domingo, 20 de febrero de 2011

La devastación del tiempo. Crítica a "Enigmas y despedidas", de Juan Luis Panero

Enigmas y despedidas
Juan Luis Panero
69 páginas.
Tusquets Editores. Barcelona, 1999.

Juan Luis Panero, pese a su condición de coetáneo de la mayoría de los poetas integrados en Nueve novísimos, ha trazado un itinerario profundamente personal y alejado de las premisas estéticas neovanguardistas y culturalistas de la primera hora. Tardíamente reconocido, su poesía no ha sido, sin embargo, ajena al uso de referentes culturales. Es más, su obra ha tenido un hilo conductor fuertemente impregnado por la experiencia lectora y por su relación con otros productos y disciplinas artísticas. Sin embargo, su opción ha estado alejada del culturalismo más libresco y ensimismado, conduciéndose por un territorio híbrido, en el que el soporte cultural ha tenido un tratamiento estilístico diferenciado: una lírica experiencial, arraigada en la tradición inmediatamente anterior a su generación, especialmente en la protagonizada por Jaime Gil de Biedma y, más allá, en la poesía meditativa y elegíaca de Cernuda. Enigmas y despedidas no hace sino confirmar esa voz: el tono conversacional, la dicción precisa y siempre contenida, evolucionan sobre los temas que desde su primer libro han conformado su universo: la muerte, la obsesión por el suicidio, la devastación del tiempo, la memoria. Todo ello tratado con una mirada en la que la voluntad meditativa se entrevera con la contemplación entre melancólica y escéptica del paso del tiempo, como si el fantasma de la despedida (la muerte como obsesión en su trasfondo) fueran inseparables de su percepción del mundo. Una despedida cuyo esencial misterio parece alentar no tanto en la confrontación del poeta con los azares de la realidad sino en su percepción de ésta a través de otras miradas, mediante la evocación de experiencias vividas al amparo de quienes han contribuido a estructurar su cosmovisión (Rulfo, Barral, Borges Vinyoli, Gastón Baquero, Joseph Roth, Gil de Biedma…) y en la estela de luces y de sombras —casi siempre sombras— que han dejado sus desapariciones. Otras veces, el acercamiento al misterio se produce con la mediación de acontecimientos históricos. Así ocurre con los poemas en prosa del apartado “El destino y los sueños”: en ellos, la Historia pierde sus contornos conocidos para ser reelaborada y situada en el ámbito de la ficción (Waterloo, la muerte de Manuela Sáenz, la amante de Bolívar, y de José Asunción Silva, los sueños del emperador Maximiliano). En Enigmas y despedidas respira, además, otra constante de la poesía de Juan Luis Panero: una cierta estética del fracaso, de la derrota, una derrota indefinida, abstracta, algo parecido a un estado de conciencia no equiparable a derrotas civiles o políticas, ni siquiera a la derrota existencial, quien sabe si emparentada con la decepción ante el poema idealizado que se convierte, las más de las veces, en un precipitado de vivencias ajenas adheridas a una fecha, a un personaje, a un libro, a un cuadro o a una escultura y tamizadas por la mirada del sujeto lírico (“ese fantasma de nombres y fechas/ con que he construído mi poesía”, escribe Panero en el poema “Norma para lo efímero”).

Meditar desde la melancolía, rememorar lo vivido/leído con el convencimiento de que sólo quedará de ello el poema que deforma y embellece la experiencia de antaño. Ese modo de ejercitarse en la memoria, presente en su obra desde sus orígenes, dota a ésta de una sólida unicidad. Pero también se muestra como un riesgo nada desdeñable. Porque si bien la unicidad en una obra lírica evidencia la posesión de un mundo propio, reconocible en su conjunción con el estilo, ésta no puede estar reñida con cierta capacidad de evolución, de sorpresa, de ahondamiento. Y es ahí donde reside el punto débil de Enigmas y desapariciones. A veces tenemos la sensación de estar ante poemas ya leídos en otros libros del autor —especialmente a partir de Galería de fantasmas (1988)— , de asistir a una suerte de “continuo poético” hecho de agregaciones, no de cambios cualitativos, lo que si bien genera en el lector el comedido placer ante lo bien hecho, difícilmente nos acerca a ese lugar próximo a la incertidumbre, al desasosiego, con que la poesía, en sus momentos cumbres, nos lleva a interrogar al mundo y a intentar penetrar en sus zonas más conflictivas y dolorosas, en esos lugares que no son sino turbios espejos en los que se refleja la conciencia del hombre como ser en el tiempo y como inquilino, casi siempre involuntario, de la Historia.    

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