domingo, 14 de febrero de 2016

En un tiempo perdido: sobre "Café Hafa", de Verónica Aranda


Con prólogo de Álvaro Valverde, Verónica Aranda (Madrid, 1982) nos ofrece en Café Hafa, un viaje poetizado a un Marruecos hecho de ciudades y rincones construidos con fragmentos en los que se mezcla realidad y fantasía, vigilia y ensoñación, experiencia y cultura. Tanger, quizá la ciudad del norte de África que mejor conocemos gracias a la literatura (de Barthes Goytisolo pasando por Ginsberg, Becket o Capote, entre otros), hecha de raras postales llenas de vida, se prolonga en espíritu en otros escenarios, en otras ciudades marroquíes. Son lugares “donde bulle la vida, donde nada acontece” en los que, a la vez, sorprendemos lo que quizá sea su esencia última: apurar el tiempo dejándolo deslizarse sobre los objetos (“un tiempo líquido, humeante”), barnizar los momentos de contemplación, acompañar las evocaciones, recrear lugares (Xauén, Mequinés, Fez….)  Toda una iconografía de época se filtra en los poemas prolongando los imaginarios heredados, reconstruyéndolos y depurándolos. A ese respecto, el poema que da título al libro es un mosaico que casi lo resume. Kerouak, Ángel Vázquez, Choukri, Tennsesse Williams asoman en un texto en el que la poeta afirma: “Veo morir los mitos, mientras pienso / en la literatura”. 

Su verso, directo y sereno, sin roturas que fuercen el lenguaje, respira un vago aliento entre nostálgico y reflexivo, con cierto tono de confesión íntima y de felicidad contenida, algo de lo que a duras penas escapa la descripción de la rutina (quizá filtrada por el desaliento y la resignación) de algunos personajes entregados a duros oficios como los “hombres que se sumerjen / en los pozos de tintes”. o “los desocupados matinales”, o los “carniceros que afeitan cien cabezas de vaca”.  Homenajes a Pavese, al Marco Ferreri de Ladrón de bicicletas, o a Thomas Mann refuerzan la vertiente culturalista del volumen. Un libro maduro que nos invita a vivir la lentitud de los viejos cafés atrapados en un tiempo perdido: “Puede durar un té lo que dura el otoño”.

Versión ligeramente ampliada del texto publicado en el suplemento Babelia, El País. Sábado, 13 de febrero de 2016. 

lunes, 11 de enero de 2016

Entre las grietas y roturas de la realidad: Pedro Luis Casanova

Hay libros con los que el poeta transita una senda poco frecuentada, casi inédita, estableciendo así una cota de originalidad y de ambición (y, hasta cierto punto, de arrojo y valentía) evidente. Es el caso de Fósforo blanco, el tercer libro de Pedro Luis Casanova (Jaén, 1978), un poemario al margen, construido a partir de una rotunda voluntad de indagar en el lenguaje, de buscar en él la imagen imprevista, las roturas y grietas de la realidad, el desasosiego íntimo y la incertidumbre colectiva y el alejamiento de la mirada superficial, puramente descriptiva. 
También hay poetas cuya estela es difícil de seguir, cuyo magisterio es, a la vez, poderoso y hondo en su contenido y limitado en su extensión por tratarse de una obra corta e intensa. Es el caso deDiego Jesús Jiménez, del que acaba de reeditarse su libro La ciudad, el poemario con que, en 1964, ganó el premio Adonais. Hago referencia al poeta madrileño por dos razones: Casanova hizo, hace nueve años  años, una afilada lectura de un poemario poco conocido de ese poeta, Fiesta en la oscuridad, y en Fósforo blanco se revela una sutil sintonía con la poesía  de Jiménez en el modo de acercarse, con la palabra, al mundo: hay destellos de imágenes, gusto por el giro imprevisto y el encabalgamiento y una música que nos lo recuerda.
Fósforo blanco, por tanto, se aleja de los diversos realismos dominantes y tiene su horizonte referencial en poetas para los que la visión que revela y perturba y la quiebra de la lógica de la realidad son dominantes. Pienso en Saint John Perse, en Pound, en Gamoneda y no oculto que su empeño recuerda ciertas zonas de la reflexión teórica de los poetas del grupo Claraboya (aquel intento de fusionar marxismo y lenguaje poético revelador, no convencional), aunque la búsqueda de referencias siempre es una empresa sometida al error. En todo caso, la elección de una cita de Perse para abrir boca en la antesala del libro marca la perspectiva y marca la opción estética de Casanova. Está en el lado no figurativo de nuestra poesía, en el de la frontera entre el misterio y lo visible, en el de la investigación en los bordes en sombra de la vida, incluso de lo cotidiano, y de la Historia: “Abro los ojos, cierro la mirada: / todo lo que ante mí hace florecer su engaño / es también cárcel de mi vida”.
Los tres apartados del libro acotan los espacios de su indagación: el pasado colectivo y sus huellas, casi siempre dramáticas, en “Puedo enseñar la dentadura”; la intimidad más radical, hecha sin embargo de memoria y de un presente contradictorio, con grietas que se abren al entorno civil, a la experiencia vivida por los más humildes (“Contemplad cada noche el valladar / de las frentes, la perpetua calma / descendida, como su crudo alfiler, hasta el sometimiento”), del segundo apartado, “Cuerpo raso”; la poesía, sus razones (frágiles y poderosas a la vez) y las fuentes de las que nace y, en buena medida, se alimenta, como hilo conductor de “Aguas madres”, el apartado final. Es la poética que sustenta Fósforo blanco y que tiene su más extenso alegato en el homenaje a Ezra Pound, penúltimo poema del libro (“¿Para quién escribir ahora / y reinventar la vida?”). Ahí, en el lema “reinventar la vida” está quizá la clave de la escritura de Pedro Luis Casanova: no ilustrarla, no decorarla ni describirla, sino crear nueva vida en el poema, alentar nuevos mundos con la palabra, con los sedimentos de realidad que se conocen y con los restos que se guardan en la memoria o que se adivinan en la penumbra. Un libro raro en los tiempos que corren. Una estética civil e íntima a la vez que avanza en versos largos, de una musicalidad constante y bien trabajada, sin irregularidades, en la que las quiebras del verso no se muestran como interrupciones o desajustes sino con naturalidad, sin que el ritmo interior del poema tropiece o se rompa. 
Uno de los buenos libros de 2015. Un poemario que brilla de modo muy especial en un panorama demasiado uniforme y conformista.
© Manuel Rico. También en el diario digital Nueva Tribuna .

Fósforo blanco.  Pedro Luis Casanova. 76 páginas. La isla de Sistolá. Sevilla, 201

viernes, 20 de noviembre de 2015

"La ciudad", de Diego Jesús Jiménez, medio siglo después

Más de una vez he calificado La ciudad de libro insólito. Insólito es sinónimo de inesperado, sorprendente, raro, casi provocador. En otras palabras: algo insólito es algo que no es previsible. Algo que surge contra el tiempo, contra las corrientes dominantes, lo cual supone un desafío, un acto de insumisión, de rebeldía, la voluntad de abrir un nuevo espacio. 

La ciudad de Priego (Cuenca), con nieve sobre los mimbres
La ciudad es, por ello, un libro inesperado en 1964, año en que obtiene el premio Adonais. Para entender hasta qué punto fue inesperado, sería bueno hacer una pequeña incursión en aquella época, en los años en que Diego Jesús Jiménez lo escribió. Lo hizo en el tiempo que, en lo personal, se corresponde con la edad que va de los 19 a los 22 años. Una edad crucial: en toda actividad humana, esa etapa de la vida se caracteriza por el descubrimiento de las propias potencialidades en los campos más diversos. En el ámbito de la poesía, es, para todo escritor, el tiempo del tanteo, de la búsqueda, del reconocimiento de influencias y de referentes, de maestros, de filias y de fobias. En esos años, Jiménez vive en Madrid, está muy  reciente su experiencia estudiantil en Barcelona y en Cuenca y experimenta, de manera muy viva, la primera nostalgia del lugar de la infancia, la pulsión del regreso que tan bien analiza Ángel Luis Luján en su libro Desde las márgenes de un río.

LA CIUDAD EN EL CONTEXTO LITERARIO DE LA ÉPOCA

Pero el tiempo del poeta Diego Jesús Jiménez es también, e inevitablemente, el tiempo colectivo, un tiempo extremadamente difícil en una España que sólo unos años antes había iniciado la senda del desarrollismo económico sin alterar un ápice el sistema dictatorial. En 1963, sólo un año antes del de la obtención del premio Adonais por el poeta de Priego, ha sido asesinado en Madrid Julián Grimau. Todavía son visibles los rescoldos del “contubernio de Munich” en la precaria vida política del país, España es una inmensa cárcel, acaban de nacer las Comisiones Obreras y la huelga minera de Asturias se salda con una represión feroz.  

Cierto que Diego Jesús Jiménez vive lateralmente esa experiencia. Es un joven poeta con una fuerte vocación, acaba de llegar a la capital  y, algo muy común en la época, se dispone a conquistar el mundo literario madrileño: el universo de relaciones en que se mueve está lejos del de la clandestinidad y la resistencia pero no por ello deja de ser consciente de la España en que vive. Rastros de esa experiencia emocional, desde la doble perspectiva de lo personal y de lo colectivo, quedarán, como luego veremos, en el libro que nos ocupa.

¿Cuál es el ambiente poético del momento? ¿Qué factores hacen que en ese contexto una obra poética como La ciudad adquiera la calidad de insólita? En los primeros años de la década de los sesenta, el clima literario en España está marcado por la hegemonía del realismo. Aunque se ha relajado su dimensión más testimonial y más social (que tiene su máxima expresión en la década precedente), el realismo no deja de tener una presencia dominante. Se trata, ahora, de un realismo que mira a lo colectivo pero desde la subjetividad: se trata de la mirada que inaugurará la denominada Generación del 50, sobre todo Ángel González, Gil de Biedma y Caballero Bonald. Siguen presentes, con una obra viva y continuada, Blas de Otero y Gabriel Celaya, a los que se añade la voz claramente testimonial de Gloria Fuertes. Se consolidan, a su vez, voces como las de Claudio Rodríguez, Francisco Brines y Carlos Barral y el Grupo Claraboya, desde León, dibuja una nueva perspectiva, que no acabaría de cuajar, de la poesía crítica a partir de un enfoque marxista, inspirado en Lukács. De otra parte, los nuevos poetas, de entre los cuales algunos pasarían a formar parte de Nueve novísimos, publican sus primeras entregas.

Con Diego Jesús Jiménez. En Varsovia, en 2001
Para tener una idea lo más fiel posible del contexto poético en que irrumpe el libro de Diego Jesús Jiménez, baste citar los títulos que aparecen entre el año previo a la concesión del Adonais, 1963, y el posterior a la publicación del La ciudad, 1966.  De la Generación del 50, se publican Pliegos del cordel (1963), de José Manuel Caballero Bonald, Marisa Sabia y otros poemas (1963), de Eladio Cabañero, Palabra sobre palabra (1965), de Ángel González, Moralidades (1966), de Gil de Biedma (en México), La memoria y los signos (1966), de José Ángel Valente, Compañera de hoy (1966), de Alfonso Costafreda, Palabras en la oscuridad (1966), de Francisco Brines, y Alianza y condena (1966), de Claudio Rodríguez. De los poetas sociales de la generación precedente, aparecen Que trata de España (1964), de Blas de Otero, La luz a nuestro lado (1964), de Leopoldo de Luis, y Libro de las alucinaciones (1964), de José Hierro.  Al mismo tiempo, se publican los primeros libros de de nuevos poetas que no tardarán en conformar una nueva generación: la de 1968. El mensaje del tetrarca (1963), de Pere Gimferrer, Poemas de la tierra y de la sangre (1963), de Antonio Colinas, Libro de las nuevas herramientas (1964), de José María Álvarez, Jornal (1965), de José Miguel Ullán, y El mar es una tarde con campanas (1965), de Antonio Hernández —este libro fue accésit al Adonais cuando lo gana La ciudad—. Otros nombres, que tendrán un peso evidente en la década de los setenta tras formar parte de Nueve novísimos, todavía no habían publicado su primer libro: Manuel Vázquez Montalbán, Félix de Azúa, Antonio Martínez Sarrión y Leopoldo María Panero.

El libro de Diego Jesús Jiménez no es inmune a ese contexto aunque su singularidad tiene más que ver con la lógica interna de su experiencia vital y estética, con la geografía emocional de su infancia y de su adolescencia, que con la influencia de factores ambientales.

LOS PRECEDENTES

Para acercarnos a su núcleo, a su médula espinal, es preciso tener en cuenta los precedentes en la propia obra de Jiménez. Y los precedentes están en sus entregas iniciáticas: la “trilogía” que conforman los breves poemarios, entre la plaquette y el libro, Grito con carne y lluvia (1961), La valija (1963) y Ámbitos de entonces (1963). Los componen poemas escritos a principios de la década de los sesenta, cuando el poeta es casi adolescente, poemas en los que la rememoración de la infancia como paraíso perdido se ve cruzada por una preocupación ética, solidaria. En ellos constatamos el lógico acarreo de primeras lecturas: Antonio Machado, Miguel Hernández, nuestros clásicos del barroco, el primer Juan Ramón, pero también los poetas que forman parte de lo que no dudaría en calificar, en el marco de la generación del medio siglo, como “escuela de Castilla” —frente a la denominada “Escuela de Barcelona—: Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero y Carlos Sahagún, poetas en los que la síntesis entre preocupación estética y compromiso cívico es consustancial a su poesía. En los tres libros respiran las vivencias rurales de Jiménez, la infancia en Priego, el microcosmos del paisaje conquense, la experiencia de la vida familiar, el contraste entre ese mundo cercano y pequeño y las ciudades en que estudiará. Es una poesía de formación, de tanteo, pero con potentes iluminaciones hacia el irracionalismo (sobre todo en Grito…), y  es también la antesala de La ciudad. En todo caso, sí advertimos la presencia de algunos aspectos, temáticos y formales, que formarán parte de su escritura en los libros posteriores. la devoción por la memoria como vía de indagación en la experiencia; la realidad castellana, en especial la Cuenca de la infancia y de la adolescencia, continente y contenido de su peculiar mitología; el predominio del verso libre, sustentado en ritmos endecasilábicos, como mecanismo de intensificación de la carga emotiva del poema, y los encabalgamientos y rupturas del verso.

A partir de esos mimbres, a los que habría que añadir determinadas lecturas de poesía europea y americana (Dylan Tomas, Pablo Neruda, T. S. Eliot), Diego Jesús Jiménez afronta la escritura de La ciudad, libro en el que su voz cobrará una incuestionable solidez y un tono personalísimo, abriendo un nuevo espacio en la lírica joven del momento y anticipando, como luego veremos, lo que habría de aparecer, algunos años después, como parte de la “revolución novísima” (una revolución más aparente que real, más temática que estructural).

LA CIUDAD: UN LIBRO RENOVADO

Juan José Lanz[1] califica de etapa de “madurez expresiva” la representada por La ciudad y Coro de ánimas (1968). Yo matizaría esa afirmación. Creo que ambos libros conforman su etapa de consolidación y que la plena madurez expresiva la alcanza en Fiesta en la oscuridad (1976), libro a partir del cual genera un universo de ficción cualitativamente distinto. Menos en La ciudad que en Coro de ánimas, pero en su poesía de esta etapa todavía se sorprenden ecos de cierta estética del cincuenta (de los poetas arriba mencionados) aunque los ejes que la sustentan sean los de la poesía universal más perdurable: la memoria, el amor, la muerte. Junto a esos ecos, ya son más que significativos los elementos visionarios que apuntan hacia horizontes liricos y semánticos muy alejados de sus predecesores y de sus coetáneos. Asoma, poderosa, la aventura de la imaginación y comienza a extenderse, como algo más que un “tema”,  la sombra de la muerte.

La ciudad es, en consecuencia, un texto anticipador, casi inaugural de un nuevo lenguaje. Con él Jiménez realiza un salto cualitativo respecto de las entregas anteriores. Ya no es una colección de poemas con un hilo conductor compartido, sino que se trata de un libro-poema o de un poema libro. Esa concepción estructural, infrecuente en la poesía española de la década de los sesenta, tenía el precedente claudiano de Don de la ebriedad. Sin embargo, Diego Jesús Jiménez, en la medida en que opta por una estructura racional, definida de manera premeditada en función de los contenidos a abordar en cada uno de sus capítulos (Rodríguez se deja llevar por la espontaneidad), está más cerca de la concepción de libro-poema de Eliot, o, en otra dimensión, de Octavio Paz.

A su condición de libro-poema se añade la decidida vocación totalizadora a la que aspira el conjunto. Con él, el poeta intenta abarcar la existencia toda del hombre y, a la vez, sintetizarla. La infancia y la adolescencia, la visión del lugar del origen desde la conciencia del desarraigo, desde la realidad del alejamiento y de la separación, el amor y la muerte (de manera especial, lo que parece anacrónico dada la juventud del poeta). Todos esos “materiales”, abordados desde la simultaneidad, en planos paralelos e interrelacionados, dan lugar a un reforzamiento de la vertiente visionaria que había apuntado en Grito con carne y lluvia. Desde esa perspectiva se nos muestra, con un alto grado de madurez, la dualidad realismo/irracionalismo que caracterizará su obra posterior.

Antes decía que La ciudad forma parte, dentro de la evolución lírica de Jiménez, de su etapa de consolidación. En efecto. Sin embargo es preciso destacar el alto grado de madurez que ya se advierte en él. La mirada adolescente, cuasi infantil, de su “trilogía” iniciática se ha desvanecido y las innovaciones formales (el verso libre, los encabalgamientos y rupturas) dan forma o envoltura a un hondo temblor existencial, solidario y crítico a la vez. En La ciudad se concentra la vida y así lo resume en el breve poema prólogo:

Es una vida,
un nuevo corazón puesto en el fuego,
una trampa al final.

Pero la afirmación de la vida se complementa con una apelación, a mi juicio esencial como demostrará en toda su obra ulterior, al valor del lenguaje. Su labor como poeta intenta, también, “poner en claro las palabras”. En el fondo, Diego Jesús Jiménez ofrece, como anticipo o anuncio, lo que en las páginas posteriores no será sino el relatorio, hondo y diversificado, de su geografía personal, íntima, con la voluntad de que sea, a su vez, la geografía emocional del hombre (del ser humano). Ese relatorio, que es, en el fondo, un reconstrucción, se desarrolla mediante un largo poema estructurado en cinco capítulos o “rondas” que aluden a otras tantas zonas de la experiencia del sujeto lírico: el agua, el aire, la noche, las piedras y, como colofón o síntesis, el hombre. En una primera lectura (y excluyendo la última ronda) nos encontramos con los que, desde la Grecia clásica, son los cuatro elementos de que se compone la naturaleza: agua, luz, aire y tierra. Sin embargo, Jiménez imprime ligeros cambios (aunque con un sentido nada ligero): la luz es sustituida por la noche y la tierra por las piedras.

La ciudad, de principio a fin, es un libro esponjado por la pulsión del retorno, por lo que María del Pilar Palomo define como “búsqueda ontológica de reconocimiento de la propia identidad”[2]. En todos los capítulos (o poemas), pero sobre todo en “Ronda del agua”, hay una meditación sobre el pasado, sobre el mundo perdido. El río  (casi siempre el Júcar, pero también el Escabas, afluente que cruza el término de Priego) es el heraclitiano lugar en el que flota el tiempo con todo su acarreo de memoria:

Las nubes
y mi vida, reflejadas así sobre las aguas. Vedlas templando
el corazón, navegando la sangre
con sencillez, siendo vaivén, rumor, espuma
conocida

La niñez, la vida rural, el mundo de las brujas y de las adivinadoras, la Castilla mágica, oculta y ancestral (tan distinta de la de Antonio Machado), los cuentos al arrimo del fuego, la naturaleza. Todo ello se filtra en la “cristalería” del Júcar. El poema tiene algo de templo gótico, de universo de vidrieras transparentes. Pero no sólo está en él la memoria, está también la noticia de gentes extrañas, casi siempre humildes, menesterosas: “Solemnes quincalleros, / gentes de carro / y río, de fogata / nocturna”.






En “Ronda de la noche” sorprendemos una sutil metáfora del tiempo en que vive el poeta. Cierto que también es un canto al origen, al despojamiento previo al conocimiento, a la soledad del hombre: “y puedo hablarte / de cuando el hombre estaba a solas / hace ya muchos siglos”. Pero en lo fundamental, la noche que vive el sujeto poético es la noche de los otros. La de los humillados y ofendidos, la de los marginados, algo que se nos revela de un modo magistral, pletórico de referencias a los submundos que se mueven bajo la superficie visible de la realidad, en los versos que siguen:

Y las cabras, las fieras, los enanos, los del simple equilibrio, todos
los que están a jornal, los aplastados por la lona, los que desmienten
que está la muerte sobre el mundo, los que no tienen fe,

La metáfora alusiva al tiempo histórico, que no es otro que el de la dictadura de Franco, impregna buena parte de los versos de este capítulo o poema. No sólo desde una perspectiva de clase (algo que parece extraño dada la juventud del poeta y las serias limitaciones con que, en la España de 1962, ó 1963, se accedía a los libros de teoría marxista), tal y como se pone de relieve en los dos versos siguientes: “Los que están a jornal / están pesando sobre el mundo”. En otras palabras: los asalariados, los que, en la terminología marxista, “han de vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario” pesan, influyen en la historia. También lo pone de relieve  a partir de una visión existencial, casi angustiada, que identifica la noche a la que alude esta “ronda” con la ausencia de libertades, con la realidad oscurantista y represiva que caracterizó al Régimen. Es la noche en la que, a pesar de todo, el amor es posible:

Descabalgué
cuando la tierra estaba dolorida, desmantelado
el hombre;
sobre las noches negras de mi patria
era capaz
                  de besarte los ojos.

Cuenca, la ciudad recurrente del libro
En la “Ronda del aire”, Diego Jesús Jiménez recobra el mundo mágico de la infancia y la dimensión celebratoria de las zonas menos desapacibles del recuerdo. Ahí están las fiestas de la infancia y de la adolescencia, los ritos ancestrales que duermen en los más remotos lugares, especialmente en aquellos directamente vinculados con la propia biografía de Jiménez: Priego, Cuenca, Beteta, el convento de San Miguel, la catedral de San Julián. También está el mundo infantil y los escenarios de la felicidad evocada, los viejos y nuevos aromas, las músicas (“Suena una jota, / rectifican los pájaros, algo acontece en el pinar”, escribe). Es como si el sujeto poético permaneciera de cara al viento y dejara que éste lo acaricie dejando en su mente un cúmulo de mensajes procedentes de otro tiempo y de otros lugares.

           Esto es el viento.
nada se sabe
aún, sino que pasa y luce
buen bordado, buenas heridas, buena
meditación.
                    Esto es el viento
y duele como un vino
lejano, como un baile
de bodas.

"Ronda de las piedras” convierte a éstas en objeto narrativo. Son los sedimentos inertes de la memoria de los antepasados, la materia donde quedó grabada lo que en algún momento fue vida: “Regresan, / traen aventuras, corazones, sed, perfumes de pinar/ en la resaca (…) // De pronto se consumen, arden  / en el aire, se transforman / en piedras”. La piedra como una forma de inmortalizar el instante, de atrapar la fugacidad, de detener el tiempo. Curiosamente, este capítulo nos da noticia de un libro futuro que, en los años en que nuestro poeta escribe La ciudad, no existía ni en esbozo. Me refiero a Bajorrelieve, con el que en 1991 obtendría el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez.

El libro se cierra con un capítulo de distinta estructura respecto a los ya analizados. “Ronda del hombre” es, en el fondo, el espacio de intersección entre el yo lírico y el yo biográfico. El hombre como destinatario y protagonista último de cada una de las “rondas”. Es el capítulo más realista, con mayor grado de conexión con la poesía de los autores de la generación del 50 a los que antes he aludido. Así se advierte en los poemas “Despedida” y, sobre todo, en “La casa”. Son poemas de estructura narrativa, en los que se cuentan pequeñas historias arraigadas en la experiencia vital de su autor. En el primero alude al amor condicionado por un medio contradictorio ("Eran de familias distintas en el pueblo" es el verso que cierra el poema) y en el segundo el imposible retorno físico al origen desde la construcción de un regreso imaginado:

Si volviera a la casa
negaría la paz, comprendería
lo duro de esta siesta; vencería aquel miedo.

LOS RECURSOS UTILIZADOS

Dos son los rasgos que, por el papel que ejercerán en toda la poesía posterior de Diego Jesús Jiménez, convierten La ciudad en un libro clave en su trayectoria lírica: el primero es la opción por un lenguaje innovador, basado en la utilización del verso libre y en la incorporación de recursos como las rupturas de verso, los encabalgamientos y los tonos interrogativos y admirativos. Esa combinación produce un tono en el que se apuntan algunos de los recursos que utilizarían determinada estética novísima (especialmente, Gimferrer en Arde el mar). El segundo es el ambiente mágico, casi fantasmal, que esa opción de lenguaje propicia. Con sólo dejarnos llevar por la lectura de cualquier fragmento de cualquiera de las “rondas”  experimentamos la sensación de acceder a un ámbito entre real e imaginario, tan verdadero como fantasmal, en el que las emociones sentimental y estética se integran e interrelacionan con una eficacia poco habitual. Ese ambiente tiene, en buena medida, su origen en la convivencia en el poema de términos y símbolos alusivos al mundo rural (que en la voz de Jiménez adquieren una luz nueva) junto a otros de origen “culto” y otros vinculados con la brujería, con lo que convencionalmente entendemos como “mágico”.

Encontramos similitudes entre esa opción léxica y la de ciertas zonas de la poesía de Claudio Rodríguez, especialmente en su libro Alianza y condena (1965), aparecido con posterioridad. Sin embargo, tal y como resalté en el prólogo a su antología Iluminación de los sentidos[3] “entre la poesía de uno y otro hay una diferencia radical: tanto en el planteamiento originario como en los resultados. Si el zamorano transgrede la realidad en busca de una suerte de conocimiento[4] o de participación[5], Jiménez opta por generar otra realidad soñándola, incorporando a ella los más hondos impulsos del deseo y decantándose hacia lo visionario rompiendo las fronteras de lo racional”.

Por otra parte, La ciudad no es un libro ajeno a las conquistas de la mejor poesía en castellano de la primera mitad del siglo XX: en él hay despuntes surrealistas, hay carga meditativa, hay una peculiar mística laica —que mucho tiene que ver con lo que venimos definiendo como "magia"— y hay una notable (e inquietante) capacidad de universalización de los aspectos más locales de la experiencia del poeta, una experiencia que no se ciñe sólo a lo vivido, sino que encuentra su más hondo campo de desarrollo en el propio acto de creación del poema.

He apuntado, párrafos antes, que determinados giros y usos tonales de Diego Jesús Jiménez en este libro anticipan el tono y la imaginería de determinada estética novísima, especialmente de un libro como Arde el mar, de Pere Gimferrer (1966), publicado un año después. Cito, a continuación, sólo un ejemplo a título ilustrativo: de La ciudad: “¿Quién recoge el cadáver / de nuestra vida, el relámpago, el hilo de una noche sin que / sobre las alas de la amanecida florece?";  de Arde el mar : “¿Quién remueve en la espuma su cadáver de niño? / ¿Quién rescata al silencio el pasado y sus máscaras?”.

La identidad tonal que se advierte en estos versos (que se puede, además, constatar en otros muchos), la semejanza en los giros y factores como el uso de palabras de origen rural y relativas a la brujería en ambos libros (pezuña del diablo, conjuros, curanderismo, brujas, adivinadoras, aparecidos, milagrería) son tan evidentes que se podrían llenar varias páginas con ejemplos como el apuntado. A ello cabe añadir otras similitudes: Jiménez, en La ciudad, utiliza términos (aunque integrados en una cosmovisión de raíz rural) que después serían recurrentes en cierta terminología novísima: templos, criptas, organda de Israel, friso, plateados salmos, molduras, góndolas, bóvedas, encajes, son palabras procedentes de La ciudad que conviven en el texto de modo natural con otras de procedencia popular, propias del lenguaje cotidiano.

Por último, en La ciudad se apuntan (como anticipaciones) algunos de los leitmotiv que serán visibles en algunos de sus poemas más solventes e intensos de sus libros posteriores. El verde del poema “Color solo” que aparecerá en Bajorrelieve, ya está en versos como los que siguen: “Verdes sus aguas, sus cazuelas / tempranas, sus bóvedas…” de “Ronda del agua”; el bajorrelieve en el que, en el libro del mismo título, las figuras esculpidas entran en movimiento, está ya en el poema “Las piedras”: “Nuestro único miedo a los aparecidos, a las adivinadoras, / a aquellas del jabón y los bailes y los amores / prohibidos, se ha convertido en piedra”; la noche, llena de luminarias de su libro Fiesta en la oscuridad vive en “Ronda de la noche”: “¿Qué se resuelve por mi cuerpo, qué oscuridad / va calentándome la sangre?”; y la recuperación de los objetos más imprevisibles del cajón de la cómoda del poema “Calderón de la Barca, 41”, de su libro Itinerario para náufragos (1996) se apunta en el poema “La casa”: “Mi habitación, la mesa de nogal, los libros, la ventana…; allí estarán las Ciencias Naturales, la Geografía / de los jueves, los vientos, las distancias…”.

En definitiva, La ciudad es un libro innovador, hasta cierto punto insólito, que, 50 años después de su publicación, mantiene de manera plena su vigencia. El paso del tiempo y de las modas, muy al contrario de lo que ha ocurrido con poemarios que se publicaron entre 1963 y 1966, no sólo no ha atenuado sus calidades, sino que las ha acrecentado notablemente. Es un libro vivo que gana en cada nueva lectura. Un libro que está reclamando una edición crítica que lo sitúe de manera definitiva en el lugar que merece en la historia de la poesía en castellano del siglo XX.

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[1].  “Su prehistoria poética queda comprendida por tres plaquettes iniciales, para alcanzar en sus dos libros siguientes —La ciudad (1965) y Coro de ánimas (1968), con los que obtiene, respectivamente, el Premio Adonais y el Premio Nacional de Literatura— una etapa de madurez expresiva”. Juan José Lanz. “La palabra en el tiempo de Diego Jesús Jiménez”. Insula. Nº 607. Julio 1997. Madrid.
[2] . Palomo, María del Pilar. “Prólogo” a Poesía, de Diego Jesús Jiménez. Anthropos. Barcelona, 1990
[3] . Rico, Manuel. “Prólogo” a Iluminación de los sentidos, de Diego Jesús Jiménez. Hiperion. Madrid, 2001.
[4] .  Así lo evidencia en el subtítulo del poema “Brujas al mediodía” con que abre Alianza y condena.
[5] . “La poesía, entre otras cosas, es un búsqueda, o una participación entre la realidad y la experiencia poética de ella a través del lenguaje”. Claudio Rodríguez. A manera de un comentario. Prólogo a Desde mis poemas. Madrid. Cátedra, 1983.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Espacios, objetos, vida en José Ángel Cilleruelo

Los dos libros más recientes de José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) vienen a conformar un universo compartido. Una "poética de los bordes" de lenguaje intenso y preciso. 

Coimbra, ciudad que da título a un poema de Tapia con mirlo
Conocí, hace ya muchos años (fue, quizá, a finales de los noventa) a José Ángel Cilleruelo. Fue en Barcelona, con motivo de una invitación a leer poemas en la biblioteca pública Mercé Rodoreda. De su obra habia leído El don impuro (1989) y buena parte de Maleza (1995), título que en 2010 acogería su poesía reunida. Creo que no había publicado aún Salobre (1999). Siempre me pareció un poeta rotundo, con las ideas muy claras y con una opción estética en la que la mirada realista se veía siempre agrandada (cabría decir ahondada) por un tamiz misterioso, como si en cada poema hubiera decidido abrir una pequeña rendija a una incertidumbre mágica, indefinible. Su poesía, no ajena a los males del mundo pero abordados desde el tamiz de lo personal e íntimo, ha crecido en esa constelación (discúlpeseme el término orteguiano) de poetas en castellano que maduraron en las dos últimas décadas del siglo XX. Poetas réplica del esplendor novísimo, poetas de la emoción, poetas de la realidad y sus misterios, poetas de la crítica y de la vida. A su vez, José Ángel Cilleruelo es amigo de lo difícil: catalán (barcelonés) que escribe en castellano. Una apuesta que tiene sus servidumbres en el mundo poético peninsular, sobre todo a la hora de fijar el canon a través de las antologías: pasó el tiempo de la Escuela de Barcelona y de la cierta función dirigente que esa ciudad tuvo en la orientación de la poesía en castellano (tiempos de Barral y Gil de Biedma). Hoy la atención de los lectores de poesía en castellano (y de los críticos, y de los profesores) pasa por otros referentes territoriales. Sobre ello escribí hace algunos años (prólogo a Por vivir aquí. Antología de poetas catalanes en castellano, 2003) y no me extiendo.

Los dos últimos libros de Cilleruelo, Almacén. Dietario de lugares y Tapia con mirlo me llegaron casi a la par (después supe de la publicación, en el filo del verano, de los poemas en prosa de Becqueriana, libro que trataré en otra ocasión). Aunque el primero es una gavilla de prosas que oscila entre la miscelánea y el diario y el segundo un poemario con todas las de la ley, entre ambas entregas hay vasos comunicantes y, como no podía ser de otro modo, obsesiones coincidentes. Almacén, que forma parte del conjunto de obras en las que el autor barcelonés levanta acta del “oficio de vivir” (desde Barrio alto hasta las prosas blogueras de El visir de Abisinia) es una azarosa combinación de meditaciones, reflexión metafísica y reflexión literaria, prosa descriptiva, destellos poéticos y aciertos aforísticos junto a construcciones verbales que rompen la lógica de la realidad y nos acercan a la greguería. Una aparente diversidad de formas de abordar “el lugar” a las que da coherencia un doble hilo conductor: el temblor del tiempo, su labor invisible modelando (o deformando) rincones, objetos, ciudades, sensaciones, olores, y el amor: a la amada, a los otros, a quienes dan vida a los lugares, a los propios objetos y a su singularidad en el tiempo. Tal y como subraya Juan José Martín Ramos en el prólogo, Cilleruelo lo expresa de manera gráfica: “El amor es el lugar”. Su obsesión por el lenguaje y por descubrir en él imprevistas fronteras y capacidades, lleva a Cilleruelo (lo decíamos antes) en no pocas ocasiones a jugar con lo contemplado, recordado o vivido. Son muchos los momentos de Almacén en los que la greguería cobra una fuerza que nos sorprende. Como ejemplo reproduzco íntegramaente el texto titulado “tranvía”: “Subo y arranca con sobresalto de pasajeros. Un aprendiz de violinista que araña las vías. Un verso de once sílabas con los acentos mal puestos. Se va renegando hacia el pasado con mi sueño dentro”. Completa el catálogo de enfoques de esa “realidad del instante” las reflexiones de paso sobre cierta experiencia de la cultura: Kafka, João Bento, un poco conocido Fernando Sanmartín a propósito de su Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow, García Marquez y su lugar Macondo, Collioure y la sombra de Machado, el Dublín de Joyce.... sin dejar de lado lo imprevisto y sorprendente, con sutiles rasgos de poética. Así lo descubrimos en su recorrido por los Encantes: “En una esquina del revoltijo me llama una palabra desde un libro menudo, blanco: Voces. De Antonio Porchia. 1965. No salgo indemne del puesto”.


El reino de los detalles, de los momentos inadvertidos, de los bordes. Acaso la poesía tenga hoy la función alumbrar esas zonas de la realidad que pasan inadvertidas al común de los mortales o que son consideradas irrelevantes, desechables. Los poemas de Cilleruelo son breves, de una intensidad buscada y sostenida del primer al últmo verso. Poemas en los que, sin embargo, el artificio inevitable se disuelve en una naturalidad difícil de lograr: en ella alienta la precisión , el sustrato emocional y la inteligencia para ver más allá de lo visible, para descubrir lo que está a punto de dejar de existir y en lo que solo el poeta repara: el momento posterior a la fiesta, cuando los músicos, cansados, recogen el instrumental y otros retiran la basura que acumuló la noche; el final de una cena y las huellas que perviven; Varsovia concentrada en un hueco en el tranvía (“ que mira / a través de la ventanilla”); el invierno que se expresa en la imagen en la que “Una mujer de oscuro riega y barre / su puerta. Un hombre aranca el motorcillo / del pozo”; andenes vencidos por la vegetación y el tiempo; recuerdos destilados en unas pocas imágenes que hablan de lo sencillo y no por ello prescindible: colillas apagadas, una maleta, una cisterna que gotea, el patio “de un bloque protegido”. Una sencillez que encuentra su mayor grado de depuración en los cuatro haikus estacionales de “Vida en Haijin”. La vida, en fin, convertida en lenguaje y en revelación.

En el fondo, estamos ante una poesía de “los bordes”, en la que se canta lo que se ve, se recuerda o se imagina sobre ese espacio híbrido entre la irrelevancia y el olvido en el que, aunque a veces no nos demos cuenta, se destila la proteína de nuestra existencia, la esencia de las emociones. Una esencia que en Cilleruelo fermenta, sobre todo, en la más radical intimidad, pero que a veces nace de una mirada crítica, compasiva, hacia los otros, tal y como con sutileza se advierte en poemas como “Dones del sábado”, “Expediente de regulación” o “Canción del progreso”. Almacén y Tapia con mirlo son, en cualquier caso, dos libros complentarios que muestran a un poeta con mundo propio y reconocible. Lo que no es poco en los tiempos que corren.

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José Ángel Cilleruelo Almacén. Dietario de lugares / Prólogo e Juan José Martín Ramos / Editorial Polibea. Madrid, 2014. 107 páginas. /// Tapia con mirlo. Prensas de la Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 2014. 77 páginas. Blog del autor: El visir de Abisinia.

domingo, 14 de junio de 2015

Sobre "Siete caminos para Beatriz", de Ernesto Pérez Zúñiga


Reelaborar, a la luz del presente, el universo de Dante en la Divina Comedia y hacer de sus rescoldos un libro-poema de amor cruzado por los referentes de la contemporaneidad. Beatriz/Dante o viceversa proyectados en el siglo XXI. Esa es la pretensión de Ernesto Pérez Zúñiga (Madrid, 1971) en Siete caminos para Beatriz, su sexto poemario. El resultado es un canto hecho de acercamientos al misterio del amor, a sus contradicciones, a los miedos sustentados en la dialéctica posesión-pérdida, a los gozos y decepciones que en él subyacen.  En ese canto, estructurado en cinco secciones o capítulos, el poeta pone a prueba un abanico de propuestas formales que va de los rigores clásicos del soneto, la décima o el romance al verso libre, al poema en prosa o al destello asimilable al haiku. Todo ello para desplegar una reflexión aggiornada sobre la eterna dualidad entre el amor y la muerte, hilo conductor de los tres estadios de la obra de Dante. El viaje y la memoria, la infancia y la adolescencia como perdidos paraísos, las ciudades vividas o imaginadas (Roma, Tokio, Dite), los mitos clásicos cruzados por el universo de Internet y la cibernético son, junto a otros, factores que contribuyen a la construcción de un imaginario en el que se quiebran las fronteras espaciales y temporales y en el que se araña en el reverso de las máscaras en las que el hombre, hoy como a principios del siglo XIV, se refugia. Perez Zúñiga ha optado por una propuesta compleja, en la que lo onírico (tamizado por sutiles referencias a las ya clásicas ilustraciones de William Blake) y la descripción realista se mezclan y en la que la realidad urbana contemporánea (“mi ciudad fue / un baile / de millares de máscaras”), distorsionada adrede, suplanta a la selva dantiana. Siete caminos para Beatriz es un libro inclasificable y de riesgo. Pérez Zúñiga sale bien del envite.  

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Ernesto Pérez Zúñiga / Siete caminos para Beatriz./  Vandalia. Sevilla, 2014 / 113 pgs.

domingo, 31 de mayo de 2015

Sobre "El llanto del mundo", de Pilar Herranz Adeva


Hay primeros libros que son de tanteo, de búsqueda. Otros muestran con claridad el camino elegido por el poeta aunque puedan advertirse rastros del proceso de iniciación. El llanto del mundo, de la poeta soriana Pilar Herranz Adeva, forma parte de esta última estirpe. Es un libro de poesía transparente, de ritmo reposado y con un trasfondo emocional que desborda el propio ejercicio literario para acercarnos situaciones vividas que dan a los poemas cierta dosis de narratividad y una carga de desacuerdo con el mundo heredado más que significativa. 


El libro lleva un atinado prólogo del poeta Fermín Herrero y se despliega a lo largo de cuatro apartados en los que, desde distintas perspectivas aborda el gran tema de la poesía de todos los tiempos: la condición humana en sus diversas variables. La apelación a la memoria infantil del primer apartado, "El cielo nos circunda", sitúa el tono del libro. Un estilo directo y emotivo de raíz machadiana sustenta una opción poética realista, con pocas licencias para el preciosismo formal, atenta a los detalles, a la anécdota precisa y al destello sentimental: la casa de la abuela, el recuerdo del padre ("En invierno íbamos a los bosques / a coger musgo, piñas, cortezas de los árboles / y los pinos olían a resina"), los viejos cuentos “al amor de la lumbre” son algunas de las anécdotas evocadas que nos colocan ante las zonas más personales e íntimas de su aurota. Esa intimida alimentada de recuerdos se convierte en queja colectiva, en atención a lo circundante, en el apartado que da título al libro. De la experiencia vivida como profesora en un recinto penitenciario, con poemas que dibujan situaciones humanas en el límite entre los que cabe destacar, por la dureza de la experiencia en que se basa “Sobredosis”, al acercamiento a realidades socialmente inaceptables (“Niños abandonados en Ulan Bator”) o a la crítica, a través de la figura de Camille Claudel, compañera del escultor Rodin, siempre en segundo plano, de la tradicional subordinación de la mujer subrayando  sus renuncias. El espacio sombrío que la poeta  extiende en ese apartado del libro se convierte en metáfora de la felicidad (una felicidad contenida y consciente) en “Campo de luz”: paisajes, paseos por escenarios próximos y cargados de memoria, el deslumbramiento ante las cosas pequeñas y ante momentos intensamente vividos (“Haz de luna”, “Noche en el río”), el amor que perdura por encima del paso del tiempo…. El llanto del mundo concluye con un homenaje al poeta cuyo aliento hemos advertido a lo largo de los poemas: Antonio Machado. En la contraportada se nos advierte que Pilar Herranz Adeva, además de nacer en Soria, ha vivido su infancia en una ciudad como Almazán, en el corazón de la provincia. Esas circunstancias biográficas hacen inevitable su referencia última al poeta sevillano. Sin embargo, los dos poemas que cierran el libro (“Leonor” y “Aula Antonio Machado”) tienen algo de poética, de afirmación de la apuesta estética que Machado representa y que, inevitablemente, gravita sobre una de las líneas más fecundas de la poesía española actual. Incluso de la más reciente. El poemario de Pilar Herranz Adeva es un primer libro en el que, a pesar de que se advierten pequeñas costuras propias de todo primer libro, su autora apunta un camino que, seguro, tendrá plena confirmación en próximas entregas. Un libro a tener muy en cuenta.


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Pilar Herranz Adeva. El llanto del mundo. Amargord. Madrid, 2014. 76 págs.

sábado, 18 de abril de 2015

"En el solar del nómada", de Juan José Vélez Otero

En toda existencia, la plena madurez es la etapa en la que se proyecta una mirada reflexiva a lo vivido y se asume con una conciencia doble: la de la imposibilidad de cumplir de manera total los sueños de juventud; la de cierto escepticismo hacia el tiempo que queda por delante. No hay entusiasmos, la utopía es menos utopía que antaño, y la sensación de derrota (“Un hombre derrotado es el dilema / de un dios también constante en la derrota”) parece imponerse.

Esa conciencia compleja recorre los poemas de En el solar del nómada, el último libro del poeta y traductor Juan José Vélez Otero (Sanlúcar de Barrameda, 1957), autor de siete poemarios y traductor de Donald Hall (el más reciente, La cama pintada) o Yusef Kumanyakaa, entre otros. Un libro que se divida en dos extensos capítulos, “El solar”, un acercamiento a los escenarios donde fue la vida, a los objetos que le dieron sentido, convertidos en fragmentos de tiempo, en residuos de la memoria, en rastros de viejas lecturas, en redescubrimientos desde la perspectiva que los años ofrecen. En la segunda parte, “La soledad del nómada”, ya no es el pasado quien protagoniza el poema sino la decepción, una conciencia casi radical del fracaso, algo así como la lucidez frente a un pulso existencial  que se ha perdido o que el sujeto lírico está a punto de perder: “hace tiempo que la vida no es un sueño”, escribe en el poema “De amor y desencanto”.

Melancolía, tono elegíaco (en el fondo el libro no deja de ser una tensa elegía por la juventud perdida) y un también doble, y en apariencia contradictorio, sentimiento al contemplar el pasado: el gozo contenido del recuerdo y, a la vez, la necesidad de olvidar como forma de liberarse del sustrato de dolor que siempre acompaña a la certeza —y al vértigo— de las pérdidas. Esa tensión entre contrarios, que evidencia la complejidad del pensamiento del poeta, no está reñida con una búsqueda que es, también, una necesidad: la apuesta por la felicidad. En otras palabras, una suerte de apuesta por las pequeñas verdades de la vida, por la poesía propia y ajena, tras el convencimiento de que no hay posibilidad de ser feliz esperando la imposible materialización de los grandes sueños de juventud.  Esa actitud, que tiene algo de renuncia y de resignación, es visible de manera rotunda en el poema “Definitivamente voy a ser feliz”:  “Leyendo poemas, envejeciendo / al abrigo de las cenizas que dejaron los sueños, / sin piedad, sin ambición ni entusiasmo, / sin la necesidad fatal de la esperanza”.


Las tardes frías de invierno, el telón de fondo de diciembre, el viento en la noche, las primeras lluvias del otoño….  Al leer los poemas de Vélez Otero uno tiene la impresión de estar ante un hombre que escribe junto a una ventana, en un anochecer invernal, no lejos del mar, ejercitando la memoria y escuchando la lejana bocina de un barco que parte a algún lugar desconocido.  Una escritura que mezcla sabiamente el tono conversacional con la tensión lírica de la palabra reveladora, de la metáfora afortunada  (“La diaria trashumancia del barro”, “los ojos vacíos de las piedras”…), muestran una poesía que enlaza con la mejor escritura de nuestros poetas del cincuenta (Sahagún, Gil de Biedma, Caballero Bonald) y en la que la razón estética y la atención formal no están reñidas con una apelación equilibrada a los sentimientos: una poesía, también, emocionada y emocionante.  Un libro a tener en cuenta.


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En el solar del nómada / Juan José Vélez Otero. 117 págs. Valparaíso Ediciones. Granada, 2014