UNA POESÍA DE LA INTELIGENCIA CRÍTICA

Memoria y deseo. Poesía (1967-1990). Manuel Váz­quez Montalbán. Introducción de J. M. Castellet. Grijalbo-Mondadori. Barcelona, 1996.

Hace poco más de diez años apareció Memoria y deseo (Seix Barral, 1986), un volumen en el que se recogía, con un lúcido prólogo de Josep Maria Castellet, toda la obra poética de Manuel Vázquez Montalbán hasta entonces. Ahora aparece de nuevo en librerías con una significativa incorporación: los poemas de su último libro, Pero el viajero que huye, publicado en 1990. Estamos, por tanto, ante la poesía toda del poeta barcelonés. Un acontecimiento no irrelevante, sobre todo si tenemos en cuenta que da la oportunidad, tanto a los viejos lectores de la poesía montalbaniana como a las nuevas generaciones, de reflexionar sobre su singula­ridad, no sólo respecto a la poesía de sus coetáneos, sino respecto a aspectos nada desdeñables de nuestro actual momento poético.
            Memoria y deseo nos muestra una trayecto­ria extraña y única. A lo largo de treinta años, Vázquez Montalbán ha cimentado una cosmovi­sión ajena a modas y muy alejada de los rumbos por los que ha circulado la "poesía dominante" en nuestro país en ese período. Incluido en la históri­ca y polémica Nueve novísimos, la estética de Vázquez Montalbán mostraba ya, a la altura de 1970, diferencias notables respecto al predomi­nio culturalista de esa promoción entonces incipiente. Incorporaba, sí, novedades formales que la empa­rentaban con la de sus coetáneos (el collage, las apoyaturas culturales, el camp, la ruptura de las métricas tradicionales, la búsqueda en las vanguar­dias), pero, contra lo que formaba parte del "nú­cleo duro" de la poesía emergente, no renunciaba a las conquistas de sus predecesores del 50 ni descalificaba sin paliativos la poesía social. Eso presentaba un inconveniente: quedarse al margen. Y, vista en perspectiva, una ventaja: eludir el riesgo de coyunturalidad de las modas.
            En el fondo y desde el primer momento, la poesía de Vázquez Montalbán ha sido -es- una poesía a contracorriente. Ya en su primer libro, Una educación sentimental (1967), junto a las novedades formales apuntadas, su poesía mostraba una respiración de fondo distinta: creaba un mundo en el que la herencia de los antepasados como memoria colectiva y la experiencia vital como memoria íntima se proyectaban sobre un territorio lleno de incertidumbres: el deseo como metáfora de la utopía, como pulsión hacia la felicidad al modo en que Ernst Bloch la delimitaba en El principio Esperanza, también como lucidez ante las servidumbres de la historia. Una poesía que negaba el ensimismamien­to, que proyectaba una mirada crítica/irónica -no exenta de ternura- sobre el pasado y sobre el presente y que se orien­taba hacia la fragmentaria definición de un imagi­na­rio liberador. Esos ejes, presentes en su primer libro poético, no harían sino profundizarse en los posteriores dando lugar a un universo compacto, casi obsesivo, de una singularidad extrema, al que, con el paso de los años, iría incorporando pensa­miento y reflexión. Sobre la condición individual del hombre. Y, sobre todo, sobre el mundo en que vive. De ahí que, desde la lectura crítica de Eliot, indagara en la raíz de una realidad parcelada y cruel en Movimientos sin éxito (1969), penetrara en la memoria civil y cultural de los vencidos anóni­mos en Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973), escarbara en las zonas oscuras de lo erótico-amoroso en A la sombra de las muchachas sin flor (1973) y diseccionara los mecanismos que condicio­nan el presente y oscurecen y dificultan el futuro -el "deseo"- en Praga (1982).
            Un itinerario poético no por dilatado en el tiempo menos intenso, que Vázquez Montalbán da por concluido con Pero el viajero que huye, libro que incor­pora a Memoria y deseo, y que es, en el fondo, la metáfo­ra de un viaje -¿de una huida?- al origen: al refugio de sus sueños iniciáticos, al lugar en el que, a partir de los antepasados curtidos en la derrota, habría de construir todos sus referentes culturales y vitales. "Definitivamen­te/ nada quedó de abril", tal es el verso con que se abre el último poema del citado libro. El gozne que cierra la puerta que abriera con aquel "nada quedó de abril" que iniciaba Una educación sentimental.
            Memoria y deseo, además de permitirnos valorar y leer, como un todo, el conjunto de la obra poética montalbaniana -a la que la propia evolución del poeta dota, curiosamente, de una estructura circular-, nos permite adentrarnos, con la mirada que el tiempo y la historia transcurri­dos proporcionan, en una poesía extraña y heterodoxa que en gran medida ha sido ensombrecida por su ingente obra en prosa, en una poesía realista en el sentido de que penetra en una realidad no exclu­yente que disecciona en su condición poliédrica y compleja, que va en directo a las zonas más pertur­badoras de la conciencia. Releer los poemas de Vázquez Montalbán es mucho más que un ejerci­cio literario. Es adentrarse en un universo en progresiva depuración, darse de bruces con una de las raras excep­ciones de nuestra poesía contempo­ránea: una obra que se interroga, desde la inteli­gencia crítica, acerca del mundo y su destino, que ahonda en las contradiciones de la existencia y que investiga en las potencialidades de la palabra. Poesía con mayúsculas, en definitiva.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una lectura del poema “Orillas del Duero”, de Antonio Machado

La vida en crudo | Sobre "Trabajo sucio", de Eva Vaz

La poesía española entre 1970 y 2000