lunes, 7 de noviembre de 2011

"Al otro lado de la puerta trasera". Crítica a Estuario, de Tomás Segovia

Mi critica reciente al último libro de Tomás Segovia. Apareció el 14 de mayo de este año en Babelia, de El País.


Estuario
Tomás Segovia
Pre-Textos. Valencia, 2011
111 págs.

El símil de ecos manriqueños —estuario— que da título al último libro de Tomás Segovia (de Jorge Manrique es la cita que lo abre: “Nuestras vidas son los ríos…”) es una confirmación de la raíz experiencial de su poesía. El propio Segovia lo ha dicho más de una vez: “Para mí, la poesía es un vaso comunicante con todo el resto de la vida, cualquier parte de ésta puede dar entrada al poema”, llegó a afirmar en 2005, al poco de recibir el premio Juan Rulfo. Desde esa perspectiva, hay una coincidencia con los poetas de la generación del cincuenta. De algún modo, es el verso suelto de esa promoción poética. Comparte, por fecha de nacimiento, su condición de niño de la guerra, pero se distancia de aquéllos, precisamente, en la apuesta estética. El exilio y su formación literaria, en un ecosistema cultural muy diferente al de la España de postguerra en que se forman los “poetas del interior”, hace de su poesía un universo lleno de intensidad lírica en el que los azogues existenciales aparecen fundidos con el afán de investigación en la palabra y alejados de experiencias directamente reconocibles, de perfil realista. Estuario representa la “entrada al poema”, dicho sea con la formulación del propio Segovia, de la edad de la conciencia del tiempo sobrante, de la etapa del recuento, de la  recapitulación . Es un libro denso que se despliega a lo largo de seis apartados en los que la vida, las distintas vertientes de lo cotidiano, de la memoria y de la relación del poeta con el entorno y con los otros cobran un protagonismo sutil, quintaesenciado, como si cada poema, más allá de la anécdota originaria, ahondara en su trastienda, en sus zonas más misteriosas: “Lo que habita detrás de la puerta trasera / Era y no lo sabíamos lo suficiente”. Tal vez la intención de Tomás Segovia al escribir Estuario no haya sido otra que indagar, con el lenguaje, en lo que habita en esa otra dimensión. El gozo de vivir, la iluminación de algunas zonas del pasado, especialmente de la infancia (“Salir a cualquier hora / Era siempre salir a la gran plaza”), la reflexión sobre el poema y sobre sus vínculos con la vida, son territorios que Segovia ensambla con su pasión, casi desde el origen, por la palabra poética, por lo que él mismo llama “lo indecible”, y con la reflexión sobre el sentido de la existencia desde la perspectiva de la vejez (desde el “otoño”). Ambas tensiones conviven con la aspiración a un mundo diferente, más racional y más justo (“Lúcidamente sé en la mañana mía / Que tener domicilio en un mundo vivible / Es tener domicilio también en la verdad”). El libro se cierra con un poema-homenaje a Ramón Gaya en el que Segovia juega con la perspectiva y con el diálogo, en segunda y tercera persona indistintamente, con el poeta y dibujante desaparecido hasta unificar alientos para alcanzar, en la ficción, el discurso compartido. Un colofón emocionado e intenso a un libro a la altura del mejor Tomás Segovia.

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