HONDA VOZ DE LAS COSAS: EUGENIO DE NORA Y SUS CANTOS CIVILES

Eugenio de Nora
No he de callar…
Cantos civiles, 1944-1951
Endymion. Madrid, 1997


Escribía Eliot que la poesía es el punto de intersección de lo intemporal con el tiempo. A veces, en ese equilibrio, siempre inestable, prevalece lo temporal, lo histórico, sobre todo si en el contexto en el que el poema se escribe la Historia acucia, hostiga, ata. Eugenio de Nora, poeta inexcusable de la leva testimonial de nuestra literatura de posguerra, ha mantenido hasta ahora en el anonimato los poemas que componen No he de callar…, un breve e intenso libro que, desde la poesía sin adjetivos, nos habla de un tiempo oscuro y nos restituye imprescindibles retazos de nuestra memoria colectiva. Lo integran dos colecciones, Pueblo cautivo (1944-1946) y Otros cantos (1949-1951) que fueron publicados de forma anónima y por la clandestina FUE la primera (en 1947) y con el seudónimo Carlos del Pueblo y en revistas culturales del PCE (en 1950 y 1951) la segunda. Se trata, por tanto, de una poesía casi oculta hasta ahora (de Pueblo cautivo hubo, en 1978, una edición facsímil al cuidado de Fanny Rubio en la que se respetó el anonimato) en la que el elemento anecdótico de que cada poema parte, de raíces sociales y/o políticas, en ningún caso enturbia la compleja y a veces afilada trabazón lírica. Estamos, en lo esencial, ante poesía desadjetivada que no nos hurta la realidad de un tiempo cruel. Ante poemas vividos que no ignoran la capacidad reveladora del lenguaje y en los que la angustia existencial propia del momento se quiebra a través de un enfoque esperanzado que no elude, pese a la carga histórica inevitable, ni la metáfora ni el símbolo, que no renuncia a la pulsión estética que distancia la poesía del puro alegato. Ni siquiera poemas tan explícitos como “Hiroshima”, “Carta a Dolores Ibarruri” o “Barcelona” -a propósito de la huelga de tranvías de 1951- están al margen de esa preocupación. “Pura voz de poeta. Honda voz de las cosas”. Tal vez en este verso del poema “Mandato” se concentre la verdad literaria esencial de estos cantos civiles. Un libro que, pese a estar condicionado por la época, nos reconcilia con la buena poesía. Y, como tantas veces ocurre, nos lleva a preguntarnos por qué no pocos críticos tienden a adjetivar de social la poesía que alude a los relegados por la Historia o a la vida en los márgenes de las ciudades y a no calificar de botánica la que alude a una rosa o psicológica la que indaga en la intimidad del poeta. Nora demuestra cómo en un país devastado por las secuelas de la guerra podía prevalecer, sin que la mirada huyera de las ruinas del hombre concreto en un tiempo concreto, el poema: “en las nocturnas olas/ que el tiempo vence sobre mis arenas,/ respiro y voy, arrancando secretos,/ desmenuzando palpitantes algas,/ mirando agonizar ascuas y pájaros”. Estos cuatro versos, de una difícil intensidad, muestran el empeño último del poeta. Un empeño que trasciende lo civil y busca, pese a los enormes condicionantes del momento, la intersección eliotiana aludida al principio. Estamos, en definitiva, ante el testimonio de una época sumergida y humillada convertido en tiempo significante: en poesía.

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