sábado, 5 de marzo de 2011

Juan Gelman: "Salarios de impío y otros poemas"


Poesía. Salarios de impío y otros poemas
Juan Gelman.                                                                               
visor. madrid, 1998       
185 páginas.            

Escribir con la conciencia del eterno exiliado. Arrastrar, como sedimento inevitable, la memoria de todos los destierros de una estirpe nacida bajo ese signo. Juan Gelman (Buenos Aires, 1930), descendiente de judío rusos y testigo y víctima de una de  las más brutales dictaduras del Cono Sur latinoamericano, construye su poesía sobre ese territorio apátrida y doloroso en el que la única tabla de salvación es el lenguaje. No por casualidad Salarios de impío y otros poemas es un libro escrito en París, Ginebra, México y Nueva York. Y no por casualidad en sus poemas se advierte una tensión sostenida hacia del despojamiento y hacia la búsqueda de la raíz de esa existencia condenada, una raíz cuyos contornos y sentido habitan en la palabra. Sobre la dialéctica que establecen la evocación de un tiempo perdido y la necesidad de sobrevivir a través del amor, los poemas de Gelman trazan un itinerario híbrido, hecho de sufrimiento y gozo, cuyo único destino cierto es la muerte. En las tres partes en que se estructura el libro es visible esa convivencia inestable con ambos estratos de la conciencia. Una convivencia velada siempre por una ironía amarga, por la lucidez propia de quien sabe de la fragilidad de la propia existencia y, a la vez, es consciente de que nada al margen de la vida —individual y colectiva— tiene sentido. El amor, la memoria, el desarraigo, la derrota, la muerte. En torno a esas obsesiones se teje “el amargo salario que un impío merece”, dicho sea con las palabras de Eurípides que, en forma de cita, abren el poemario, y ellas alimentan la búsqueda en las profundidades de la lengua heredada. Una búsqueda que descansa en el poema breve de verso largo de la primera parte, “Salarios de impío”, que se refugia en la lengua sefardí en que escribió originariamente los poemas de  la segunda parte, “Dibaxu” —inspirados en el poeta en sefardí Clarisse Nikoïdski—, y que encuentra un horizonte de contención, causticidad y ternura —un diálogo con el amor y con la muerte— en el verso seco y corto del apartado “Incompletamente” con que cierra el libro. Hay, en la poesía de Gelman, una tendencia acusada hacia la esencialidad, una voluntad decidida de encontrar capacidades insólitas en la lengua, como si su memoria y su conciencia de exiliado lo llevaran a afirmar su identidad en ese lugar inmune a los dictadores y otros fabricantes de exilios. Llamativa es a este respecto la utilización del sefardí en la parte central del libro: el eco de las viejas jarchas, o de las mohasahas, adquiere en la voz de Gelman una densidad y una hondura inéditas, no reñidas con la gracia y ligereza propias de ese género mestizo. Es una apuesta coherente con el sentido más radical del libro. “Como si la soledad extrema del exilio me empujara a buscar raíces en la lengua, las más profundas y exiliadas de la lengua”. Así lo justifica el poeta en el “Escolio” que abre ese apartado del libro. El destierro, así, deja de ser una eventual condición del hombre para convertirse en la condición del poeta/hombre encarnada en el idioma y en su “lugar más calcinado: la poesía”. 

Publicada en Babelia, febrero 1999

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