lunes, 25 de abril de 2011

Mi conversación con Gonzalo Rojas en noviembe de 2000: “La palabra no puede ser cancelada. Tendríamos que cancelar también el silencio”

Mañana otoñal y lluviosa de noviembre. Gonzalo Rojas visitaba Madrid para promocionar la edición de su poesía completa. En el hotel donde se alojaba hablamos largo y tendido sobre su obra, una obra que ha cubierto una gran parte de la historia literaria de Chile y de Iberoamérica, de sus amigos de Madrid, los poetas Juan Carlos Mestre y Diego Jesús Jiménez, de la resonancia que tuvieron en el continente americano los últimos libros del desaparecido José Ángel Valente (“que está vivo y bien vivo”, me dijo), del infarto de José Hierro, ingresado en la víspera en un hospital de Cartagena. Fue un diálogo intenso y apasionante.


Pregunta. Sus primeros pasos como poeta hay buscarlos en la chilena generación de 1938, su generación. ¿Qué consecuencias tuvo esa promoción en la poesía chilena e iberoamericana?
Respuesta. Para entonces, el surrealismo había entrado en crisis, aunque mantenía cierta vigencia. Nuestra labor fue, por ello, de revisión más que de construcción. En lo esencial, ya estaba construida la armazón de la poesía chilena por las figuras de Vicente Huidobro, que era el mayor de ellos, Gabriela Mistral, tangencial siempre a las vanguardias, y eso me gustaba en ella, Pablo Neruda y Pablo de Rokha... Claro, había otras voces, pero éstas eran las esenciales. Nosotros surgimos de un modo distinto y no con ánimo de cambiar nada, sino de proseguir con la tarea... En todo caso, si algo destacaría es que queríamos intensificar el diálogo con el mundo que ellos ya habían iniciado, zafarnos de la órbita rural, localista. Quisimos hacer una poesía más abierta y con una conciencia crítica del lenguaje que no tenía precedentes.
P. Fue el tiempo de su incorporación al Grupo Mandrágora.
R. Sí, claro... Aunque estuve en él durante un período muy corto: nueve meses, como en el vientre de la madre... Hasta que me hastié, me aburrí de un ejercicio demasiado libresco del pensamiento surrealista, no comparable al buen ejercicio de la filial argentina presidida por Aldo Pelegrini, grupo al que pertenecieron poetas como Enrique Molina, o Francisco Madariaga; tampoco a la revisión del pensamiento surrealista que llevaron a cabo, en Perú, Juan Emilio Adolfo von Westphalen,  César Moro y un muchacho, más pintor que poeta pero espléndido poeta,  llamado Jorge Eduardo Eyelson.
P. En el prólogo a su libro Materia de testamento expone su visión del mundo a través del poema. Destaca dos vertientes sustanciales en su obra. La primera es “la erótica y toda la dialéctica del amor”.
R. Escribo una poesía con eje en el eros, pero un eros orientado, aunque cause extrañeza, por lo sacro, por lo místico... Tanto que yo me definiría como un místico concupiscente. El valor del deseo que los surrealistas, en parte, me habían aportado confluye con una pulsión del alma, de mi interioridad más radical... Para mí en el eros está lo sagrado. También lo enigmático, el no saber...Eso es lo que más me ha maravillado siempre del amor..
P. La segunda vertiente, según lo expuesto en el citado prólogo, es “ser testigo inmediato de la vida inmediata”, o “testigo político pero sin consigna”.
R. En unos países como los nuestros, que están en plena forja de un proyecto de autonomía cultural y social y política, es natural que uno tenga posturas bien estrictas, a veces radicalizadas, como la mía, hacia el lado izquierdo.  Pero izquierdón y todo yo no fui nunca hombre de partido, siempre fui un anarca, un anarca sin fin y con un proyecto y con un trabajo real de poesía activa. No sólo se debe hacer la poesía con palabras, sino con hechos. El proyecto de mudar, de cambiar de piel forma parte de mi actitud ante la vida y ante la literatura...
P. Críticos y especialistas han resaltado que la obra de Gonzalo Rojas es una síntesis entre Vallejo, Neruda, Huidobro y Borges. ¿Con cuál de ellos tiene una deuda mayor?
R. Sobre todo de Vicente... Vicente sembró en mi cabeza de muchacho la libertad, el proyecto libérrimo de la poesía... Además, tenía una gracia especial, era un cruce casi animal entre imaginación y coraje...
P. Imaginación y coraje que no estaban, curiosamente, reñidos con el rigor. En alguna ocasión, usted ha destacado las siguientes afirmaciones de Huidobro: “La imaginación poética es hermana de la imaginación científica”.
R. Me lo dijo una vez en que yo llegué a él con unos libracos de Ovidio. “Pero bueno, ¿hasta cuándo? ¿por qué lee a los carcamales?”. Esa fue la respuesta tan divertida de Vicente, desdeñoso como era ese pituco (así es como en Chile llamamos a los “niños bien”)  transgresor. A ello añadió: “¿no les he dicho que deben leer la física de hoy, estudiar física, biología, fisiología, matemáticas?”. Aquello me cautivó porque, en el fondo, me estaba diciendo que la imaginación es la misma...Y, pasados los años, la física de hoy se ha encargado de darle la razón, de hablar muy en serio de que la exactitud no funciona, de que lo que funciona es lo otro, eso que definió Heráclito como la aproximación, la ambigüedad...
P. En la era de Internet, de la comunicación en tiempo real entre los dos extremos de la tierra, de la revolución tecnológica y comunicacional, ¿tiene sentido la poesía?
R. Lo tiene totalmente. Su sentido no ha sido cancelado ni se cancelará. Tendría, para ello, que abolirse la palabra, tendrían que abolirse las sílabas, de las cuales nadie sabe nada hoy día porque se ha perdido la ritmicidad.... Lo que quiero decir, en definitiva, es que la palabra no puede ser cancelada... Además, tendríamos que cancelar también el silencio.
P. Al enfrentarse a su poesía completa.... ¿No siente un cierto vértigo ante la acumulación de tiempo significante que hay en esas casi cuatrocientas páginas?
R. Sí, siento ese vértigo y también una preocupación honda. Porque yo sé que de todos esos versos no quedarán, al final, más que cinco o diez líneas, y a lo mejor, líneas desmochadas, deshilachadas, como las que uno lee cuando lee las antologías griegas.
P. ¿Por qué no ha estructurado el volumen sobre la base de agrupar, en un orden cronológica, todos sus libros?
R. He optado por una ordenación arbitraria, no cronológica. No creo que los libros, como los ladrillos, deban de ir unos encima de otros... Me he guiado por las diversas vertientes que abordo en mi obra, vertientes que, además, coinciden con las de muchos poetas de la tierra... De un lado el tánatos... Un tánatos que cuando lo trato  elegíacamente, no lo hago con la elegía reverencial, sino con la elegía más bien irreverente, con el desafío... No se olvide que el segundo libro mío se tituló Contra la muerte. No contra la muerte en sí, sino contra la trampa de la esclerosis mental, contra el miedo al miedo. También está el eros, del que hemos hablado....
P. Más bien, la mística del eros, a juzgar por sus palabras anteriores.
R. Un eros no vuelto hacia lo porno, dios me libre, sino un eros vuelto hacia lo sagrado. Un injerto, es verdad, muy raro...
P. Con precedentes en la poesía en castellano muy peculiares si no me equivoco.

R. Teresa de Jesús por ejemplo, que para mí es una sacra loca no libertina pero con un encanto corpóreo, con una devoción por el cuerpo absolutamente singulares... Que no me vengan a decir ahora que Juan de Yepes o ella no sabían lo que era el cuerpo... Para empezar a hablar de poesía de amor en español hay que empezar con Juan de Yepes y con Teresa de Jesús...
P. La propia escritura y el tiempo son otras dos de las vertientes que estructuran el libro.
R. En efecto, en uno de los apartados se recogen aquellos poemas en que he abordado la reflexión sobre mi oficio, sobre qué diablos es la escritura, qué es la palabra, sobre el ejercicio implacable de la necesaria y despiadada autocrítica. En cuanto a la temporalidad, al tiempo, tengo que decir que yo no he jugado nunca con el tiempo lineal, sino con el otro, con el tiempo circular que fue el tiempo soñado en la Grecia clásica, y en el antiguo Oriente también. Ese tiempo de Borges, o de Nietchze...
P. Hemos hablado de preferencias en la poesía chilena y en la de otros países de Iberoamérica. ¿Qué me puede decir de los poetas españoles que más le han marcado?
R. Quevedo, un soberbio poeta que nos atraviesa a todos... Desde Martí y Darío para acá no hemos hecho otra cosa que revisarlo... Hemos bebido de él hasta en la temporalidad, hasta en el humor, ese humor sombrío, tan negro. También Jorge Manrique, tan parco, y Aldana... Y, claro, poetas más próximos en el tiempo como Juan Ramón, o  Cernuda, o Salinas,  o García Lorca., con esa sensación que transmite de poeta inconcluso...
P. Pero, ¿qué poeta no es inconcluso?
R. Cierto. Todos somos inconclusos. Una vez, en el Sur de Chile, un niño me hizo una pregunta muy linda. Yo estaba leyendo a un grupo de muchachos en un colegio. Cuando leí un par de poemas, vino uno de ellos, que tendría diez o doce años, y me dijo: “mire, yo le voy a hacer una pregunta. Cuando usted termina de escribir una de esas poesías, ¿no le funciona como si estuviera inconclusa?”.
                      
                                 Publicado en Babelia. Diario El País. Diciembre de 2000

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