lunes, 4 de abril de 2011

Realidad inhóspita y lucidez. MI crítica a "Contra la soledad", de Javier Egea, de hace 9 años.

Javier Egea.
Contra la soledad
DVD Ediciones
Barcelona, 2002

En 1974, año en que Javier Egea (Granada, 1952-1999) publica Serena luz del viento, su primer libro poético, salen a la luz Museo de cera, de José María Álvarez, y Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyère, de Guillermo Carnero, dos libros más que expresivos del momento poético, marcado por un fuerte culturalismo, que se vivía en España. El libro de Egea, que ya estaba escrito en 1972, año en que obtuvo el accésit al Premio García Lorca, se desmarcaba de la estética dominante, y la desafiaba en dos ámbitos: en el de la búsqueda de un lenguaje despojado y, a la vez, revelador, nuevo; en el de la mirada hacia el mundo, que se proyecta no desde el conformismo implícito de la poesía novísima más caracterizada, sino desde el desacuerdo y la crítica hacia una realidad llena de puntos oscuros, de carencias.
'Y me mantengo firme gracias a ti, poesía, / pequeño pueblo en armas contra la soledad'. Estos versos fueron hijos de Granada, de la Granada en tránsito hacia la libertad de los primeros años ochenta. Pertenecen al soneto Poética, de Javier Egea, una actualización crítica del poema que Juan Ramón Jiménez ('vino primero pura / vestida de inocencia / y la amé como un niño') escribió en su libro Eternidades, y le han servido a Pedro Ruiz Pérez, prologuista y editor, para dar título a este necesario y bien estructurado volumen. Contra la soledad se divide en dos grandes bloques: el primero, lo constituye una Antología de la poesía de Egea y el segundo, con el título Coram populo, una colección de poemas, textos críticos, evocaciones y homenajes de diversos poetas y críticos que actúan a modo de prolongación de la Antología. Ésta tiene una estructuración temática y, en cada uno de los capítulos, los poemas van ordenados cronológicamente. Si estructura y ordenación ayudan a un acercamiento racional a la poesía de Egea, los poemas borran fronteras y se ofrecen al lector como espacios de lenguaje en los que, de manera dialéctica, todas las obsesiones que dan título a cada apartado conviven o se enfrentan. El amor, concebido, digámoslo en un término acuñado por Juan Carlos Rodríguez, como una 'construcción histórica' en la que el yo -y la amada- está hecho también de experiencia colectiva, la historia como lugar de la vida, de la memoria y de todos los imaginarios posibles (incluso el hoy tan desacreditado de la utopía), la poesía como hecho de lenguaje y hecho moral ('mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras / porque también manchase su ropa en la tardanza / de luz y libertad'), la noche como metáfora de la muerte, de la soledad, del silencio. Si bien los referentes más visibles de la poesía de Egea están en Antonio Machado, en el Alberti más entrañado, en el más oscuro García Lorca, en el Miguel Hernández de arte menor, en Gil de Biedma, hay un libro emblemático cuya presencia respira en buena parte de sus textos: Las cenizas de Gramsci, de Pasolini. Si de los primeros, Egea asimila y procesa la síntesis entre la poesía popular y el intimismo condicionado por lo histórico, del escritor y cineasta italiano recoge una actitud ante el mundo marcada por la complejidad de la mirada: una suerte de marxismo heterodoxo en el que caben el irracionalismo y la realidad de los sueños, sobre un hilo conductor reconocible, de origen realista. Egea ha sido, quizá, uno de los pocos poetas (quizá el único) de su generación que asumió sin complejos, incluso hasta trasladarla al poema y darle una dimensión nueva, la terminología propia de la teoría y la práctica políticas. Títulos como Leer 'El Capital' o Materialismo eres tú, inconcebibles desde un planteamiento poético estético-culturalista, expresan esa voluntad de incorporar al discurso lírico materiales que las poéticas dominantes consideraban bastardos.
Más allá de las circunstancias biográficas que llevaron a Egea, en 1999, al suicidio, esa elección fue, por sí misma, un acto de marginación que situó su obra, sobre todo en relación con la poesía figurativa que sucedió al primer impulso de la otra sentimentalidad, en un espacio también marginal. Su ausencia en la mayoría de las antologías de la etapa probablemente tenga que ver con ello. A pesar de sus méritos literarios y a pesar de la opinión que Pedro Ruiz Pérez vierte en el prólogo: 'Una marginalidad en la que el poeta quiso situarse no como una huida, sino para buscarse en los otros'.

Aunque en Contra la soledad se recogen poemas de los ocho libros que publicó, hemos de resaltar que lo más relevante e intenso de su obra se recoge en tres libros emblemáticos: Paseo de los tristes (1982), Troppo mare (1982) y Raro de luna (1990). Si en el primero consagra la ciudad (Granada) como espacio de la memoria y del amor, en el segundo convierte el mar en una metáfora de la historia, siempre en movimiento, y en el último hace de la búsqueda de un inconsciente, en la frontera donde lo racional y lo irracional, la vida y la muerte, conviven, el eje de su propuesta.

La poesía de Javier Egea está hecha de inconformismo. La lectura de sus textos nos sitúa en un territorio de insatisfacción y búsqueda. En el lenguaje y en el mundo que el lenguaje intenta modificar. La ironía, convertida en humor en algunos casos, la memoria, la ciudad, sus calles, sus paseos, sus atardeceres, sus habitaciones, sus hoteles sórdidos, constituyen, en la obra de este infortunado poeta, piezas esenciales de la desoladora constatación de algo que Juan Carlos Rodríguez destaca en su particular homenaje: para el sujeto poético de Egea 'el amor es imposible en un mundo imposible'.

Crítica publicada en Babelia el 16 de febrero de 2001.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La vida en crudo | Sobre "Trabajo sucio", de Eva Vaz

Eva Vaz (Huelva, 1972) mira al mundo como a través de una lente agrietada. Se confiesa, se desnuda sin pudor y hace el poema una suerte d...