lunes, 28 de marzo de 2011

Todo Oliverio Girondo

Poesía. Obra Completa.
Oliverio Girondo.
edición crítica coordinada por Raúl Antelo. liminar
de Arturo Carrera.
galaxia gutenberg. círculo de lectores. barcelona, 1999
798 páginas. 

Martín Fierro se encuentra más a gusto en un transatlántico moderno que en un palacio renacentista, y sostiene que un buen Hispano-Suizo es una obra de arte muchísimo más perfecta que una silla de manos de la época de Luis XV”. Con esta adaptación de una de las más conocidas proclamas del manifiesto futurista de Marinetti afirmaba Oliverio Girondo (Buenos Ares, 1891-1967), en la primavera de 1924, su decisión, dentro del grupo Martín Fierro, de impulsar, en Argentina, la literatura vanguardista y de incorporarse al vasto movimiento que, en España, Europa y Latinoamérica, expresaba el nuevo modo de enfrentarse a la creación poética que se derivó del período de incertidumbres y reajustes de la conciencia colectiva que suscitó en todos los campos del arte la Primera Guerra Mundial.  Girondo en Argentina (con el añadido de Borges, González Lanuza o Francisco Luis Bernárdez), como Huidobro en Chile, Oswald de Andrade en Brasil, López Velarde en México, o César Vallejo en Perú, se sumaba a lo que Ortega y Gasset calificó en su día como la “nueva sensibilidad” de la época. Ultraísta en la primera hora y viajero incansable, su trayectoria poética, inciada con Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), se desarrolló sin embargo, a lo largo de los casi treinta y cinco años que separan ese primer libro de La masmédula (1956), en una suerte de esquizofrenia en la que el impulso radicalmente innovador del manifiesto martinfierrista quedaba atemperado por una tendencia sutil hacia el realismo y hacia una cierta racionalidad. No fue, por ello, toda su obra el exponente de una vanguardia puramente formalista y deshumanizada. Antes al contrario, en toda su poesía (incluso en las zonas más emparentadas con la greguería de Gómez de la Serna) hay una mirada no complacida hacia el mundo y un fuerte componente humorístico. No es casual que junto al ultraísmo de su primer libro produjera libros de estirpe menos rupturista como Calcomanías (1925), una prodigiosa colección de experiencias viajeras por España, o intentara ensamblar una visión existencialista de la vida con técnicas de la vanguardia en sus libros más tardíos y maduros como Interlunio (1937), Campo nuestro (1946), hasta alcanzar la radicalidad verbal más extrema en el ya referido En la masmédula, anticipo en parte del llamado “neosurrealismo porteño” de Enrique Molina o Edgar Bayley. 

Si bien a finales de los años sesenta ya se realizó una edición de sus Obras Completas (Buenos Aires, Losada, 1968) con prólogo del citado Enrique Molina, en el volumen que aparece ahora Raúl Antelo ha incorprado cinco poemas que no aparecieron en aquélla, algunos textos dispersos en prosa sobre arte moderno (un extenso prólogo al catálogo de una exposición celebrada en Buenos Aires en 1936 titulado Pintura moderna), sobre literatura (una memoria sobre el periódico Martín Fierro) y sobre la interrelación entre las realidades históricas europea y argentina en el período de entreguerras, así como una colección de materiales gráficos (“Cuaderno de imágenes”, de Patricia M. Artundo) con portadas de primeras ediciones, manuscritos, grabados, carteles, dibujos y fotografías, en la que se nos propone el itinerario visual de su evolución artístico-poética. A ello se añade un riguroso y extenso aparato crítico que se abre con un iluminador estudio filológico del propio Antelo que nos permite un conocimiento exhaustivo, genético, de la obra y la vida de Girondo, tanto en su relación con el contexto histórico, sociológico y cultural en que ambas se desarrollaron como en los vínculos textuales que es posible establecer entre su escritura y la de sus coetáneos. Estamos ante una obra de envergadura que, sin duda, contribuirá a situar al poeta bonaerense como una de las cimas de la poesía en castellano del siglo que termina mostrándonos, a la vez, la plena vigencia de una poética de la que José Cárlos Marátegui afirmó en 1969: “En la poesía de Girondo el bordado es europeo, es urbano, es cosmopolita. Pero la trama es gaucha”. Una sintética y certera definición de un poeta que, sin desprenderse de la raíz —quizá por ello—, ha alcanzado la categoría de universal. 

sábado, 5 de marzo de 2011

Juan Gelman: "Salarios de impío y otros poemas"


Poesía. Salarios de impío y otros poemas
Juan Gelman.                                                                               
visor. madrid, 1998       
185 páginas.            

Escribir con la conciencia del eterno exiliado. Arrastrar, como sedimento inevitable, la memoria de todos los destierros de una estirpe nacida bajo ese signo. Juan Gelman (Buenos Aires, 1930), descendiente de judío rusos y testigo y víctima de una de  las más brutales dictaduras del Cono Sur latinoamericano, construye su poesía sobre ese territorio apátrida y doloroso en el que la única tabla de salvación es el lenguaje. No por casualidad Salarios de impío y otros poemas es un libro escrito en París, Ginebra, México y Nueva York. Y no por casualidad en sus poemas se advierte una tensión sostenida hacia del despojamiento y hacia la búsqueda de la raíz de esa existencia condenada, una raíz cuyos contornos y sentido habitan en la palabra. Sobre la dialéctica que establecen la evocación de un tiempo perdido y la necesidad de sobrevivir a través del amor, los poemas de Gelman trazan un itinerario híbrido, hecho de sufrimiento y gozo, cuyo único destino cierto es la muerte. En las tres partes en que se estructura el libro es visible esa convivencia inestable con ambos estratos de la conciencia. Una convivencia velada siempre por una ironía amarga, por la lucidez propia de quien sabe de la fragilidad de la propia existencia y, a la vez, es consciente de que nada al margen de la vida —individual y colectiva— tiene sentido. El amor, la memoria, el desarraigo, la derrota, la muerte. En torno a esas obsesiones se teje “el amargo salario que un impío merece”, dicho sea con las palabras de Eurípides que, en forma de cita, abren el poemario, y ellas alimentan la búsqueda en las profundidades de la lengua heredada. Una búsqueda que descansa en el poema breve de verso largo de la primera parte, “Salarios de impío”, que se refugia en la lengua sefardí en que escribió originariamente los poemas de  la segunda parte, “Dibaxu” —inspirados en el poeta en sefardí Clarisse Nikoïdski—, y que encuentra un horizonte de contención, causticidad y ternura —un diálogo con el amor y con la muerte— en el verso seco y corto del apartado “Incompletamente” con que cierra el libro. Hay, en la poesía de Gelman, una tendencia acusada hacia la esencialidad, una voluntad decidida de encontrar capacidades insólitas en la lengua, como si su memoria y su conciencia de exiliado lo llevaran a afirmar su identidad en ese lugar inmune a los dictadores y otros fabricantes de exilios. Llamativa es a este respecto la utilización del sefardí en la parte central del libro: el eco de las viejas jarchas, o de las mohasahas, adquiere en la voz de Gelman una densidad y una hondura inéditas, no reñidas con la gracia y ligereza propias de ese género mestizo. Es una apuesta coherente con el sentido más radical del libro. “Como si la soledad extrema del exilio me empujara a buscar raíces en la lengua, las más profundas y exiliadas de la lengua”. Así lo justifica el poeta en el “Escolio” que abre ese apartado del libro. El destierro, así, deja de ser una eventual condición del hombre para convertirse en la condición del poeta/hombre encarnada en el idioma y en su “lugar más calcinado: la poesía”. 

Publicada en Babelia, febrero 1999