De ese mundo íntimo e intransferible surgirán las preguntas, y el miedo, y la pulsión última que le lleva a refugiarse en la palabra y a utilizarla como arma contra la devastación del tiempo y de la muerte buscando ese lugar misterioso, situado “más allá de las olas y los siglos”.

Poesía introspectiva y extraña cuyos logros residen en la utilización de un lenguaje enormemente rico en el que los ecos de una tradición que hunde sus raíces en la poesía mística se amalgaman con destellos de irracionalismo de corte surrealista, con apoyaturas procedentes del simbolismo y con imágenes de una sutilísima y contenida textura barroca, una mezcla con la que logra enlazar dos mundos: el de una cotidianidad herida por la ternura y el de un universo imaginario no desprovisto de belleza y de una turbadora conciencia de fugacidad. Opciones que se formalizan las más de las veces con un verso fluido de metros cortos, sin rima, y otras a través de versículos que aproximan el texto al poema en prosa (especialmente en Hallarás otro mar). No de otro modo podría Ana María Navales afrontar la dilatada búsqueda de lo inefable que iniciara con Del fuego secreto en 1978 y en la que persevera en Escrito en el silencio.

Mar de fondo es una antología, sí. Pero es también algo más: el libro síntesis de una trayectoria poética repleta de significados e iluminaciones, de una trayectoria al margen, sustentada en un mundo propio y sin parentescos en la realidad lírica de este fin de siglo. Algo hoy imprescindible y, por ello, necesario. Para la poesía y, más allá, para la salud de nuestra literatura.