jueves, 3 de febrero de 2011

ILUMINAR LA PENUMBRA

Itinerario para náufragos.
Diego Jesús Jiménez.
Premio Gil de Biedma 1996 y Premio e la Crítica.Visor. Madrid, 1996.


En un panorama poético en el que predomina una poesía realista, de tono conversacional y heredera del pulso de cierta poética del 50 -Gil de Biedma, Ángel González-, el último libro de Diego Jesús Jiménez (Madrid, 1942) irrumpe como una saludable invitación a la heterodoxia.

Itinerario para náufragos, reciente e inesperado Premio de la Crítica, es la expresión de una apuesta distante y distinta. Sin cortar el cordón umbilical con la realidad, los poemas de Jiménez indagan e iluminan otras zonas de la experiencia: el espacio del sueño, el azaroso trayecto de la historia, la memoria íntima y colectiva, el poder revelador del lenguaje.

No estamos, como podría inferirse de lo anterior, ante una poesía “descargada de realidad”, sino ante un modo muy peculiar de enfrentarse a ella desde el lenguaje: sin desdeñar el tono surrealista, sin renunciar a la deriva visionaria que caracterizó sus libros anteriores, Bajorrelieve (1990), y Fiesta en la oscuridad (1976), sin renunciar a la creación de una realidad otra que la realidad jamás nos daría, Diego Jesús Jiménez se interroga acerca del sentido de la existencia. Busca en las zonas conflictivas del presente y tantea las huellas del pasado -tormentoso y cruel en lo colectivo y mítico y añorado en lo individual- entre las ruinas de la memoria.

El libro se divide en cuatro partes, estableciendo un recorrido que, partiendo de la afirmación de la capacidad del sueño para iluminar las zonas opacas de la realidad, se conduce hasta  la indagación en el “núcleo duro” de toda expresión poética: el lenguaje. Así, la primera parte, “Arcángel de ceniza”, homenaje a García Lorca, es un recorrido por la trastienda de la ciudad contemporánea, por esas zonas que la conciencia de la autosatisfacción tiende a ocultar: un paisaje en claroscuro como metáfora del mundo de los humillados que el poeta reconstruye mediante imágenes con un gran potencial iluminador (“Todo está aislado en su inseguridad; la luz es un naufragio/ de hogueras apagadas”) en las que tiembla una realidad desoladora y frágil, en la que lo onírico y lo figurativo se entremezclan para interrogar a un mundo esencialmente injusto (“Huele a fatiga y a cartón, a riesgo, a vida peligrosa/ en estos barrios donde/ no tiene el cielo crédito ni la infancia fortuna”). Como estación distinta de esa indagación, en la segunda parte del libro, “Sepulcros de la luz”, Jiménez penetra en el itinerario de la historia utilizando un símbolo, la luz,  víctima de un largo enterramiento. Es como si el poeta buscara las raíces que han hecho posible la realidad precaria sobre la que se eleva “Arcángel de ceniza”. Los dueños de la Historia -que no los artífices- han pujado por hacer de ella el sepulcro de la luz. Pero no lo ha logrado del todo, puesto que aún pueden sorprenderse destellos de aquélla en la hondura de los bosques, entre las ruinas de los templos, en los muros destruidos. Todavía tiemblan, entre los escombros, los deseos insatisfechos y, sobre todo, fragmentos del tiempo de la infancia, cuya evocación en el último poema de ese apartado, “Júcar”, sirve de anticipo a “Oficio de verano”, tercera parte del libro, una emocionada búsqueda en los escenarios de la niñez y de la primera juventud de la que cabe singularizar, por su enorme capacidad de sugerencia, por su calidad metafórica, el poema titulado “Calderón de la Barca, 41”, una inquietante recreación del interior de una cómoda familiar, en la que los objetos son proustianas puertas a un mundo abolido y mágico (“Era un lugar sagrado/ para mí. Recuerdo/ los cajones abiertos de la cómoda, su soledad/ desordenada, mi infancia atravesando/ con temor sus tinieblas”).

El libro se cierra con tono meditativo: las imágenes, ahora, quedan traspasadas por la reflexión sobre las capacidades de la palabra, sobre el poder del arte como instrumento transgresor de la realidad. “Lugar de la palabra”, último capítulo, es una declaración de principios, una afirmación poética, a cuyo través el lenguaje aparece como escenario en el que construir/anticipar un universo con el que conjurar la muerte. Esta reflexión, que, por otro lado, impregna todo el libro, tiene su más afilado exponente en los siguientes versos: “Y le llamas poema/ a cuanto, sin pasión, representa el deseo/ sobre los límites de la incertidumbre”.

Diego Jesús Jiménez evidencia en Itinerario para náufragos un estilo fuertemente personal, de un barroquismo controlado, basado en la sucesión de imágenes en las que su capacidad de deslumbramiento -sus poemas tienen algo de templos góticos- se  impregna con un tinte emotivo, abriendo, a la vez, caminos a la meditación. Esa difícil apuesta revela un proceso de elaboración del poema largo y paciente y una concepción de la palabra poética muy próxima al “temblor mágico”. Resulta, a este respecto, llamativa su fidelidad, por encima de modas y corrientes, a la estética radicalmente innovadora que ya apuntaba en sus primeros libros.

Si excluimos las primeras plaquettes, Jiménez ha publicado, en treinta y dos años, cinco libros poéticos, los dos últimos en el dilatado período que va de 1976 a 1997. Aunque esa constatación parezca irrelevante a la hora de abordar el libro que nos ocupa, no es menos cierto que tan largos períodos de silencio muestran no sólo una trayectoria infrecuente en un poeta que a muy temprana edad, en 1964, fue Premio Adonais (La ciudad, 1965) y en 1968 Premio Nacional (con Coro de ánimas), sino un nivel de exigencia para con la propia obra, para con la “materia poema”, atípico en estos tiempos de urgencias  y de novedades que son, en apenas semanas, enterradas por otras novedades.

Lejos del convencionalismo experiencial, enraizada en una tradición que arranca de Juan de la Cruz, deriva en los poetas anglosajones de entreguerras y se tamiza por la mejor poesía surrealista del 27, en Itinerario para náufragos advertimos claridad y complejidad, exigencia y rigor con el poder plástico y evocador de la palabra, sensualidad y pensamiento, realidad y sueño, belleza e incertidumbre. Una poesía que, en cierta manera, expresa el naufragio de un siglo lleno de luces y sombras en el que el hombre no es sino un náufrago de sí mismo y de la propia Historia. En definitiva: una voz heterodoxa en su más alto grado de madurez.

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